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La Estable del Colón volvió a escena en su más alto nivel
En el primer concierto del año de la Orquesta Estable del Colón (que lució un nivel excelente en todas sus secciones) Frédéric Chaslin decidió mostrar todas las facetas de su actividad musical: director, pianista y compositor.
Contratado por el Teatro Colón para conducir musicalmente la producción de «La flauta mágica», que subirá a escena el 15 de mayo, el francés Frédéric Chaslin (quien cuenta con notables antecedentes, como haber sido asistente de Barenboim y Boulez) decidió mostrar en el primer concierto del año de la Orquesta Estable todas las facetas de su actividad musical: director, pianista y compositor.
La velada comenzó con el «Concierto para piano en mi bemol mayor» número 5, opus 73, de Beethoven (denominado apócrifamente «El Emperador»), cuya parte solista fue asumida por Chaslin. El desafío es mayor aún -tanto para el pianista como para la orquesta- en el caso de este concierto, en el que el piano asume una función «concertante».
Se trató de una versión atípica no sólo por este doble rol del pianista / director, sino porque su toque resultó por momentos tenso e incisivo, por otros casi «chopiniano» (aunque se sabe que Beethoven llevó a los fortepianos de su tiempo a un nivel de exigencia máximo, no es ése el estilo que mejor le sienta a este concierto). En todo momento hubo, en lo que respecta al conjunto, una buena amalgama con el ensamble y claridad de ideas musicales.
Antes de que se interpretara por primera vez la versión orquestal de la «Danza gitana» perteneciente a su ópera «Cumbres borrascosas», Chaslin comentó -en perfecto español- que la obra había sido concebida en Japón antes de la catástrofe que asoló a ese país, y que en consecuencia dedicaba la ejecución a todos sus amigos japoneses. De excelente factura orquestal, la partitura apela a una rítmica asimétrica, y sin ser innovadora resulta efectiva en el contexto imaginable de la ópera o como pieza de concierto. En un notable solo, se lució el concertino Oleg Pishenin.
La revolucionaria «Sinfonía Fantástica» opus 14 de Héctor Berlioz (continuada por «Lélio, o el retorno a la vida») permitió el lucimiento tanto de Chaslin como de una Orquesta de nivel excelente en todas sus secciones (para destacar, el desempeño de las maderas en el tercer movimiento y de los bronces en el quinto). En la clara y segura gestualidad del director la música fluyó refinada y enérgica, exactamente como esta obra lo requiere. Con la ovación que llegó en el final desde una sala poblada desde la platea al paraíso se estaba celebrando no sólo un hecho artístico destacable, sino también a uno de los organismos sinfónicos más importantes del país, cuyo retorno a la vida merece no volver a pasar por cumbres borrascosas.


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