24 de octubre 2011 - 00:00

Ideas ambiciosas, ¿pero viables?

Serán seis días dedicados a salvar a Europa. La cruzada comenzó el viernes y termina este miércoles. La pregunta del billón: el séptimo día, ¿podrá el mundo tomarse un merecido descanso?

Se trata de una operación política a dos tiempos. Coronado cada uno de ellos con una cumbre de la Unión Europea. El Parlamento alemán será consultado; se requerirá su venia aprobatoria en el intervalo. De ahí la necesidad de recurrir al desdoblamiento (confesión del ministro teutón de Finanzas). ¿Cuál es el teléfono de Europa? Nunca hubo dudas: el que atiende la canciller Angela Merkel.

Ayer concluyó el primer tiempo. ¿Qué se resolvió? De los tres temas que consigna la agenda -la recapitalización de los bancos, la potenciación de los fondos de rescate y el tratamiento quirúrgico de Grecia- sólo se acordó la muy demorada inyección de capitales a la banca. Aunque, como todo partido, nada está definido hasta que no expira el último minuto de juego.

La crisis bancaria que asomó con las tribulaciones 2.0 de Dexia obligó a poner sobre la mesa una propuesta concreta: la recapitalización rondará los 100 mil millones de euros (entre la mitad y un tercio de lo que proyectaban las estimaciones del FMI). ¿Suficiente? Más que el monto, importará la velocidad de su integración (y la fuente de suministro: la destrucción de crédito bancario permite cubrir las exigencias pero opera a la manera de un búmeran para las condiciones financieras). En la medida en que la agenda europea contempla en simultáneo el «corte de pelo» de la deuda griega -ahora se les exige a los acreedores privados pasar de la quita preacordada del 21% a un recorte del 50%/60%-, el requisito de acelerar los tiempos del refuerzo patrimonial es todavía más central. El acceso a la liquidez mayorista es otro capítulo que se analizó. Allí obró consenso en facilitarlo, si hace falta, vía utilización de garantías oficiales.

La cirugía de la deuda griega no debería formar parte del menú del cónclave -no antes de consolidar las bases de la estabilidad financiera-, pero de hecho lo hace y en lugar prominente. Es el quid pro quo que demanda Alemania para apuntalar los fondos de rescate. La banca internacional se resiste -»teníamos un trato»-, pero no posee mucho margen efectivo de negociación. La amenaza de gatillar un «evento de incumplimiento» es el bluff equivalente del lado oficial: las autoridades necesitan que sí o sí la poda califique como «voluntaria». En rigor, la discusión debería atravesar otro meridiano: cómo garantizar que el dominó quede acotado a Grecia y no destroce a su paso los diques de contención que planea montar la cumbre.

El tema de fondo -cómo convertir la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF) en un verdadero cortafuegos de la crisis- es el meollo de las dilaciones. Es el punto ríspido que requiere el visto bueno del Parlamento alemán. Y un talón de Aquiles más que visible, pero que Europa (léase Alemania y el BCE) de todos modos se niega a cubrir. Francia ya tuvo que declinar su iniciativa: convertir a la FEEF en un banco y, a través de ese ardid, apalancarse e intervenir en el mercado de deuda soberana con el respaldo del BCE como prestamista de última instancia. Con un dejo de ironía, podía denominarse la solución Dexia. Como no logró plafond, lo que prevalece entonces es la postura de Berlín. La solución Ambac (o, para que sea más claro, AIG): transformar la FEEF en un símil de una compañía de seguros. Y vender protección frente a las posibles pérdidas que pudiera arrojar la deuda soberana. Sería un truco interesante si no fuese porque la historia de AIG es archiconocida. Pero igual funcionaría si oficiase de coartada para que el BCE se embarque en la compra masiva de deuda pública (otra vez queda claro cuál es su rol clave: ser el financista de último recurso). Pero el BCE no quiere saber nada. ¿Qué pensó la cumbre para reemplazarlo? Al decir del ministro holandés de Finanzas, se baraja crear una agencia que adquiera deuda con la garantía de la FEEF y a la que se puedan atraer nuevos inversores. Como los fondos soberanos de riqueza (¿son acaso coleccionistas exprofeso de buzones?). Una cosa es segura: la cumbre emergerá con un modelo de multiplicador de los fondos de la FEEF. Será billonaria en los titulares de la prensa. Otra cosa es insegura: que su viabilidad luzca muy alentadora.

¿Podrá el mundo, entonces, descansar el séptimo día? No será porque la cumbre despeje todos los interrogantes. En ese sentido, cómo ignorar la franqueza de los alemanes: no hay que esperar que los problemas de Europa desaparezcan el próximo miércoles. Sin embargo, lo que juega a favor es que los mercados quieren y necesitan creer (el viernes lo ratificaron con creces). No ambicionan una solución de fondo. Saben que no estará lista. Se arreglarían con una coartada razonable que les permita montar una tregua y ensayar un avance bajo cualquier otra excusa de ocasión.

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