18 de diciembre 2009 - 00:00

La curiosa propuesta de una burocracia en crisis

En medio de la polémica previa a la Cumbre contra el Cambio Climático de Copenhague pasó inadvertido un documento elaborado por el Fondo de Naciones Unidas para la Población (UNPFA), cuyo mensaje es que «urge» ayudar a las mujeres a tener menos hijos para limitar las emisiones de carbono. Según esta agencia, la natalidad «galopante» de los países en desarrollo es uno de los principales motores del calentamiento global.

El planteo no es nuevo. Hace tiempo que la ONU y muchas ONG predican una filosofía paradójica: para una mejor vida en la Tierra lo que se debe limitar es -justamente- la vida. Según la UNPFA, «frenar el crecimiento de la población permitiría a los países pobres no sólo salir de la miseria, sino también reducir el volumen de sus emisiones de carbono».

Más allá del cinismo de culpar a los pobres por el efecto invernadero, el planteo de la UNPFA ha sido desmentido por la realidad, una y otra vez.

En 1994, el pronóstico demográfico era que en 2025 habría 11.000 millones de seres humanos en el planeta. Sobre esa base, la ONU elaboró un programa de acción basado en la salud reproductiva y la planificación familiar. Hoy, quince años después, los pronósticos fueron revisados a la baja: la nueva predicción es de 9.000 millones, pero no para 2025 sino para 2050.

Podrá pensarse que esto es resultado del plan de acción de la ONU, pero lo concreto es que la fecundidad decrece continuadamente en todo el mundo. Incluso en Irán, donde cuesta imaginar que se imparta educación sexual, la fecundidad pasó de 7 a 2 hijos por mujer en sólo 25 años. Casi toda Europa, más Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Japón y China están por debajo del umbral de reproducción. La tasa de fecundidad también baja continuadamente en México, Marruecos, Argelia, Egipto, India, Pakistán, Indonesia y hasta en el África subsahariana. Sólo escapan a la tendencia países muy atrasados pero poco poblados, como Afganistán o Níger. La bomba demográfica tan anunciada desde los años 60 no estalló sino que se desactivó.

En otro orden, el historiador y demógrafo francés Roland Hureaux recordó que una cosa es la población y otra el modelo de consumo. Según el modo de vida, la emisión de carbono puede variar de 1 a 1.000. Un nigeriano dejará en el mundo una huella ecológica mucho menor que un norteamericano o un europeo.

Otra visión

El economista Ettore Gotti Tedeschi, presidente del Instituto para las Obras Religiosas (el Banco Vaticano), tiene otra visión. Según dijo al Corriere della Sera, «en Occidente, con crecimiento demográfico cero, nos empobrecimos, mientras que ellos (los asiáticos), creciendo, han generado tanta riqueza como para tener en sus manos la deuda de EE.UU.». Y a quienes ven el crecimiento demográfico casi como una maldición, les recuerda que «Julio Verne usaba la fantasía en forma más creativa y sabía que el hombre, de la Luna al fondo del mar, tiene la capacidad de generar con inteligencia soluciones a sus problemas».

Gianpiero dalla Zuanna, profesor de Demografía en la Universidad de Padua, dijo que «cuando la economía crece de forma sostenida, las parejas reducen los nacimientos para no perder el tren de las nuevas oportunidades económicas». Es decir que las cosas se dan al revés de lo que afirma la UNPFA: la gente no deja de ser pobre porque limita los nacimientos sino que los limita cuando deja de ser pobre.

Queda preguntarse si esta agencia no actúa más en función de sus necesidades de autorreproducción como burocracia transnacional que de los intereses de los países miembros de la ONU. El aporte de los países a la UNPFA para planificación familiar se derrumbó, pasando de 723 millones de dólares en 1995 a 338 millones en 2007, mientras que la lucha contra el cambio climático moverá, según la Agencia Internacional de la Energía, miles de millones de dólares. Es natural que la tecnocracia «onusiana» quiera su parte.

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