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“G.I. Joe”: acción espectacular y actores inexpresivos como muñecos
El famoso muñeco (que luego fue una serie animada y también un videogame) pasa al cine con mucha acción y ruido ensordecedor, pero sin un argumento razonable y con escaso sentido del humor.
G.I.Joe fue al principio un muñeco de juguete -la primera figura de acción, una especie de pariente militar de la muñeca Barbie-; luego, una serie de dibujos animados y luego un videogame. Ahora es una superproducción con el look animado que dan los efectos especiales digitales, la acción vertiginosa y descerebrada propia de un videogame, protagonizado por algunos actores tan poco expresivos como los muñecos originales.
Stephen Sommers, director de la saga de «La momia» (y de películas muy divertidas como la semi olvidada «Agua viva») es el chico grande que juega con un envidiable arsenal de juguetes tecnológicos de última generación, logrando algunas vistosas, por momentos muy buenas, escenas de acción espectacular que, lamentablemente, carecen de un guion razonable.
Tampoco hay demasiada ironía o el humor negro que le podría dar un atractivo a una epopeya infantil con una sobredosis de violencia interminable y explosiones aturdidoras (casi le gana a «Transformers 2» en este sentido) en una ensalada que por rachas parece algo así como una película de guerra preadolescente, o un James Bond para chicos.
La trama muestra una fuerza militar secreta, internacional y ultramoderna que lucha desde una base subterránea en el desierto egipcio contra un malvado fabricante de armas que pone en jaque al mundo con un nuevo tipo de bomba de destrucción masiva, que piensan ensayar en París, arrojándola sobre la torre Eiffel (en una impactante secuencia que probablemente sea lo mejor del film). Lo peor es el intento de los guionistas por ensamblar el pasado de los buenos y malos aportando una larga serie de flashbacks que detienen el ritmo con todo tipo de giros melodramáticos, alargando innecesariamente la película. Channing Tatum (el Pretty Boy Floyd de «Enemigos Públicos») es el héroe protagónico, no mucho más carismático que el flojo villano que encarna Christopher Eccleston. En este rubro los superan la mala sexy y elegante Sienna Miller y uno de los actores favoritos de Sommers, el sudafricano Arnold Vosloo, que si tuviera más escenas podría robarse la película.
Un detalle curioso es la presencia del inglés Jonathan Pryce haciendo de presidente de los Estados Unidos con un aspecto prácticamente idéntico al que tenía en «Evita», cuando hacia de Juan Domingo Perón.
D.C.


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