24 de septiembre 2009 - 00:00

Ingeniosa recreación de la vida de Manzi

Carlos Portaluppi encarna al prolífico y multifacético Homero Manzi en un film que reemplaza con recursos creativos los altos costos de una biografía convencional.
Carlos Portaluppi encarna al prolífico y multifacético Homero Manzi en un film que reemplaza con recursos creativos los altos costos de una biografía convencional.
Poeta, letrista de tango, militante irigoyenista, cofundador de Forja y de Artistas Argentinos Asociados, guionista y director de cine y de noticieros de cine, simpatizante del justicialismo, dirigente de Sadaic, padre de familia, amante clandestino. ¿Cómo describir en 97 minutos la variada y prolífica vida de Homero Manzi, su niñez en Añatuya, la adolescencia y los primeros versos en Nueva Pompeya, etcétera? ¿Cómo integrar sus tangos, valses, milongas y candombes, y llegar a fin de mes con el presupuesto? Todo eso está logrado en esta obra que, además, sorprende por la variedad de recursos, y elude bastante la tiesura y los costos excesivos de las biografías convencionales.

Para ello, el director Eduardo Spagnuolo apela a una ingeniosa exposición recostada en estéticas de espectáculo musical, teatro, y hasta cine de animación. Así evita quedar aplastado por las exigencias escenográficas del género, se permite coreografías modernas y otras licencias inofensivas, y logra momentos realmente hermosos, como la escena en que las palabras del «Poema confesado» rodean y acarician el cuerpo de la mujer soñada. También aparecen, completos o fragmentados, «El pibe», «La herrería», «Por qué no me besas» (el niño enamorado), «42 versos a la Facultad de Derecho», el hermoso y triste «Contestaciones para acunar tu infancia», y otros versos que hoy son revelaciones para quienes sólo conocían sus letras de tango, que también aparecen, desde «Viejo ciego» en adelante, en grabaciones clásicas o en nuevas versiones, y hasta llegan a probar el diálogo entre «Fuimos» y «Ninguna», representando el cierre de un amor conflictivo.

Igualmente dialogan sus textos de películas con sus propias experiencias de vida, por ejemplo entrelazando la escena del allanamiento a la imprenta clandestina de «Con el dedo en el gatillo», con una que sufrió Manzi cuando el golpe del 30. Otros fragmentos de sus films sirven de alusión (el artista moribundo de «El último payador») o de advertencia inútil (la vieja aconsejando contra los malos amores en «Pobre mi madre querida»). En fin, éstos son sólo algunos ejemplos del ingenio empleado para acercarnos al pensamiento y el sentimiento del autor de «Malena», «Manoblanca», «Barrio de tango», «El pescante», «Sur», y también la «Marcha de

Forja»
y otras piezas menos conocidas. Una rareza, en ese sentido, las amigables «payadas» al general Perón y su esposa.

Discutibles, unos forjistas que actúan como si fueran de la jotapé, o el modo en que el director del noticiero mira una edición propia, como si recién ahí se enterara de la noticia, pero esa mirada, algún sentido tiene. No caben mayores objeciones, y, en cambio, abundan los momentos elogiables, como las escenas de Manzi con su hijo adolescente. El propio Acho Manzi aparece en los créditos finales, contando anécdotas muy cálidas. Una lástima, que no aparezca la figura de Ulises Petit de Murat, con quien escribió «Su mejor alumno», «Donde mueren las palabras», y otros films memorables. «Yo creaba con mucho esfuerzo la estructura del guión, y al gordo le brotaban como si nada los más bellos diálogos, y lloraba mientras los iba escribiendo, de tanta emoción que les ponía», recordaba Petit años más tarde.

P.S.

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