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Ganó una final histórica

Bravos, los de Leinster apabullaron al scrum más temido de toda Europa, los llevaron como a niños hacia debajo de sus propios palos.
Jugaron empujados por la increíble garra y la lucidez extrema de su gran figura, Jonathan Sexton, quien además fue elegido como The Man Of The Match.
Sus tries, sus penales, sus conversiones, pero por sobre todas las cosas, su inteligencia, hicieron posible el mila-gro.
Además, el ganador contó con un Sean O'Brian capaz de perforar paredes y un Brian O'Driscoll que supo manejar sabiamente los tiempos del partido.
Por su parte, los Saints vendieron la piel antes de cazar al oso. Se sintieron campeones antes de tiempo y lo pagaron caro.
En definitiva, sacaron la ventaja y creyeron que su gran defensa, que funcionó como un relojito durante todo el torneo, lo salvaría. Pero no. Su falta de ambición fue su peor pecado. Dejó revivir al moribundo y terminó desbordado, desconcentrado y no pudiendo creer lo que veía.
En la ciudad de Cardiff miles de fanáticos irlandeses festejaron a rabiar un triunfo que será recordado por mucho tiempo.
Esa alegría luego se trasladó a las calles, con los héroes como estandartes.
Una final con un impensado epílogo, pero que marcó a las claras que, más allá de los avances en el juego, nunca se debe subestimar el poder de la convicción, de las ganas.
Si no, pregúntenle a los Saints, que tuvieron que ver como otros besaban la copa que ellos creían tener en sus manos.

