5 de febrero 2009 - 00:00

La Curia revela su costado más débil

Richard Williamson
Richard Williamson
Roma - No se puede decir que el de Benedicto XVI esté siendo un Pontificado sereno. En los tres años y medio que lleva como papa, Joseph Ratzinger se ha ganado la desconfianza de muchos musulmanes, las críticas de buena parte de los fundamentalistas hindúes y, ahora, la desaprobación de numerosos judíos. El diálogo interreligioso se revela como uno de los puntos débiles de su Pontificado.
El último conflicto comenzó cuando, impulsado por el legítimo deseo de poner fin al único cisma que ha sacudido al catolicismo en el último siglo, Benedicto XVI decidió levantar la excomunión a cuatro obispos del ultratradicionalista movimiento fundado por el francés Marcel Lefebvbre. El problema es que uno de esos cuatro obispos, el británico Richard Williamson, mantiene desde hace tiempo posiciones negacionistas sobre el Holocausto. Sólo tres días antes de que el Papa decidiera rehabilitarlo, una cadena de televisión sueca emitía una entrevista en la que Williamson aseguraba que en los campos de concentración nazis sólo murieron 300.000 judíos y ninguno gaseado.
Las críticas no se hicieron esperar. Ni siquiera las posteriores declaraciones del Papa distanciándose de Williamson y destacando que «quien niega la Shoah niega la Cruz» consiguieron aplacar el enfado. Y mucho menos las palabras de Williamson, quien el viernes pidió perdón al Papa (nunca a los judíos) por la tempestad desencadenada por sus palabras pero sin retractarse en ningún momento de ellas.
El ministro isarelí de Asuntos Religiosos, Yitzhak Cohen, abogó por que Israel rompa relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Elie Wiesel, superviviente de un campo de concentración nazi y Nobel de la Paz, subraya que la decisión de Ratzinger de rehabilitar a Williamson supone dar credibilidad al «aspecto más vulgar del antisemitismo». Y entre los católicos también muchos cuestionan la decisión del Papa, como por ejemplo el teólogo progresista Hans Küng, que pide su dimisión.
Perplejidad
La pregunta que muchos se hacen es cómo es posible que el Vaticano no haya sido capaz de prever la controversia que se desencadenaría. Sobre todo, teniendo en cuenta el precedente de setiembre de 2006, cuando el discurso pronunciado por Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona provocó en el mundo musulmán una oleada de violentas protestas.
Ratzinger ya ha dado amplias muestras de ser un Papa que cuando está convencido de algo no tiene miedo de defender su posición. Pero muchas veces no valora con precisión las consecuencias que ese comportamiento puede conllevar. Y esta ocasión presenta un ejemplo evidente de ello.
«Ésta es una crisis que claramente se debía haber previsto», señala John Allen, del National Catholic Reporter y uno de los más reputados vaticanistas.
Varios analistas consideran que lo que este incidente pone al descubierto son las debilidades del proceso de toma de decisiones que se sigue en el Vaticano, donde el Papa es asesorado por un pequeño grupo de consejeros de su misma corriente de pensamiento y en el que las voces disidentes no tienen cabida.
El hecho de que ni siquiera el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y responsable del Vaticano para las relaciones con los judíos, supiera nada sobre la decisión de Benedicto XVI de levantar la excomunión al obispo Williamson demuestra lo cerrado que es el círculo de asesores del Papa y su limitada capacidad de previsión. Sobre todo, visto que los más estrechos colaboradores de Ratzinger estaban al parecer al tanto de que Williamson mantenía tesis negacionistas. No en vano, en 1989 el polémico obispo estuvo a punto de ser llevado a juicio en Canadá por negar el Holocausto.
Además, Williamson no es el único lefebvriano que peca de antisemistismo. El propio Marcel Lefebvbre, en una carta que en 1985 escribió a Juan Pablo II, se quejaba de las nefastas consecuencias que en su opinión había desencadenado la Declaración de Libertad Religiosa promulgada por el Concilio Vaticano II, y que en su opinión sólo complacía «a los herejes, los cismáticos, las falsas religiones y a los enemigos declarados de la Iglesia, como los judíos, los comunistas y los masones».
Por no hablar de Floriano Abrahamowicz, un lefebvbrista italiano de origen judío que esta misma semana, en la cresta de la polémica, se descolgaba diciendo que no había pruebas de que los nazis usaran las cámaras de gas para algo más que «desinfectar» a los prisioneros.
«Este incidente ha dañado la autoridad y la imagen del Papa a nivel popular, como ya lo había hecho el incidente de Ratisbona. La gente en el mundo musulmán y judío muestra reservas hacia él y fuentes en ambas comunidades afirman que no le tienen la misma confianza que la que tenían en Juan Pablo II. Y eso no es bueno ni para Benedicto XVI, ni para la Iglesia ni para nadie. Esperemos que las cosas cambien», afirma el vaticanista Gerard O'Connell.

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