21 de octubre 2010 - 00:00

La familia normal también existe

Retrato de familia: aunque parezca raro en estos días, este recomendable film francés está basado en un grupo con problemas reconocibles.
Retrato de familia: aunque parezca raro en estos días, este recomendable film francés está basado en un grupo con problemas reconocibles.
«Amor de familia» («Le premier jour du reste de ta vie», Francia, 2008, habl. en francés). Dir. y guión: R. Bezançon. Int.: J. Gamblin, Z. Breitman, D. François, M.-A. Grondin, P. Marmaï.

Historias de familias hay muchas en el cine. Últimamente las favoritas de los realizadores, jóvenes en general, son las «disfuncionales», vale decir las excepcionales, o al menos eso es lo que uno quisiera creer ante algunas tragedias horribles con las que es imposible identificarse (afortunadamente). No es el caso del francés Remi Bezançon con esta película que se llama «El primer día del resto de tu vida» y, por una vez, tiene un nombre local que le sienta, ya que de lo que trata es, justamente, del amor de familia «normal», clase media universal. Ese amor primario que salva y condena y cuyas cicatrices suelen hacer que los que siguen sean todos amores de un mismo amor.

La película recorre 12 años de la vida de los Duval, padre, madre, dos hijos varones muy distintos entre sí y una chica, centrándose, por turno, en un día trascendente para cada uno de ellos, en cinco capítulos, cada uno con su título y su estilo narrativo y visual. También hay un abuelo, el padre del padre, cuya influencia está a la vista en el presente del hijo, pero él es el único personaje al que no se le dedica un día en especial. En esos cinco capítulos hay alegrías, tristezas, crisis de pasaje, alianzas, rupturas, miedos, equivocaciones y arrepentimientos, como en la vida. Y como en la vida, el paso del tiempo es un personaje más. Lo raro del asunto es que, aun con sus críticas, que las hay y son bien lúcidas, la película termina siendo un homenaje a la familia sin idealizaciones ni ñoñerías.

Bezançon (de quien acá no se estrenó su opera prima «Mi vida en el aire») es un director clásico y moderno al mismo tiempo. Su forma de narrar luce sencilla, directa, tradicional, pero esa sencillez es el producto evidente de un trabajo bárbaro. Imposible pensar esta historia sin el minucioso -por no decir obsesivo- tratamiento que él le da a cada escena, ya desde el guión, donde hasta el más mínimo detalle es un recurso elegido con mucho cuidado para que brinde por sí solo algún dato de época, lugar, estado de ánimo, etcétera. Todo es así; los diálogos, las miradas, los silencios, las cosas que pasan atrás o al costadito del foco principal, la música (un prodigioso catálogo de los 60 para acá), las pocas pero elaboradísimas metáforas, el lugar donde ubica la cámara y hasta qué clase de cámara usa para seguir a cada personaje. Todos ellos a cargo de los actores y actrices ideales, por otra parte. Y por último, dato fundamental, está el admirable montaje de Sophie Reine, que le da unidad al estilo fragmentario de Bezançon.

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