La explosión de riqueza del mundo occidental se debe al salto en la productividad por los inventos, las máquinas, los nuevos procesos. El motor a vapor, la electricidad, la bombita de luz, la cosechadora mecánica, los granos híbridos, las vacunas, las computadoras, internet, etc. Así, la riqueza de la humanidad es el resultado del impulso de creatividad y productividad inusitada de los últimos 200 años. Sabemos que ocurrió en Occidente por un sistema de instituciones que respetaban la libertad y la propiedad individual. Y que cada uno al ser el dueño del fruto de su trabajo puso más esfuerzo para mejorar la producción.
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Notemos que casi ninguno de esos inventos fue obra de los países socialistas. Aproximadamente un 75% de los grandes inventos se originaron en EE.UU. e Inglaterra. No fue casualidad, fue la causalidad de un sistema de instituciones.
Este proceso de mejora de la tecnología es exponencial, de modo que en las próximas tres décadas veremos más inventos que en los últimos 200 años.
Sin embargo, hay un importante riesgo a tener en cuenta. Las máquinas y la inteligencia artificial irán reemplazando a más de la mitad de los trabajos actuales. C. Frey y M. Osborne (2013) estimaron que hay una probabilidad del 90% al 99% de que pierdan su trabajo las personas que se dedican a: telemarketing, cocineros de restoranes, oficiales de crédito, réferis, cajeros, técnicos dentales, ingenieros de locomotoras, ayudantes de abogados, mozos, técnicos farmacéuticos, guías de turismo.
No es ciencia ficción, es una realidad que ya empezó. Tampoco es una realidad nueva, cuando Cirus McCormick inventó la cosechadora fue el inicio de un proceso que desplazó a más del 90% de las personas que trabajaban en la agricultura generando un problema de empleo en el siglo XIX que tardó un par de décadas en ser solucionado.
Por fortuna sabemos cuál es la solución para morigerar el impacto. Una alternativa que proponen personas como Eduardo Levy Yeyati es que los sectores más productivos subsidien a los que quedan excluidos con un ingreso universal aprovechando su inmensa capacidad. Esto será posible, aunque injusto, pero fundamentalmente sería espantoso para quienes reciben el subsidio.
La solución es cambiar radicalmente la forma de enseñar. Una revolución que permita desarrollar las habilidades necesarias para el siglo XXI: imaginación, inteligencia emocional y espiritual, investigación, trabajo en equipo, artes, además de las tradicionales, las matemáticas.
También sabemos cuál es la mejor manera de acelerar la revolución educativa, es un sistema que llamamos DIPAL (Dinero Para El Alumno). El Estado debe comprometerse a financiar la educación de los niños permitiendo que los padres sean quienes deciden el establecimiento al que enviarán a sus hijos sea público o privado. El cheque estatal seguiría al alumno. La consecuencia será que los pobres recuperarán un importante grado de libertad y las escuelas deberán competir para atraer a los alumnos, un excelente incentivo para mejorar la calidad.
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