- ámbito
- Edición Impresa
Imagen y sonido, claves de “Caja cerrada”
El documental de Martín Solá muestra el proceso de pesca nocturna en el Mediterráneo, casi sin palabras, con imágenes movilizadoras y un sonido muy bien trabajado.
El título «Caja cerrada» sugiere diversas interpretaciones, además de la obvia, con las pilas acumuladas que se ven al final, en el viaje de vuelta. «El mar es como una caja cerrada, nunca sabes qué hay dentro suyo hasta que no metes la mano», es un viejo dicho que acá no se menciona, pero se hace presente cada vez que la cámara enfoca la oscuridad inmensa, las aguas inquietas, la red que sube con su carga de muerte para unos, y jornal para otros. Nada, sin embargo, está expresamente dicho. Solo se oye el rumor del Mediterráneo, los ruidos naturales del trabajo, los aleteos de los peces saltando inútilmente en su agonía, las órdenes en español, fragmentos de una charla en árabe durante el descanso. Los hombres son marroquíes y senegaleses. El más grande los atrapa con relatos de costas africanas, anécdotas de cuando meterse en Europa era más fácil (hasta que en 1991 cambió el régimen de visado), ironías de norafricanos que enriquecieron tantas ciudades haciendo subtes y demás obras que nunca verán en las suyas, recuerdos de una Casablanca que se va perdiendo tras los monoblocs. Los otros escuchan admirados, alguno se duerme un momento, la pesca recomienza.
El registro, tomado con cámara firme, sin vaivenes ni encuadres confusos, nos hace sentir sobre cubierta, presenciando a lo largo de 72 minutos lo que puede ser una sola jornada de trabajo, desde que se percibe el cardumen hasta que de regreso surgen, acaso, las luces de un puerto lejano. Luego será el amanecer, la descarga en el puerto, las ofertas y competencias. Eso no lo vemos, pero bien podrían aplicarse ahí unos versos del libro «Lavorare stanca», de Cesare Pavese, donde un marino «responde que cuando el sol se levantaba/ el día ya era viejo para ellos».
Nadie dejará de comer caballa (que es lo que vemos), atún, ni salmón por esta película. Tampoco es la intención. Pero quizá considere de otra forma el trabajo pesado, agobiante, mal recompensado, de quienes le aportan la comida. Quizá también elucubre alguna posible metáfora, un tanto vaga. O, si es cinéfilo, tenga en cuenta las enseñanzas de la vieja escuela documental inglesa de John Grierson, que enseñaba a los hombres a apreciar el esfuerzo de sus congéneres, y en la que abreva sensiblemente este trabajo del promisorio Martín Solá, ex estudiante santafesino en Cataluña. Vale la pena.
P.S.


Dejá tu comentario