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Jeff Bridges hace creíble una historia repetida
Jeff Bridges sobrelleva con su acostumbrada naturalidad los lugares comunes de «Loco corazón»; otro mérito del film es la ausencia de desbordes argumentales.
Canchero, con una mano en el bolsillo, y toda la audiencia puesta de pie para aplaudirlo, Jeff Bridges se ganó finalmente el Oscar. Era la quinta vez que lo candidateaban. Su discurso fue largo, jovial, evocativo, como si estuviera en el porche de su casa charlando con los vecinos. A su público le fascina esa forma de ser, esa jovial sencillez de quien se siente en su casa, cualquiera sea la casa donde se sienta. ¿Se merecía el Oscar? Lo seguro es que a todos les encantó que lo recibiera. Y lo más probable es que también se lo merecía. Aunque viendo la película cualquiera podría pensar que compone su personaje de taquito. Pero ahí está el mérito, precisamente: en dar la sensación de fácil.
Su personaje, el Malo Blake, es un cantor y compositor venido a menos, que se las rebusca en giras por locales de pueblo, borracho casi siempre, desperdiciando el cariño de su público, aceptando las ganas de cariño por una noche de las veteranas que lo buscan. Al otro dia será otro pueblo. Ni siquiera tiene feeling con los músicos locales que reconocen su fama. Aun así, la gente todavía lo aprecia. Quizás el hombre todavía pueda recuperarse con ayuda de una joven madre y/o un exitoso alumno suyo. ¿Suena conocido? Con diversas variantes, el cine norteamericano ha contado esta historia más de una vez. Pero esta versión tiene dos méritos. Primero, los lugares comunes son sobrellevados con atendible naturalidad y sin desbordes argumentales. Segundo, también suena casi natural, controlada, y convincente la interpretación de Jeff Bridges. La suya es esa escuela de expresar lo más posible con el mínimo gasto de ostentación dramática. Y hacer que a cierta altura el público sienta que el viejo Bridges y el Malo Blake son la misma persona. No se crea que es fácil.
Valores adjuntos, la música llevadera, Maggie Gyllenhaal aunque parezca medio tonta con esa sonrisa continua que tiene al comienzo, más algún apunte a mano alzada (como la veterana durmiendo con la boca abierta) y, en un personaje medio breve, Robert Duvall. Su presencia nos remite a otra historia similar: la del cantante que forma familia con una viuda en «El precio de la felicidad» (Tender Mercies, 1983, sobre texto de Horton Foote). Pero ésa era una película sólidamente buena, emotiva, espiritual si se quiere. La de ahora es simplemente buena.


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