“Her”: no es bueno que el hombre se conecte solo

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"Her" (id, EE.UU., 2013). Dir.: S. Jonze. Int.: J. Phoenix, S. Johansson, A. Adams, C. Pratt, O. Wilde, M. Lindstrom, K. Wiig, G. Gómez.

Alguna gente habla con las plantas. Otra, con el auto. Hasta le pone nombre y le atribuye estados de ánimo. Luego está el que le susurra al poster de una modelo, enloquece por una muñeca inflable con un puñado de frases en un disquito, o, más inocente, se envicia con ciertos videojuegos solo por escuchar una voz femenina que le instruye y lo alienta a seguir participando.

Marco Ferreri contó en "I love you" el drama de uno que se compró un llavero con la imagen de una linda japonesita. El silbaba y ella respondía "I love you". ¡El tipo se enamoró! Pero se dio un tortazo en la moto, se rompió un diente y no pudo silbar más. Y encima la chica pasó a decirle cosas lindas a cualquier otro silbador que se le acercaba.

El de "Her" tiene algo más que un llavero. El interpreta bien lo que sus clientes no saben cómo decir. Los entiende. Lo que no entiende es cómo manejarse con las mujeres. Su matrimonio fracasó. Se siente solo, mal. Hasta que instala un maravilloso sistema operativo de última generación programado para escucharlo, entenderlo, acompañarlo, dialogar amablemente, etc.

Si, también Hal, memorable supercomputadora de "2001", era capaz de entender al viajero espacial y dialogar con él amablemente, pero tenía voz de robot, y malos hábitos. El sistema que se instala este tipo es otra cosa, un chiche, una geisha, se llama Samantha y habla con voz suave, sedosa, sensual, cariñosa. Un peligro. Y el pobre cae, gozosamente, en el peligro (la voz pertenece a Scarlett Johansson, preciosa, y por ahí también ronronea Kristen Wiig).

Buena reflexión sobre la soledad humana, los sentimientos más delicados, la dependencia de la tecnología, la ilusión del amor virtual. Sensible retrato de un infeliz demasiado sensible. Inquietante advertencia sobre lo fácil que resulta meter la pata en materia de amores, cuando uno necesita sentirse enamorado.

Irónica observación sobre nuestra creciente incomunicación real, recluidos en la comodidad de otro tipo de comunicaciones, dependientes y amantes de la tecnología. Eso, y otras cuantas cositas más, es la historia que aquí se cuenta. Un poco despacio y con final discutible para los técnicos de la cibernética, pero bastante original, incisiva, sugerente.

El autor, Spike Jonze, provoca la sonrisa y la inquietud del espectador. E impulsa a releer a Isaac Asimov, Phillip Dick, Ray Bradbury, que habían anticipado algo de lo que él acá nos pinta. Y el protagonista Joaquin Phoenix, exigido, excelente, provoca simpatía, piedad, pena, dolor, tristeza, y otra vez simpatía. Y se pone a la altura de López Vázquez en "No es bueno que el hombre esté solo", o de Michel Piccoli en "De tamaño natural", grandes intérpretes de pequeños y patéticos infelices que buscaron una compañía artificial para sus males.

A señalar, también, la dirección de arte de Austin Gorg, y la pancita de May Lindstrom, frente a la cual parece increíble que alguien prefiera una opción inasible y virtual. La historia transcurre en un futuro próximo, no muy lejano. Según especialistas y entusiastas, ya hay programas bastante similares al que imagina la película. Y clientes.

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