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Frenazo en empleo y productividad

El empleo privado mostraba signos de debilidad ya en la última parte de 2011 asociados a la incertidumbre regional por la crisis de la eurozona, y tras los anuncios post-electorales de que la economía se dirigía a un escenario de controles y prohibiciones generalizadas. Desde diciembre el empleo en la construcción declinó en forma sostenida -ajustado por estacionalidad-, y en el primer trimestre la ocupación cayó prácticamente en todos los sectores con la excepción, claro está, del empleo público. La encuesta de hogares de INDEC muestra sin embargo un crecimiento del 0.9% anual del empleo agregado en el primer trimestre. El aumento es sólo de empleo público. En efecto, teniendo en cuenta que el empleo público registrado en el SIPA creció en ese período el 6% (tasa no muy diferente al promedio de los últimos seis años) y que los empleados públicos son poco más del 20.5% del empleo urbano total en el país, un simple cálculo permite inferir que el empleo privado (formal e informal) en el período tiene que haber caído en alrededor del 0.4% anual. Esta contracción del empleo privado fue mayor al 1% anual en el Gran Buenos Aires, ya que allí el empleo total cayó un 0.2% (en lugar de crecer) en el trimestre.
La información preliminar del segundo trimestre indica que siguió la caída en la construcción y que se extendió a sectores de servicios en términos de freno a las incorporaciones (sector financiero) o directamente de caídas de empleo (supermercados, hotelería y turismo, actividades inmobiliarias). La excepción sería un leve crecimiento del número de obreros ocupados en la industria (datos de una encuesta de INDEC). En el agregado se espera una contracción del empleo (índice de demanda laboral de la UTDT) consistente con un incremento en los conflictos laborales (ambos índices se mueven «en espejo»).
El freno en el empleo es consistente con el virtual desplome de la inversión. La formación bruta de capital cayó más del 18% en el segundo trimestre tras el derrumbe (-30% anual) de la inversión en maquinaria y equipos. La caída venía anunciándose -a un ritmo mucho menor- en el primer trimestre. ¿Qué factores la precipitaron? Probablemente cuestiones de larga data (deterioro sin pausa del tipo de cambio real, restricciones sobre la disponibilidad insumos domésticos -incluyendo energía- e importados, regulaciones que frenan el comercio internacional, regulaciones que afectan la operatoria diaria de la empresa), sumadas al nuevo menú de prohibiciones comerciales y financieras. Nada hace pensar que se reviertan estas condiciones domésticas, y por lo tanto existe el riesgo de que persista el freno sobre la inversión bruta. O sea, el riesgo de ingresar en un proceso de desinversión.
Una firma que invierte por debajo de la depreciación termina por consumir su capital -tal como ocurrió con las empresas de servicios públicos en la última década-. Durante algún tiempo puede sustituir capital por más empleo: es el caso de empresas de servicios públicos que en lugar de comprar equipos contratan grandes cuadrillas de trabajadores para «reparar» y mantener la red. La productividad de las firmas cae, y también la productividad de la economía, que crece menos y crea menos empleo. O bien crea empleos de baja productividad (como en la década del 80).
Las cartas para 2012 están echadas. Con una caída de la inversión bruta agregada del 15% en el año el coeficiente de inversión se habrá desplomado casi 4 puntos (desde casi el 24% en 2011 a poco más del 20% del PIB). Pero el problema no es sólo la «cantidad» de inversión, sino su calidad. Una economía que se aleja demasiado de los precios de frontera -no ya de un único producto exportable, sino de todos los precios de la economía- produce cada vez menos bienes y servicios en los que es más eficiente y aumenta relativamente la producción del resto. Los menos eficientes se financian con los más eficientes. ¿Qué implica ello para nuestra discusión sobre la inversión? Debemos esperar que la productividad caiga no sólo por menor cantidad de inversión, sino porque las decisiones se toman a precios de desequilibrio y pueden llegar a requerir distorsiones permanentes para subsistir (nadie piensa seriamente que empaquetar un celular tenga algo que ver con «tecnologías de punta»).
Mientras tanto un escenario de bajo crecimiento, deterioro de productividad y estancamiento de los ingresos reales es un desafío para cualquier Administración. La preferencia revelada de la actual gestión indica que, para enfrentar este desafío, es probable que se incline por más de lo mismo: extremar los desequilibrios macrofiscales y monetarios, aumentar la propiedad y el empleo público, extremar el proteccionismo y el aislamiento financiero internacional, desactivar el funcionamiento del sistema de precios, generalizar el sesgo discrecional de la política económica. Es posible que un nuevo equilibrio sea con inflación más alta, pero también hay un equilibrio en que el ajuste es por implosión de la actividad real, en el cual -como Borges imaginaba- podemos hundirnos infinitamente.
(*) Economista jefe de FIEL


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