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Haití retrocede al tiempo del machete
El saqueo de almacenes y depósitos de mercadería se extiende peligrosamente en Puerto Príncipe. El deterioro de la situación de seguridad agrava las penurias provocadas por el terremoto y pone a la comunidad internacional ante un desafío de difícil solución.
El área se ha convertido en una zona roja para todo aquel que no provenga de aquí. Pero una palabra suya, un gesto, bastan para que los que van con Wawa sean respetados. Casi seguro.
El «downtown», el centro pobre de Puerto Príncipe, está que arde. Y no sólo por las numerosas fogatas que desde la mañana cubrieron toda la ciudad en una intensa nube de humo. Se quema basura, pero también cuerpos, explica Wawa. Pero acercarse hasta la zona es imposible. «Demasiado peligroso», dice. Palabra de alguien que lo ha visto todo.
Wawa confirma que muchos de los presos escapados de la prisión capitalina tras el terremoto que derrumbó sus muros han vuelto a sus distritos. Bel Air, La Saline -la zona portuaria- y Cité Soleil, sí, la tristemente famosa, vuelven a ser territorio de las bandas.
Pasar por estas zonas no es fácil. Tras días de ininterrumpidos pillajes y tiroteos, la gente camina nerviosa por las abarrotadas calles rodeadas de escombros. La mirada es hostil; también ellos han visto demasiado.
De pronto, la calle se agita, si cabe, más aún. Todos tratan de apartarse. Entre la multitud que se desperdiga se atisba una turba informe que grita y va cerrando su círculo sobre algo o alguien. No se puede ver. Pero los machetes y cuchillos que se alzan y caen una y otra vez no dejan lugar a dudas de lo que está pasando. No hace falta quedarse a averiguarlo. Hay que irse rápido.
Pero Wawa puntualiza que hay que hacer una distinción entre lo que está pasando en esta ciudad. Una cosa son los pillajes, dice, y otra los asesinatos.
«No acepto lo que está pasando», dice de los pillajes. Pero, a la par, lo comprende. «La situación es realmente tan mala, la gente no tiene qué comer, no le queda más remedio que el pillaje», explica.
«Pero no lo hacen por maldad, sino porque lo necesitan. El Gobierno no ha dicho nada ni ha entregado ninguna ayuda; se ha escuchado que los extranjeros han traído mucha ayuda, pero no han visto nada de ello y por eso se ven obligados al pillaje», insiste.
«Si los extranjeros nos quieren ayudar, no hay problema, queremos que nos ayuden», asegura Wawa. Pero advierte que si la distribuyen ellos directamente, el pillaje no acabará, «porque habrá gente que se quede sin nada». Lo necesario, sostiene, es que la ayuda sea entregada a comités de los barrios y que sean éstos los que se encarguen de distribuirla equitativamente.
Tampoco quiere que se encargue de la distribución al Gobierno haitiano porque, afirma, «ellos se quedarán con casi todo para sus familias y a los haitianos les llegará muy poco».
Otra cosa muy distinta son los asesinatos, continúa Wawa. Eso es directamente atribuible a los líderes de bandas evadidos de la prisión, que «han vuelto y reivindican su puesto», ultimando si es necesario al que lo había ocupado o, «si no lo encuentran, a su familia». «Son vendettas», asegura, «no son ataques arbitrarios».
Un problema, explica, es que antes de que se produjeran las redadas que los llevaron a prisión, muchos de estos gangsters lograron esconder las armas y ahora las han recuperado.
La situación, asegura Wawa, preocupa mucho a los propios residentes de estas zonas míseras de una ya de por sí empobrecida ciudad. Por ello, considera que la violencia no va a escalar mucho más, porque la gente no lo va a tolerar.
«La situación no se va a agravar, porque el pueblo no va a seguir aceptándolo. El pueblo haitiano está cooperando con la policía y con Minustah para que vuelvan a ser atrapados», asegura.
A Wawa, en este sentido, no le preocupa nada el despliegue de los 10.000 efectivos estadounidenses a partir de ayer. Al contrario.
«La única esperanza son los estadounidenses», sostiene. «Creo que los marines van a desactivar las bandas».
La tarea, sin embargo, no va a ser sencilla. Aunque la Policía haitiana ha comenzado ya a patrullar los suburbios de Puerto Príncipe, el caos entre los escombros a los que han sido reducidos tantos barrios se ha extendido ya demasiado. Las miradas huidizas lo dicen todo. Hay miedo en Puerto Príncipe. Y no va a desaparecer pronto.
Agencia DPA


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