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La calma regresa (y cede el resquemor por los emergentes)
Los pesimistas siguen al comando de la Bolsa, lo que no es poca hazaña al comienzo de un año, cualquier año, pero mucho más después de otro tan vertiginoso. Quebraron la inercia de arrastre, arrasaron las medias cortas de los índices más característicos, han resembrado las dudas. En definitiva, cumplen un rol social: le devolvieron a la ley de la gravedad visos de vigencia. Y todo ello cortesía de una retracción que merodeó el 7%, un estornudo apenas en un bull market que escaló un 160% desde su modesto origen. ¿Qué no se diría con uno o dos empujoncitos más como el del lunes? Un escéptico notable, Marc Faber, un convencido de larga data, no un oportunista de ocasión, señala que las condiciones de Wall Street están maduras para que los precios desbarranquen otro 20% o un 30% más. Y que le gustaría que la baja fuera del 40% para encontrar una valuación atractiva. Eso es un oso de verdad, y esos tampoco abundan.
El pesimismo que reina es táctico, no existencial. Y es muy sensible a cómo se disputa -y con qué suerte- cada palmo de terreno. No tiene puesta -como Faber- una camiseta estable. Y por eso el mercado es cimbreante con tanta facilidad. La tendencia es tu amiga, recita el refrán. Y si recular es la modalidad que mejor fluye en el momento, la tendencia de fondo continúa siendo alcista. Cuando el declive se interrumpe, o se revierte, siempre se piensa si no toca ya la hora de cambiarse de casaca.
¿Qué pasó con la crisis de los emergentes? A la noción de crisis conjunta le falla el pegamento. Y no es por falta de incidentes, que abundan y no decaen. Pero si se entiende la crisis como un circuito eléctrico, se precisa conectar a los emergentes en serie para producir un apagón general. Y los emergentes echan chispas, sí, pero cada uno por su cuenta, en paralelo, y el fogonazo en uno de ellos, no chamusca a los demás. Es el inversor, por supuesto, el que debe unirlos pero, por fortuna, tampoco la tarea lo obsesiona, y la tiene abandonada.
Dos semanas atrás el infortunio del peso argentino causó un sacudón notorio (y, créase o no, allí nació la "crisis de los emergentes" como objeto de preocupación). En cambio, la moneda de Ucrania, que se llama grivna, se desmoronó ayer y a nadie le importó en Wall Street. La votación en Tailandia -accidentada y en medio de grandes protestas- no ocupó ni la mención de un par de líneas. Las huelgas mineras en Sudáfrica recrudecen. Lo mismo. Lejos de demostrar resquemor -y mucho menos intención de endurecer su política- el gobernador del banco central de Colombia, anunció a los cuatro vientos que el "debilitamiento del peso es algo que vemos como positivo". Esto no es una crisis de emergentes, sino "business as usual", con la alta cuota de desorden y turbulencias nacionales que es habitual, pero sin los nervios erizados de los que son ajenos a dichas vicisitudes.
Lo más auspicioso es que un sector muy relevante a la hora de fabricar crisis por contagio, las agencias calificadoras de crédito, tampoco tienen planes de tender el cableado. Que Moody´s le conceda el status A la deuda de México, después de todos los dolores de cabeza que supusieron los ratings generosos, es la mejor prueba de que la crisis de los emergentes, como la guerra de monedas, no ha pasado de ser, todavía, más que una ruidosa escaramuza.


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