9 de diciembre 2008 - 00:00

Grippo, un renovador consciente de lo que debe ser conservado

«Mesas de trabajo y reflexión», instalación que Víctor Grippo presentó en la Bienal de La Habana, 1994,exaltación de los elementos cotidianos y homenaje a los oficios manuales.
«Mesas de trabajo y reflexión», instalación que Víctor Grippo presentó en la Bienal de La Habana, 1994, exaltación de los elementos cotidianos y homenaje a los oficios manuales.
Se exhiben obras, dibujos y bocetos de Víctor Grippo en la histórica y emblemática Galería Van Riel (Juncal 790). Frans van Riel alojó en su teatro-galería en la calle Florida, los cursos de historia del arte de quien fuera el más importante de los críticos argentinos.

Por su grandeza como artista y ser humano, Víctor Grippo realizó una obra de arraigada necesidad moral. «Habría que plantearse un humanismo para el futuro, que contenga o integre las máximas circunstancias del hombre, como catalizador positivo, como transformador, y como ser constructivo», sostuvo.

Grippo (1936-2002), nació en Junín y estudió Química y Diseño en la Universidad Nacional de La Plata. Al radicarse en Buenos Aires, sin embargo, eligió el camino del arte y realizó su primera exposición individual en Lirolay en 1966. En esta galería hicieron sus primeras muestras los mejores artistas del país. Ese año, además, junto a Enrique Barilari, Kenneth Kemble y Emilio Renart, presentó Investigación sobre el proceso de la creación.

Su trayectoria definitiva se afianzó en los últimos años de la década del 60 y continuó partir de la década del 70, en el Grupo CAYC (Centro de Arte y Comunicación), entre cuyos miembros fundadores se cuenta a partir de 1971, cuando interviene en la muestra «Arte de Sistemas», y dialoga cada quince días con sus colegas en la calle Demaría.

De esta época data «Analogía I», con madera, pintura, circuitos eléctricos y cuarenta papas ubicadas en otras tantas celdillas de madera. Unidas por electrodos de cobre y zinc permitían medir la energía por medio de un voltímetro. Un texto que acompañaba a la obra se refería a la generación de energía por las papas, y la de autoconciencia por el ser humano, como ampliaciones de la función cotidiana de los tubérculos y de la mente del hombre. La elección de la papa no era arbitraria. Era un producto de origen sudamericano que los europeos conocieron a mediados del siglo XVI y revolucionó su dieta.

La equivalencia entre el alimento físico y el espiritual, entre cuerpo y alma, dejó paso para que América Latina se buscara a sí misma en su propia cultura y sus propios hábitos a fin de existir en plenitud de su ser. La certeza latinoamericanista vibra en todas las creaciones de Grippo y a ese tema volvió desde otros enfoques, como cuando exhibió «Horno popular de pan» en la muestra «Escultura, Follage y Ruidos II» (1972) en el proyecto CAYC al Aire Libre, instalada en la Plaza Roberto Arlt (Esmeralda y Rivadavia), clausurada por las autoridades militares de entonces.

En trabajos posteriores, Grippo rescató antiguas manualidades: «Algunos oficios» fue un homenaje al herrero, el albañil, el agricultor y el carpintero. En «Tabla», una sencilla mesa de madera, gastada por el uso, continuó la recuperación de los elementos del vivir cotidiano. «Vida, muerte, resurrección», a comienzos de los 80, remitía al tema de la incesante generación y regeneración de los elementos naturales y los seres humanos. «Cercando la luce» (En busca de la luz), 1989 reunió siete obras en yeso referidas al paso del tiempo y las edades, los credos religiosos, la posibilidad y el anhelo de conciliación entre hombre y naturaleza. Además, inició su serie de las Cajas, donde atesoró rosas de plomo y ocasionalmente otros objetos, con pasión de alquimista, que concluyó a fines de la década del 80.

En los años 90, Grippo continuó la serie «Equilibrios», e inició la serie «Desequilibrios», dos discursos paralelos y complementarios sobre el antiguo dilema entre razón y sensibilidad. Presentó también la instalación «La comida del artista», con significaciones estético-culturales, sociales y éticas, que expuso con el grupo en Tokio.

«Sin pensarlo, fui articulando algunos símbolos: los alimentos del hombre, la energía y la rosa, los desequilibrios y las consecuentes transformaciones, para contribuir en algo al fuego renovador que no siempre significa cambio, si no hay conciencia de lo conservable». Esta observación de Víctor Grippo, expresa el sentido de su obra.

En «Mesas de trabajo y reflexión», instalación que presentó en la Bienal de La Habana en 1994, profundizó las reflexiones esbozadas en su obra anterior «Tabla». Realizó un auténtico homenaje a los albañiles que «cantan haciendo la casa de los otros». En 1995, expuso en el Palais des Beaux-Arts de Bruselas y en la Ikon Gallery de Birmingham. Años más tarde (1999-2000), participó en las muestras itinerantes «Cantos paralelos» (Austin, Phoenix, Bogotá), y en «Global Conceptualism: Points of Origin 1950-80» (Nueva York, Minneapolis, Miami). Entre las últimas muestras en que intervino, expuso en el Museo Reina Sofía de Madrid y en el Museo de Arte Moderno de la Ville de París. La invitación más importante fue para la Documenta de Kassel, la muestra más importante del mundo occidental. Grippo llegó a aceptarla pero no a disfrutarla en vida. La montó su mujer.

La fecunda producción de Grippo, que reivindicó las leyes de la naturaleza, los alimentos, los oficios, postuló que «América Latina ha de buscarse a sí misma en su cultura y sus propios hábitos, si desea existir en plenitud».

Grippo no se opuso a los avances y los descubrimientos, pero creyó que el progreso no debía realizarse a expensas de la naturaleza ni del hombre, y que la cultura necesita obrar como una fuerza integradora, como un diálogo permanente. El curso de la vida humana está ligado a la Naturaleza y Grippo propuso ahondar esa relación. La ciencia y el arte deben aliarse con tal fin, uniendo la verdad del conocimiento a la verdad de la imaginación, la maestría del investigador a la maestría del inventor.

Amor a los oficios en un mundo de máquinas, amor a la humanidad en un mundo alienado, amor a los objetos cotidianos en un mundo de simulacros, amor a las pequeñas cosas en un mundo de monumentalidades, amor a los procesos naturales en un mundo rebosante de artificios, amor a la vida en un mundo de violencia y muerte, amor a la ciencia como aproximación al misterio y al arte como dador de luz, en un mundo donde las utopías casi han desaparecido.

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