22 de octubre 2010 - 00:00

La Boca por sus artistas

La muestra «Utopía y sus orillas. Arte y Cultura en La Boca-siglos XIX y XX», que se exhibe en el Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín (Av. Pedro de Mendoza 1835), consta de 61 obras de los principales artistas emblemáticos vinculados al mítico barrio.

Bajo la curaduría de Víctor Fernández se reunieron obras del acervo del Museo así como de colecciones públicas y privadas que se vinculan en torno a tres núcleos temáticos con el objeto de promover la reflexión sobre las relaciones entre su historia y su actualidad. Dos de los núcleos refieren a lo iconográfico: representaciones del río y las calles, imágenes de la vida social del barrio, sus celebraciones y ámbitos domésticos.

El tercer núcleo refiere a los diversos modos que los artistas boquenses eligieron para relacionarse con los discursos y las instancias de circulación y legitimación propuestas por «los centros del campo cultural».

Afortunadamente la muestra no cae en el cliché de «arte boquense», más bien enfatiza el ambiente cultural en el que se desarrollaron artistas tan disímiles pero que compartían la idea de identificación entre arte y vida, su inclinación por la austeridad y los temas como el interior de la casa, los rincones del barrio, los objetos cotidianos.

La tapa del excelente y manuable catálogo que incluye esclarecedores ensayos, es un mascarón de proa anónimo, perteneciente a la colección del Museo, «Angélica esposa», 1860, talla en madera policromada, una de las primeras producciones artísticas vinculadas a la actividad naviera, ya que el Riachuelo es fundamental a La Boca y a su arte.

Fue pintado por Alfredo Lazzari, que dio una visión impresionista de las fábricas, el ferrocarril y las embarcaciones que perfilaban un incipiente progreso, con una paleta armoniosa, intimista, fue un artista que formó una verdadera escuela pictórica y ejerció gran influencia.

Víctor Cúnsolo lo pintó con talante metafísico y sintético; también están la visión romántica de un Victorica, la de Lacámera que desde su habitación pintó fragmentos del río en tonos bajos y ocres, la levedad de la materia en Diomede.

A ellos se oponía la exuberancia de un Quinquela vital, que con su historia personal, además de la discusión entre los críticos acerca de su capacidad artística, terminó por convertirse en una suerte de héroe de La Boca. Un pionero de lo que hoy se llama «intervenciones urbanas», a través de murales, la creación de «Caminito», su generosidad fundacional de escuelas, un ser que mostró preocupación por el arte que debería servir para mejorar la vida cotidiana.

La Boca tuvo su edad de oro debido a la inmigración, genovesa en su mayoría, que se reflejó en la construcción de aserraderos, herrerías y almacenes navales pero que también contribuyó al nacimiento de instituciones educativas y culturales, así se crearon los famosos Salones y el Ateneo Popular.

En la segunda mitad del siglo XX comienzan las transformaciones y la degradación edilicia como la más que centenaria polución del agua del Riachuelo, como lo señala Diego Ruiz en uno de los textos, destacando que «su herencia simbólica es tan fuerte que aún impregna, define e identifica a La Boca como el barrio marinero de Buenos Aires».

Pero el río no es todo. Están la calle, los patios de los conventillos, las celebraciones, especialmente el carnaval que es a la italiana, a la española, a la criolla con candomberos y gauchos representando al criollismo. Este pintoresquismo fue plasmado por Stagnaro, Polo, Veneziano, Ferrini, Chiozza nombres olvidados y que son rescatados en esta cuidada exposición, y también Marcos Tiglio

También hay nombres contemporáneos, Macció, Aldo Severi, Leo Vinci, Juan Carlos Distéfano, Pérez Celis. Importante documentación fotográfica y material audiovisual complementan este proyecto realizado en conjunto con la Fundación Osde.

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