27 de noviembre 2013 - 00:00

La desvalorización de la política y del psicoanálisis

Federico Enrique Stolte
Federico Enrique Stolte
El uso del lenguaje hace a la cultura o podría ser más radical en la afirmación: la lengua es la cultura, no hay cultura sin palabra. "Los adjetivos son las arrugas de los libros", decía Alejo Carpentier y tenía razón porque los movimientos culturales, las épocas y momentos de la historia de la cultura tienen sus expresiones particulares: el barroco, la época romántica, el movimiento existencial, etc. son ejemplos de ello. El modo de expresarnos indica, determina una posición.

Advierto que en el lenguaje cotidiano oral y escrito hemos naturalizado, a través del uso de sufijos como "iano", "ismo" e "ista", sustantivos abstractos que reducen, aplastan y banalizan conceptos, momentos políticos o, lo más grave, se utilizan para tapar o velar la falta de ideas y proyectos.

Comenzaré con el psicoanálisis. Buenos Aires y París son las capitales del método creado por Freud. Se estudia en diferentes escuelas y universidades, con marcado acento en las cátedras de psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires. Abunda la bibliografía, debates, seminarios y la clínica en lugares públicos y consultorios. Es un hecho de la cultura. A pesar de ello, su difusión no es sencilla y entiendo que sólo el paciente puede dar cuenta de sus efectos.

Toda la clínica psicoanalítica, por momentos, se ve reducida, aplastada, en reuniones, conversaciones sociales, a veces en escritos, al par, de supuestos antagónicos "freudiano" o "lacaniano". Entonces la gente se pregunta qué será su analista o preguntan a los psicólogos con qué "iano" abreva. Cronológicamente, el primer gentilicio es "freudiano", reducción que intentaría abarcar, no sé bien qué. Porque no habría nadie menos freudiano que el propio Freud, que en todo momento, con profundo coraje, fue modificando su teoría cuando no podía dar cuenta de ella en la clínica. "Mis histéricas me mienten", "consciente, preconsciente e inconsciente" y luego "Yo, Ello y Superyo" son ejemplos de su propia evolución.

El francés Lacan, en ningún momento, ni remotamente, tuvo la más mínima intención de convertirse en lacaniano, como par antagónico. Todo lo contrario. Su aporte fue volver al sujeto del inconsciente en análisis, con profundo respeto a la obra de Freud, que los posfreudianos redujeran a la terapia de yo a yo. Lacan tampoco hubiese sido "lacaniano". Por eso es que en todos los lugares serios donde se estudia psicoanálisis se habla de leer o releer a Freud desde el aporte de Lacan.

Sigo con la política. El uso del lenguaje referido a la política. Nos caracterizamos por el abuso de los "ismos" que ocultan la reflexión, las ideas, aceptar las crisis, planificar y proyectar. Pasaron siglos para que de Cristo hablemos de "cristianismo". Se dividió el mundo para llegar al "socialismo". Nosotros pasamos de Perón al peronismo y del Partido Radical al radicalismo y no paramos más. Alfonsinismo, delarruismo, menemismo son intentos y logros de reducción y aplastamiento con alusión a un líder en un momento determinado. Y no podemos escaparnos a la lógica de la terminología: una vez escuché a un amigo hablar del "albertismo" y reflexioné, me parece un exceso, demasiado. Sin darme cuenta, estaba confirmando todos los anteriores. La operación de tomar una persona y adjudicarle un movimiento, una doctrina, un momento de la historia con el sufijo "ismo" se nos ha vuelto un abuso.

(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichón Riviere) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como Defensor Oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

Dejá tu comentario