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Impuesto al cheque, otro costo adicional para el campo
El sector agroindustrial reclama por mayores controles para combatir la informalidad comercial pero, justamente, este tipo de tributo la fomentan.
Cuestión de mercado. En el caso de los commodities agrícolas el precio viene formado, y cualquier gravamen distorsivo que se aplique en el comercio le quita rentabilidad a toda la cadena.
En el caso de los commodities agrícolas, el precio viene formado. No es el productor el que lo forma. Así las cosas, cualquier costo adicional aplicado sobre las transacciones resulta no sólo en un menor ingreso para cada eslabón (sobre todo para el primario) sino también en una baja en su competitividad internacional.
El impuesto al cheque es un costo adicional. Es más, se trata de una clara obstrucción a la libertad de transacción. Y como tal, obstruye la subcontratación y así obstaculiza la generación de pequeñas empresas de alta especialización, es decir promueve la integración hacia firmas de mayor tamaño. En consecuencia, alienta la emigración de la gente hacia las ciudades más grandes.
Creado en agosto de 2001, para garantizar ingresos públicos, es un ejemplo de lo que no se debe hacer. Paradójicamente la ley que le dio vida se llama Ley de Competitividad. Su vigencia iba a ser por seis meses. O, como máximo, un año. Pero han pasado más de quince años, y sigue entre nosotros. No debería llamarse "impuesto" pues no encaja dentro de la clasificación tributaria; no grava el patrimonio, ni la renta y tampoco, el consumo.
Desde febrero se presenta una buena noticia. La jefatura de Gabinete habría ordenado analizar tal tributo. El Gobierno se muestra decidido bajar su presión o, directamente, su eliminación. Se trata de una medida más en el proceso de bancarización.
Claramente, éste, por más de una década y media, ha trabado el crecimiento de la competitividad que se logra mediante la especialización; es decir a través de la emergencia de pequeñas y medianas empresas que se entrelazan en una suerte de comportamiento cuasi solidario para lograr el bien/servicio final.
Obviamente, este impuesto se ha "institucionalizado" y como tal forma parte de la estructura de ingresos del Estado. Como eliminarlo resulta complejo, dado el cuadro fiscal por el que atravesamos y por el representar cerca del 1,70% del PBI, al menos debe ir reduciéndose gradualmente. Es imprescindible aplicar una política impositiva que no contribuya a estimular las instituciones negativas para el desarrollo.
En principio, los pasos dados para bajar la tasa de inflación auguran una mayor posibilidad para alcanzar una reforma impositiva exitosa. Falta disminuir visiblemente el déficit público, con un gasto más racional.
Si la noticia se hace realidad, el horizonte competitivo para la cadena agroindustrial será mucho más alentador.
(*) Economista. Profesor de la
Maestría de Agronegocios UCEMA.


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