Un viejo chiste dice que los economistas realizan predicciones para que los meteorólogos tengan alguien de quien burlarse. Tal vez por esto no nos hemos prendido (aún) a la ola de pronósticos y adivinanzas sobre lo que nos depara 2011. En 2004, Bill Gates afirmaba vehementemente que en menos de dos años el spam (correo electrónico no deseado) estaría resuelto. En 1969, 10 años antes de ser primer ministra, Margaret Thatcher decía que mientras ella viviera ninguna mujer alcanzaría ese puesto (o cualquiera de los importantes en el gabinete británico). El 17 de octubre de 1929, Irving Fisher, el máximo economista norteamericano de la época, escribía: El precio de las acciones ha alcanzado lo que parece ser un piso permanente (no hace falta repetir lo que sucedió pocos días más tarde). Ejemplos de este tenor sobran en todas las áreas y épocas, y, sobre todo, en el mundo financiero. Pero antes de comenzar a pasar facturas, un hecho, posiblemente el más llamativo del año y que por alguna razón parece ser tabú, merece nuestra atención. En los últimos doce meses, la economía china ha estado creciendo por encima de lo que esperaban propios y ajenos, posicionando a la República Popular como la segunda economía (o la tercera si consideramos a la UE como un todo) más grande del planeta, alimentando lo que ha sido hasta ahora una incipiente recuperación en el mundo desarrollado y una gran expansión en el emergente. Sobre esto no hay grandes discusiones. El problema es que, a pesar de ello, la Bolsa de Shanghái retrocedió casi un 17% en lo que va del año, mientras el Promedio Industrial gana más del 11%. ¿Qué nos quiere decir esto? Tal vez nada, o tal vez algo (muy) importante. Entonces, que cada quién saque sus propias conclusiones. Con magros 519 millones de papeles operados, el Dow sumó ayer un 0,09% al cerrar en 11.585,38 puntos, en línea con lo que ha venido sucediendo últimamente, para marcar un nuevo máximo bianual.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario