9 de febrero 2009 - 00:00

Francia también vive efecto K

Así como el presidente estadounidense, Barack Obama, puede inspirarse en Perón (Cristina de Kirchner dixit), la clase política francesa también puede mostrar que tiene un costado argentino. Es el síndrome «K», desatado la semana pasada tras la publicación de un libro de investigación periodística en el que se acusa de corrupción al canciller Bernard Kouchner.
En «Le monde selon K.» (El mundo según K.), su autor, Pierre Péan, alega que Kouchner utilizó la influencia de su cargo actual para cobrar una deuda que los regímenes de Gabón y de Congo contrajeron con dos compañías francesas, en las que el canciller -que es médico gastroenterólogo y sanitarista-, había trabajado antes como consultor. También el libro denuncia que el Dr. Kouchner habría hecho pasar por gastos de representación, lo consumido en su casa de veraneo en Córcega entre 2002-2007, cuando estaba al frente de Esther, una organización contratada por el Parlamento Europeo para mejorar el sistema hospitalario internacional.
El texto llega a las librerías cuando la aprobación al presidente Nicolas Sarkozy está en su punto más bajo. Y salpica nada menos que al miembro más popular de su gabinete: Kouchner tiene el 70% de imagen positiva, mientras que Sarkozy apenas araña el 40%. Por su trayectoria humanitaria, popularizada a través de un hábil manejo de los medios (fue uno de los fundadores de Médicos Sin Fronteras en los 70, representó a las Naciones Unidas en Kosovo y fue ministro de Salud de Francia en tres oportunidades), el canciller francés era considerado, hasta hoy, el paladín de la pureza moral. Un santo secular. Pero así como Kouchner es el más amado de los franceses -según varios, más todavía que Jacques Cousteau en su momento-, es también quien más odios políticos ha cosechado. El canciller, de 69 años, proviene de la izquierda (fue uno de los líderes de las protestas universitarias de mayo de 1968), pero su incorporación al Gobierno de derecha de Sarkozy provocó que sus correligionarios socialistas lo echaran del partido. Políticamente incorrecto, ya en 2003 Kouchner fue de los pocos franceses en pronunciarse a favor de la invasión a Irak. Para sus detractores en la «gauche», quizás lo más grave sea su perfil «americanolatra». Es que el Dr. Kouchner no se priva de hablar inglés en público, como acaba de hacer en Washington en la cumbre que mantuvo con Hillary Clinton. Un verdadero mazazo para el chauvinismo galo.
Tiene también Kouchner diferencias con Sarkozy. Sobre todo en el tema Turquía: mientras que el presidente de Francia rechaza la incorporación de ese país a la Unión Europea, el canciller la avala. Kouchner es, además, un defensor de la eutanasia, práctica que Sarkozy condena. Por estas discrepancias es que apenas estalló el escándalo «K», los británicos The Times y The Guardian deslizaron que buena parte del material incluido en el libro de Pierre Péan habría sido suministrado por el Palacio del Elíseo. Aunque tampoco descartaron que desde el mismo socialismo se hubieran ventilado algunos de los trapitos sucios.
Pero lo más probable es que la arremetida contra el canciller sea nada más que una venganza del propio autor. Es que Péan, militante del socialismo, no perdona «que K sea un lacayo de los neoconservadores norteamericanos», según declaró a The Telegraph de Londres.
Si bien éstos son pecados en el pasado de Kouchner, no hay que olvidar que Péan es un periodista de armas llevar, que hasta ahora, donde puso la mira, puso la bala. En 1994 publicó «Une jeunesse française» (Una juventud francesa), en la que denunció al presidente François Mitterand de colaboracionista en la Segunda Guerra Mundial. Un éxito editorial, o granada periodística, que siguió a su libro «La cara oculta del diario Le Monde».
Los franceses, además, tienen todavía grabada en su memoria cuando el periódico Le Canard Enchainé acusó al presidente Valery Giscard D'Estaing de haber recibido diamantes del emperador Bokassa I, de la República Centroafricana. Ese episodio de 199 le hizo perder a Giscard las elecciones presidenciales de 1981. Por eso hoy siguen con atención los pormenores del síndrome «K».

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