Herrera: de la estética bizarra al conceptualismo

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El artista rosarino Carlos Herrera inauguró la semana pasada la temporada del año 2013 de la galería Ruth Benzacar con la muestra "Trabajo nocturno". Los pocos elementos que configuran una ambientación, dispuestos en la inmensa sala blanca, se asemejan vagamente al mobiliario de un vestuario deportivo. Allí están unos bancos de madera y reluciente metal, un catre con dos agujeros y un erótico bate insertado en uno de ellos, un perchero con una calavera (un "memento mori" o recordatorio de la muerte, un exorcismo contra la vanidad), dos escaleras con sus bates en el último escalón, unas cajas con grasa, otra como basurero y, en el medio de la sala, los zapatos del artista rellenos hasta el borde con cadenas.

El cuerpo se ha desvanecido y sólo quedan esos zapatos negros cargados con unas cadenas iguales a las que se usan para colgar algún recuerdo o imagen del cuello. Los breves eslabones representan aquellos lazos que se atan en el mundo emotivo y privado, mundo que se integra a toda la muestra, a pesar de lo enigmáticos que parezcan los objetos y de la distancia que impone la clave conceptual.

Los temas que trabaja Herrera en estos últimos años, desde que le dijo adiós a una estética bizarra y estrenó una nueva solemnidad, son el tiempo, la locura, el sexo y la muerte. De una manera frontal, aunque con genuina inocencia, Herrera plantea cuestiones esenciales de su arte y de su propia vida. Para comenzar, las numerosas bolsas de plástico cargadas con todo tipo de objetos que cuelgan de unos pedestales y también de los percheros expresan el permanente ir y venir de un artista radicado entre Rosario y Buenos Aires, el llevar y traer (videos, instalaciones, fotografías, audio y objetos) entre otras cosas, su arte. Además, al hablar sobre el contenido de las bolsas donde hay cosas que se ven y otras que no, que tan sólo se intuyen, el artista cuenta que investigó a la gente que vive en la calle y que guarda en unas la ropa, en otras la comida o los papeles. "Finalmente, ese es el living, la cocina y el baño", observa Herrera. Así relata que cuando después de un tiempo regresó a su casa, encontró que él también tenía cosas guardadas en bolsas que albergaban universos. Entonces comenzó a elaborar las esculturas. El artista describe con especial interés las cuestiones del mundo privado, hogareño, el carácter frágil y final de las cosas que lo indujeron a pensar en la locura. Parodiando la canción de Charly García, concluye: "Voy yendo de la cama al living, la obra se recompone y no tienes un poquito de amor para dar".

La muestra se llama "Trabajo nocturno" por un poema de Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, 19401991). La poesía relata dos escenas: al comienzo los versos describen el estado del cadáver de un ratón y, luego, como si mediara la acción de un montaje cinematográfico, aparece un gato desperezándose en la mañana.

"El poeta nunca dice que el gato mató al ratón, pero al leer el título, 'Trabajo nocturno', uno presupone que todo ocurrió en ese tiempo", aclara Herrera. "Algo de eso nos ocurre a los artistas, o por lo menos a mí, explica. "Hay una consecuencia (la obra), un presunto culpable o responsable (el autor), y un momento difuso, donde ambas cosas se encuentran (trabajo nocturno)".

El tiempo indefinido de los hechos, llevado al territorio del arte, es motivo de reflexión en la muestra. Ninguna de las obras realizadas entre los años 2009 y 2013 lleva título, pero la serie completa se denomina "Autorretratos".

La génesis de la muestra se puede rastrear en una pequeña exhibición que Herrera presentó en Rosario junto a Claudia del Río (ambos integran el grupo Tru-lalala) que se llamaba "¿Cuánto pesa el amor?". Desde el título, la muestra remitía de inmediato a la idea de la muerte. Lejos de cualquier especulación científica y de refutar a quienes creen que el alma pesa 21 gramos y que desaparece del cuerpo con la muerte, la pregunta sobre el peso del amor era eminentemente poética. En un salón oscuro, sobre unos pedestales había unas magníficas urnas de cristal profusamente biselado por los artistas. En el interior las obras resguardan un puñado de arroz y confirman su función: preservar el hálito de una vida amorosa que pasó. El arroz recuerda los bulliciosos augurios de felicidad destinados a las parejas de amantes. Con el máximo esplendor, las obras glorifican un amor que ya no está.

En esta muestra, Herrera estrenaba una solemnidad que fue dejando atrás su estética bizarra, el desparpajo y también la alegría.

Las escaleras presentes en la muestra de Benzacar remiten a las culturas del Norte, simbolizan el camino hacia el más allá, aunque los palos frenan abruptamente el camino.

"La muerte apareció en mi vida con la adultez, al pasar los 30 años", observa Herrera. El artista llegó al escenario porteño hace menos de una década con un gato literalmente "rabioso", negro y embalsamado, con una carga de dinamita entre sus dientes. Lo exhibió junto a una serie de fotografías de un mundo triste y decadente y unos objetos inesperados (caretas de monos, un perro embalsamado incrustado en una montaña de hamburguesas y dos conejos vivos en una caja de acrílico). Después ganó el Premio Chandon con "Afghanistan Tours. Adam Khan", un desopilante video de humor negro realizado con baja tecnología y elementos rudimentarios. Dos salchichas convertidas en odaliscas, que en manos de un hábil titiritero (Herrera) bailan la danza del vientre. A la elasticidad de las salchichas (hervidas), cualidad que se advierte en el movimiento de la pelvis, se agrega la de los vegetales lacios de los atuendos y la rigidez de dos pequeños ajíes, que ofician de turbantes sobre las cabezas, que al compás de la musiquita, terminan rodando, cortadas a cuchillo.

En el año 2011 Herrera ganó el Premio arteBA-Petrobras de Artes Visuales con "Autorretrato de mi muerte", una bolsa con un par de zapatos y algunos calamares muertos. "El olor (inmundo) se acerca al que emana de un cuerpo muerto", respondía desafiante el jurado que lo eligió, escandalizando a los burgueses, como si estuviera en la Tate Gallery de Londres. Apenas ha transcurrido poco más de un año y Herrera ha pegado un giro fundamental en su obra: sacó el cuerpo maloliente de sus zapatos y los llenó de poesía.

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