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Hay un elefante en la habitación (y nadie se da cuenta)
Si comparamos con otros países utilizando los datos del Fondo Monetario Internacional, el gasto en 2012 representó el 44,6% del PBI en la Argentina, mientras que Finlandia gastó el 55,1% de su PBI; Suecia, el 50,1%; Alemania, el 44,5%; Noruega, el 43,4%; Japón, el 41,3%; y EE.UU., el 40,2%. Los sospechosos de siempre para las comparaciones con la Argentina, Canadá y Australia, gastaron el 41% y el 36,6%, respectivamente. En Latinoamérica, el gasto en la Argentina como porcentaje del PBI es sólo menor que el de Venezuela. Se gasta como si fuéramos europeos, pero no tenemos ni su nivel de ingreso ni su eficiencia en el gasto.
Como el elefante, el excesivo gasto afecta a los que lo rodean, por más que no quieran verlo. La contracara del gasto es la presión tributaria. Según los datos oficiales, la presión tributaria en el país alcanzó el 37,4% del PBI en 2012. En 1999 y en 2003, ésta era el 21,2% y el 23,4%, respectivamente. Esta elevada carga fiscal es una mochila llena de piedras para el desarrollo de la economía argentina. El 37,4% es una tasa de impuestos promedio que agrupa al sector formal y al informal. Haciendo unas cuentas rápidas y suponiendo que la evasión impositiva alcanza el 30%, un argentino promedio que paga todos sus impuestos estaría pagando un 53,4% de sus ingresos totales como impuestos. Si la evasión es del 50%, este número asciende al 75,4%.
Puede parecer sacado de la galera, pero tomemos el siguiente caso simplificado de un empleado en relación de dependencia. Por cada $ 100 de sueldo bruto tiene que pagar aportes de $ 17 (el 14% para seguridad social y el 3% de obra social); además, el empleador contribuye con $ 23 (el 17% para seguridad social y el 6% de obra social). El costo laboral total es $ 123, ya que los $ 17 de aportes del trabajador se descuentan del bruto. De estos $ 40 de aportes y contribuciones, $ 9 son para la obra social del empleado que no lo vamos a considerar como un impuesto. Luego el empleado tiene que pagar impuestos a las Ganancias. Supongamos que paga una tasa promedio del 20% (la marginal es mucho más alta, pero también hay que tener en cuenta el mínimo no imponible y otros factores), esto da que debe abonar $ 16,6 en concepto de Ganancias (el 20% de $ 83, o sea, el sueldo bruto descontando los aportes). Por último, con los $ 66,4 de sueldo de bolsillo nuestro empleado modelo consume y paga IVA por $ 11,5 (el 21% de $ 66,4 dividido por 1,21, ya que el IVA no se calcula sobre el precio final). Resumiendo, los impuestos pagados son $ 31 entre aportes y contribuciones sin contar la obra social, $ 16,6 de Ganancias y $ 11,5 de IVA. Esto arroja un total de $ 59,1 sobre $ 123 de costo laboral total, o sea, una presión tributaria del 48,1%. Éste es un caso estilizado en el que probablemente se sobrestime el impacto de Ganancias e IVA en un par de puntos, pero tengan en cuenta que no considera ningún otro tipo de impuestos sobre la propiedad, el consumo (como cigarrillos y bebidas alcohólicas) o la riqueza. Tampoco se están considerando impuestos a las importaciones, que encarecen muchos de los bienes que consumimos. Otro ejemplo que se puede considerar es el de un productor agropecuario. Sobre la base de un reporte del Centro de Estudios y Servicios de la Bolsa de Comercio de Santa Fe, en agosto de 2012 un productor de soja en un campo con un rinde 30 qq/ha por cada $ 100 de soja vendida (a precio FOB) pagó $ 48 de impuestos y tuvo costos por $ 33 dejándole un beneficio de $ 19. Los impuestos pagados se descomponen en $ 34,8 de retenciones a las exportaciones, $ 10 de Ganancias y $ 5,2 en impuestos a los Bienes Personales, al cheque, Ingresos Brutos, inmobiliarios, tasas y sellos. Por lo tanto, el productor de soja estaría soportando una presión tributaria del 71,6% ($ 48 de impuestos sobre un valor agregado por el productor de $ 67).
La altísima presión tributaria que se necesita para financiar el descomunal nivel de gasto no sólo eleva los costos en la Argentina, también genera distorsiones en la asignación de recursos y, como si fuera poco, resulta ser no suficiente para financiar al Estado, lo cual nos lleva a una situación de déficit fiscal. En los 90 este déficit se financió con deuda y vendiendo activos, lo cual, frente a un cierre de la canilla del financiamiento externo, desencadenó en la crisis de 2001. En los 80 y ahora este déficit se financia con impuesto inflacionario, o sea, con emisión monetaria. En 2012, la base monetaria aumentó en 84.430 millones de pesos o un 3,9% del PBI nominal. Es cierto que en 2013 y en 2014 la emisión de base ha disminuido, pero esto es a costa de una política de absorción de dinero mediante la emisión de Notas y Letras del BCRA que, de transformarse en una política permanente, generará un déficit cuasi fiscal con resultados similares a los del fracasado Plan Austral que abrió las puestas a la hiperinflación de fines de los 80.¿Qué nos pasa que no vemos al elefante? Muchos argentinos prefieren negar al animal, ya que reconocer su presencia implica asumir que hay que hacer un ajuste, muy impopular, sobre todo si se es político. Otros están más preocupados en mirar a la inflación y el déficit, pero se olvidan de que son efectos y no causas de nuestros problemas. Es como preocuparse por juntar las suciedades del elefante en lugar de buscar una forma de sacarlo de la habitación, en el mejor de los casos, una solución de corto plazo.
(*) Director del Departamento de Economía, UCEMA.


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