19 de enero 2010 - 00:00

Hartavi, Cohen y Barilaro, tres estéticas en el mismo espacio

El tema de las obras de la artista radicada en Nueva York, Sibyl Cohen, es la cartografía de los espacios habitados por el arte (sea el taller de madera de Jackson Pollock, la Tate Modern de Londres o un palacio florentino).
El tema de las obras de la artista radicada en Nueva York, Sibyl Cohen, es la cartografía de los espacios habitados por el arte (sea el taller de madera de Jackson Pollock, la Tate Modern de Londres o un palacio florentino).
Desde que Florencia Braga Menéndez asumió el cargo de directora general de Museos de la Ciudad de Buenos Aires, su galería ya no es la misma, parece detenida en el tiempo. Sin embargo, sus artistas no la abandonan. En el local de la calle Humboldt en Palermo Hollywood, a pocos metros del nuevo espacio de Elsi del Río, donde ahora se exhibe las obras de Costhanzo, hay tres buenas muestras que vale la pena visitar. A los dibujos del joven Itamar Hartavi en la salita de ingreso, se suman las inmensas telas de Sibyl Cohen que dominan la sala principal, y las nuevas pinturas de Javier Barilaro, en el piso superior.

Un inmenso dibujo de líneas azules es lo primero que llama la atención en la muestra de Cohen. La imagen reproduce el taller de rústica madera que Jackson Pollock tenía en su casa de Long Island, cerca de Nueva York. Hace alrededor de una década, cuando el Museo de Arte Moderno neoyorquino presentó una gran retrospectiva del genio del expresionismo abstracto, trajo este taller de madera y lo plantó en medio de la exposición. Más allá de los afanes didácticos de la muestra del MOMA, el sentido de poner el taller en escena pareciera ser el mismo que inspira a Cohen: recrear la novelesca historia de Pollock, su obsesión por plasmar imágenes que surgieran del inconsciente pintando las más de las veces alcoholizado, en una especie de trance, y lanzando con destreza la pintura con un palo.

La búsqueda artística desesperada que emprendió ese hombre tosco del Oeste, que tenía 44 años cuando se estrelló manejando borracho su Olsmobile V-8 convirtiéndose en un mito, aparece representada en la neutralidad de la tela blanca y de esos trazos azules que muestran un rincón del taller de Long Island. Todo un mundo se abre en ese rincón. Casi al borde de la locura Pollock logró su meta: envolver al espectador en la obra, insertarlo en las mareas de color, en medio de un esplendor que transmite una sensación de plenitud. Para quienes conocen este momento clave para la historia del arte moderno, la obra de Cohen aparece cargada de resonancias.

Frente al dibujo del taller de Pollock está la pintura del ingreso a las cuevas de Altamira, en Santillana del Mar, Cantabria, la Capilla Sixtina del arte cuaternario. Cohen no ha pintado los bisontes escondidos entre las rocas del techo sino tan sólo la galería principal de grandes dimensiones donde penetra la luz del sol, el espacio donde presuntamente podría haber vivido el hombre hace más de 15.000 años. Los coloridos bisontes y la sensación de movimiento que transmiten, corren por cuenta del espectador, los cuadros de Cohen son dispositivos que activan la imaginación.

El tema de las obras de la artista radicada en Nueva York, es la cartografía de los espacios habitados por el arte, tan disímiles y distantes como la Tate Modern de Londres, un palacio florentino, la limusina de un coleccionista o la galería Mary Boone en Chelsea. Todos aparecen reproducidos según los dictados de su memoria, pero sin el arte que los tornan reconocibles. Según señala Adrian Dannat, en el texto que presenta la muestra: «El tema de lo autobiográfico se esconde en la propia obra de Cohen [.] su educación en Suiza, o su vida cotidiana en América e Italia. Cohen nos da esas habitaciones, esos techos y torres, esas estructuras mapeadas meticulosamente, sin constricción ni limitación, como regalos para recorrer cuando así lo deseemos».

Tropicalismo

La muestra «Un guión para muchas películas», es la primera que realiza Javier Barilaro, artista y fundador de la hoy famosa editorial Eloísa Cartonera, desde que asumió el papel de cineasta.

En la exposición actual, la obra excesiva de Barilaro se ha vuelto casi abstracta, su tropicalismo se ha moderado. Al ingresar a la sala, lo primero que se divisa sobre la superficie de una inmensa y apaisada tela negra y opaca como una pizarra, son las formas esquematizadas de la Garganta del Diablo. El gran salto de las cataratas del Iguazú aparece reducido a unas curvas coloridas, rosas, celestes, amarillas.

En la década del 90, Barilaro irrumpió en el mundo del arte con una obra apasionada y deliberadamente cursi, con carteles donde incluía paisajes tropicales y horizontes encendidos por el sol, palmeras y sensuales cuerpos de mulatos, con textos de colores flúo y tipografía de bailanta y mensajes como: «¡Guerra a la monotonía!», «El deseo», «Que no nos falte el verano» o «Seamos maravillosos». Del mismo modo que las imágenes se tornan más abstractas -claro, con la excepción de dos loros cruzados que semejan un escudo nobiliario, escudo que parece mantener con orgullo el sabor tropical que caracteriza la obra del artista-, sus mensajes adquirieron cierto carácter enigmático. Pero el mayor enigma es la película que acaba de filmar en Paraguay y se llama «El beso paraguayo».

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