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“Il viaggio a Reims”: una coronación con batas y toallas
Daniel Blanco plantea una puesta en cuyo primer acto predomina el vestuario de un spa, y en el segundo se pasa al frac y al smoking.
Al frente de la Orquesta y del multitudinario elenco (que encabezan Paula Almerares, Nidia Palacios, Luis Gaeta, Francisco Brito, Alessandro Luciano, Marisú Pavón, Ricardo Seguel y Luciano Miotto) estará el director italiano Sergio Monterisi. Dialogamos con Bianco sobre las características de la producción.
Periodista: ¿Qué particularidades tiene esta puesta en escena?
Daniel Bianco: Primero hay que hablar de la génesis de la obra, que fue un encargo especial hecho a Rossini para la coronación del rey Carlos X de Francia en 1825, se hicieron cuatro funciones y se perdió en la historia, salvo que Rossini reutilizó gran parte de la música en «Le comte Ory». En 1977 se encontró el manuscrito en la Accademia di Santa Cecilia de Roma. Luego Claudio Abbado la estrena en el Rossini Opera Festival, con Nucci, Raimondi, Ricciarelli, Valentini Terrani, con puesta de Luca Ronconi. Entonces, al ser una ópera muy coral, con 17 cantantes muy ensamblados unos con otros, con dúos, tríos, etc., la Accademia Rossiniana del Festival piensa en utilizarla para que los alumnos puedan meterse en el mundo de Rossini, y ahí es donde Alberto Zedda, director artístico del Festival, llama a Emilio Sagi, y esta es la producción que se hace desde hace 11 años, y que en agosto se volverá a repetir en Pesaro.
P.: ¿Cuáles fueron entonces las premisas del planteo escénico de Sagi?
D. B.: Al ser algo para la Accademia, donde la puesta en escena y el canto tenían que ser tan importantes, Sagi planteó que esto es un viaje a ninguna parte, por eso la escenografía es una pasarela como las que hay en los spa, los aristócratas se quedan ahí para prepararse e ir a la coronación, y como no tienen medios de locomoción para llegar deciden hacer la fiesta de coronación ahí mismo, a la vista fe todos los clientes, y en esto transcurren todas las situaciones cómicas, los episodios de amoríos y amistades. El decorado es una pasarela que está casi colgada sobre el foso de la orquesta, y el mar son los músicos. Todo el primer acto los cantantes están en el spa, con toallas en la cabeza, y cuando empiezan a prepararse para la fiesta es cuando se visten delante del público. Es algo que podría pasar hoy mismo, cuando se reúnen para ir a las bodas de un miembro de cualquier monarquía y se juntan en un hotel. El rey Carlos X está representado por un niño, que ante todos los himnos que se cantan en su honor está con una botella de gaseosa y un sándwich de jamón y queso, como una ironía. La escenografía y el vestuario se han realizado íntegramente en el Teatro Argentino. Quiero resaltar el doble elenco, y todo el mundo tiene su momento.
P.: Se le ha criticado a esta ópera no tener demasiado sustento a nivel de la acción. ¿Cómo se asume esa dificultad en una realización escénica?
D. B.: Bueno, se nota claramente que fue un encargo, pero es como cuando en las Olimpíadas de Barcelona se encargó un himno, pero la conjunción de la dueña del spa, una condesa francesa, una poeta, un almirante español, una viuda polaca, un general ruso, se convierte en una cosa muy humana, porque están todos en bata, y ya no es lo mismo que cuando está vestido, todos son iguales. Es una producción interesante, simple, transcurre con sólo 3 metros de fondo por los 16 de boca que tiene el escenario, es un poco como si fuera un muelle del Tigre.
P.: ¿La estética remite a una época definida?
D. B.: El primer acto es todo en blanco, con toallas y batas, y el segundo en negro, con fracs, smokings, ellas con sombreros; es todo un poco atemporal. La unidad está en lo del blanco y del negro. Lo importante son las situaciones que se dan entre la gente que al final queda atrapada en un spa. No hay detrás una cosa tan intelectual, más ligera, impulsada por la música de Rossini, que lleva a eso.
Entrevista de Margarita Pollini


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