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“La ciencia puede impulsar hasta un policial de denuncia”
Gazan escribió un policial utilizando sus conocimientos de bióloga y la investigación para su tesina doctoral y se convirtió en best seller internacional.
Así apareció "Las alas del dinosaurio", publicado por Alfaguara, thriller que inició una serie seguida por "La golondrina negra", y ya está en los borradores de un tercer libro. Hoy Sissel-Jo Gazan es considerada como un nuevo aporte a la novela negra nórdica (la de Mankel, Larsson, Jo Nesbo) y al policial que suma a la intriga cuestiones científicas.
En su breve visita a Buenos Aires para participar en el FILBA (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires) y presentar su novela, dialogamos con la narradora nacida en Dinamarca y actualmente residente en Berlín.
Periodista: ¿Cómo se lanza a escribir novelas policiales?
Sissel-Jo Gazan: Antes de "Las alas del dinosaurio" yo ya había escrito tres novelas que no son policiales. Estaba estudiando biología y había llegado a un punto de inflexión en que tenía que decidir si quería seguir siendo bióloga o quería convertirme en escritora. En ese momento me pregunté cómo podía ser una escritora de tiempo completo, dedicarme a la literatura, si con las novelas que había publicado no lo había conseguido. Estaba segura de que mi madre, para ayudarme en mi vocación, había comprado muchos ejemplares. En una librería me puse a mirar quiénes eran lo que habían logrado vivir de la escritura. Me detuve frente a la oleada de las novelas policiales nórdicas. Pensé que podía intentar ver qué me pasaba si intentaba por ese camino porque había leído muchas de esas novelas, y conocía bien los logros magistrales que habían alcanzado. Hasta la aparición de ese grupo de autores yo pensaba que la novela negra no era verdadera literatura. La mayoría de los policiales trataban de un crimen y cómo se daba con el asesino. Yo creía que algo así podía escribirlo en unos pocos meses. Pensaba que lo firmaría con un seudónimo porque por ese tiempo había logrado con mis novelas un suceso de estima. Había logrado cierto respeto de parte de críticos y lectores como una autora que eligió la literatura. Si pasaba a publicar un policial, lo menos que haría es sorprender. Por suerte me di cuenta de que estaba totalmente equivocada, que el mío era un razonamiento prejuicioso e ignorante. Uno no decide qué tipo de novela va a escribir, sino que lo que escribe surge de su interior, del corazón, pasa por las pasiones tanto evidentes como secretas. En ese momento hacía tres meses que escribía y reescribía mi tesis sobre los dinosaurios para el doctorado en Biología. Mi madre estaba cuidando a mi hija, yo era madre soltera. Me sentía muy frustrada. Era un verano realmente muy lindo, y me tenía que pasar todo el tiempo encerrada trabajando en mi investigación. A la vez seguía creciendo en mí la intención de escribir una novela policial. De pronto se me ocurrió intentar mezclar las dos cosas.
P.: Así aparece Anna, la mujer que está escribiendo una tesina y el intratable profesor que la dirige que aparece asesinado.
S-J. G.: Me pasaba pensando si iba a haber alguien interesado en leer tantas historias como había hecho entrar en esa novela. No sabía si podía haber un público que aceptar leer sobre temas científicos (una investigación arqueológica) en medio de un thriller, y ser capaz de seguir adelante al encontrarse una intriga psicológica mezclada con una historia de amor que de pronto habla de los secretos que enturbian la vida. Me mantuve escribiendo en secreto esa historia durante tres años, entre medio me mudé a Berlín. Pasar con mi hijita chiquita de un país a otro totalmente distinto fue todo un tema. Tenía sólo un día a la semana para escribir. Mientras tanto iba haciendo entrevistas periodísticas y otros trabajos para poder vivir. De ahí salió "Decir sí: qué saben los curas sobre el amor". Cuando tuve un borrador de la novela se lo mandé a mi editora con una esquela: habla de un secreto de familia, "tiene una trama científica y es un policial, dime qué te parece". Les gustó mucho, pero tenían dudas. Mi novela no respondía para nada a lo que se estaba acostumbrado en las novelas policiales. No había una joven violada y asesinada, o sólo violada para empezar. No había una millonaria seductora, ni nada de eso. Me llegaron comentarios donde me decían que yo sólo me dedicaba a matar hombres. Por las dudas que tenían los editores decidieron sacar una tirada de pocos ejemplares, como para probar. Y en Dinamarca hizo furor. Sentí orgullo ajeno.
P.: Eso le hizo decidirse a escribir thrillers con un componente científico, como lo confirmó en su segundo policial "La golondrina negra", que aún no llegó a nuestro país.
S-J. G.: Como "Las alas del dinosaurio" tuvo un éxito enorme, el desafío fue conseguir que la siguiente mantuviera el nivel. A la comunidad científica le interesó mucho la transición evolutiva que hizo que los dinosaurios se convirtiesen en pájaros, pero es un tema antiguo que no tiene ninguna relevancia en nuestra realidad actual. Yo quería pasar de un tema académico a otro que fuera más esencial para nuestra vida, abocarme a algo más político, a algo que pudiera provocar debate. No sabía cómo hacerlo. La profundidad en "Las alas del dinosaurio" tenía que ver con la investigación para mi tesis. Y ahora, estaba radicada en Berlín y me había catapultado fuera del mundo científico. Eso lo dije en una entrevista como ésta, y lo leyó una doctora que trabaja con un grupo danés de investigación en África, y me mando un mail. En ese mail encontré a una mujer apasionada por su trabajo a la que le costaba que su investigación llegara a la gente. Había intereses que se le oponían. Nos juntamos y la historia que me contó me voló la cabeza, al punto que decidí escribir sobre eso. Tuvimos que negociar las reglas. Yo tenía que mantener mi libertad artística, y podía no estar de acuerdo con su punto de vista científico. Me llevó un año y medio estudiar lo investigado y sacarme las dudas sobre las conclusiones. Fue como hacer una nueva tesis, esta vez sobre la inmunología, disciplina que tiene que ver con la biología pero también con la medicina.
P.: ¿Se puso a escribir que andar vacunando a los africanos no siempre es algo bueno?
A-J.G.: Es un tema suficientemente complejo como para simplificarlo en unas frases. Las vacunas que la Organización Mundial de la Salud permite son las mismas en todo el mundo. Para reconocer el valor de las vacunas hay que ver cómo actúan en lugares donde hay gran mortalidad infantil, y en Dinamarca no hay. En otros países desarrollados ocurre lo mismo, la mortalidad infantil no alcanza proporciones significativas, mientras que en África si lo es. El grupo de investigadores daneses descubrió que las vacunas que se daban en África tienen aspectos no específicados que pueden ser positivos o negativos. El aspecto positivo es que la criatura vacunada tiene protección no sólo contra la enfermedad que combate la vacuna sino que sirve contra otras enfermedades que no estaban contempladas, y la supervivencia es mayor. Lo negativo es que esas vacunas pueden provocar un efecto negativo en el sistema inmunológico general de la criatura, y de pronto lo lleva a tener la posibilidad de morir por algo no evaluado, como un resfrío común. El grupo intentaba que la Organización Mundial de la Salud le preste atención a ese problema. Problema que no es de un puñado de chicos si no de cientos de miles de niños en países en vías de desarrollo. La Organización Mundial de la Salud no dio el apoyo para que se siguiera investigando sobre las contraindicaciones de la vacunación masiva en África. Y eso tiene una dimensión política. En mi novela trato acerca de la deshonestidad científica, y la relaciono con la deshonestidad que se suele dar en una familia. Con esos elementos la novela que yo escribo tiene más que ver con el policial de no ficción que con el thriller de acción y suspenso o la novela policial de enigma.
Periodista: ¿Qué está preparando ahora?
S-J. G.: El siguiente libro de esta serie. Fui pasando de la biología a la arqueología, de la inmunología a la medicina, ahora voy a dedicarme a la industria médica, a la psicofarmacología, al negocio planetario de la venta de ansiolíticos y antidepresivos. Bueno, hay montones de casos interesantes del vínculo entre atención de la salud y los intereses económicos. Un ejemplo que suelo recordar es el de la gripe aviaria. Cuando la Organización Mundial de la Salud la declaró epidemia se produjo una explosión mundial de compra de vacunas contra esa enfermedad, de las cuales muy pocas fueron utilizadas. Fue un gran negocio para grandes grupos de la industria farmacéutica, y por debajo, como fuera denunciado en su momento, una trama de corrupción. Como ve, la ciencia es un terreno narrativo sorpresivo y emocionante y hasta puede impulsar a escribir una novela policial de denuncia.
Entrevista de Máximo Soto


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