La República Argentina atravesó distintos momentos históricos a lo largo de su existencia en los que gobernar significaba diferentes objetivos: darle una organización política a mediados del siglo XIX, poblar el deshabitado país luego, educar a sus habitantes analfabetos, mejorar la elección de las autoridades, y después de 1945, otorgarles plenos derechos a sus ciudadanos. Pero ese último proceso encabezado por el peronismo derivó en un Estado gigantesco, prebendas gremiales abusivas, la destrucción de la cultura del trabajo, un marcado deterioro de la disciplina y la educación, y una cantidad y variedad abrumadora de impuestos que asfixian la actividad económica e impiden el desarrollo de la Nación. Hagamos un somero análisis de cómo se llegó al estancamiento presente. La llamada “Generación de 1837” elaboró una organización política para conjugar lo más armónicamente posible las tendencias unitarias de Buenos Aires y las federalistas de los caudillos del interior. Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, Miguel Cané y Vicente Fidel López idearon las bases de la Constitución que se proclamó en 1853 y comenzó a regir diez años más tarde. División de tres poderes, elecciones cada seis años, senadores y diputados, cierta autonomía de las provincias. “Gobernar es poblar”, sostenía la ‘Generación del 80, habida cuenta de que el primer censo poblacional en nuestro país arrojó un millón setecientas mil personas para un territorio de casi tres millones de kilómetros cuadrados, una desproporción mayúscula. Domingo Sarmiento, José Ingenieros, Luis María Drago y Carlos Pellegrini fomentaron la inmigración con pasajes gratuitos en barco a todo europeo que deseara venir a instalarse en el Río de La Plata, para al mismo tiempo abocarse a la tarea de educar a la población, ya que aquel censo indicaba 71 por ciento de analfabetos. El presidente Sarmiento y sus sucesores fundaron escuelas y profesorados, construyeron ferrocarriles y trajeron maestros desde el exterior para conseguir ambos fines: poblar y educar. A Roque Sáenz Peña, Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez les preocupaba, en cambio, la libertad de expresión y de prensa, los derechos individuales, y que menos del 10 por ciento de la gente votaba efectivamente a las autoridades. Elecciones amañadas y corruptas, el llamado “fraude patriótico” y los gauchos bravos como Juan Moreira lograban que la clase dominante retuviera siempre el poder. La ley electoral de 1912 estableció el voto obligatorio y secreto que erradica estas prácticas en forma definitiva. Pero la democracia continuaba siendo imperfecta y no fue hasta 1947 que la mujer votó, y que las clases trabajadoras se incorporaron a la educación universitaria y a los plenos derechos civiles, lo que se llamó por entonces la “justicia social”. El drama es que el peronismo en breve derivó en corrupción, violencia, arresto de opositores, cierre del Parlamento, corporativismo gremial, falta de libertades, manejo discrecional de la producción agropecuaria, cercenamiento de la prensa, nacionalizaciones y estatizaciones forzosas y otras vías de opresión que llevaron a un nuevo golpe militar en 1955, la llamada “Revolución Libertadora”. Con proscripciones y retornos, Perón influyó hasta su muerte en el poder en 1974, pero sus continuadores siguen dominando la vida pública argentina hasta hoy. Desde 1946 a la actualidad el peronismo ha gobernado 34 de los 73 años de democracia; la mitad del período.

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