4 de junio 2013 - 00:00

La historia reciente a través de tres colecciones en Proa

La colección Tedesco, más que un cambio de época, revela la fascinación retiniana por la belleza y la perfección, a diferencia de la de Bruzzone (imprescindible para el estudio de los 90) y la de  Ikonicoff, que remite al presente.
La colección Tedesco, más que un cambio de época, revela la fascinación retiniana por la belleza y la perfección, a diferencia de la de Bruzzone (imprescindible para el estudio de los 90) y la de Ikonicoff, que remite al presente.
No es la primera vez que la Fundación Proa pone el foco en la historia reciente o se convierte en caja de resonancia de las tendencias que cruzan la escena del arte. "Algunos Artistas / 90 Hoy" descubre, en parte, el paisaje de las últimas dos décadas, a través de las colecciones de Gustavo Bruzzone, Esteban Tedesco y Alejandro Ikonicoff.

La colección Bruzzone es materia imprescindible para el estudio de los años 90: en poco más de diez años adquirió valor simbólico, histórico y financiero también. En 1999, el Fiscal Bruzzone, como lo llamaban en el ambiente del arte, mostró su entonces incipiente colección en el Centro Cultural Rojas. En el elocuente texto del catálogo el coleccionista se interroga: "¿Para qué regalar un objeto aparentemente incomprensible como, por ejemplo, un 'coso' de Santantonín, si con un reloj pulsera, de marca, cubro las expectativas sociales? ¿Para qué?". La explicación de ese "¿para qué?" da cuenta de un largo análisis donde relata cómo y por qué optó por el arte.

En su escrito para la muestra de Proa, Rafael Cippolini destaca la determinación de "comprar lo hasta ese momento invendible". Y agrega: "Gustavo Bruzzone, Esteban Tedesco y Alejandro Ikonicoff son viejos conocedores de esto". Se podría objetar que Tedesco no encuadra del todo en esta categoría. Pero lo cierto es que "comprar aquello invendible" puede ser un poderoso estímulo para los artistas y, además, implica emprender una aventura. Es una elección de vida. Hoy Bruzzone exhibe con la misma satisfacción de 1999, "La torta" de cuatro pisos realizada con caniches de peluche rosas y celestes por Cristina Schiavi y el look animal Dolce & Gabbana de Ariadna Pastorini. Sebastián Gordín es un artista clave y llegó a Proa con una obra crucial: la maqueta del ICI que mostró en la calle Florida mientras relataba las peripecias de su vida de artista.

La muestra está bien narrada. Se abre con los retratos de los artistas que protagonizaron la historia, tomados con la lente infalible de Alberto Goldestein y Rosana Schoijett. Luego están las obras del maestro Pablo Suárez junto a las de sus discípulos Miguel Harte y Marcelo Pombo. Con pocas palabras Pombo supo definir la actitud de los artistas de los 90: "Sólo me interesa lo que está a un metro de mí. Los 90 no fueron fáciles. Toda una pared la acapara la pelea entablada entre los pintores que, como Marcia Schvartz, defendían el gesto expresivo y el arte con contenido. A su lado están las pinturas de Alfredo Prior, Tulio de Sagástizabal o Emiliano Miliyo, enfrentando los juegos ornamentales de Jorge Gumier Maier y Omar Schiliro.

Artista, teórico y curador del Centro Cultural Rojas, Gumier fue el ideólogo de un grupo estéticamente afín. El título de la muestra de Proa, "Algunos Artistas", está tomado de la exposición que Gumier presentó en el Centro Cultural Recoleta en 1992, junto a Magdalena Jitrik. A pesar de la deliberada vaguedad de la denominación y la variedad de sus propuestas, "Algunos Artistas" comulgaban en lo estético, en el estilo distendido y el placer privado que les deparaba realizar objetos bellos. Los artificiosos gestos poéticos de Gumier son ajenos a cualquier propósito que no sea el goce de crearlos y contemplarlos. Schvartz tuvo una cátedra en el Rojas y antes de irse, observó: "Había artistas muy buenos a los que les negaron espacio porque la pintura les parece una antigüedad".

En 1995 el crítico Pierre Restany asistió a una escandalosa fiesta en el Ski Ranch de la mano de Marta Minujín, «la reina del Pop-lunfardo y una perla rara de la noche guaranga», según la describió el francés en la revista madrileña «Lápiz». Entre la documentación reunida por Cintia Mezza, figura la nota titulada "Arte guarango para la Argentina de Menem" y Gumier es la primera víctima. La mirada impiadosa de Restany apunta al «vitalismo kitsch», «la cultura citacionista», «un auténtico sentido existencial de la decoración». Con similar criterio juzga el «narcisismo» de Pombo, Harte y Fabio Kacero y, extiende su crítica a Pablo Siquier, Nicolás Guagnini, Rosana Fuertes, Fabián Burgos, Ernesto Ballesteros, Sebastián Gordín, Benito Laren y Sergio Avello. La Argentina había cambiado -según Restany- la estética «Pop-lunfarda» por el «kitsch-guarango».

Dos años más tarde y en territorio español, Marcelo Pacheco publicó en la revista de ARCO el texto «Y la Argentina es una fiesta», un encendido alegato en defensa de los jóvenes que «inventan un mundo para nombrar este mundo obsceno y sin sentido». Pacheco subrayó el carácter de «una subversión nueva que ataca con disfraces y usa el maquillaje para internarse en los rituales cívicos» y las nuevas estrategias artísticas que oscilan «entre la banalidad y el humor, entre la fiesta y las armas, entre los globos y la reflexión».

No obstante, ya en 1999 Bruzzone consideraba que son los artistas y no "los intermediarios" quienes ejercen el papel de legitimadores. "De modo excluyente", afirma. Asegura que Pablo Suárez, Roberto Jacoby, Luis Benedit, Guillermo Kuitca y Gumier Maier son "mucho más importantes en la legitimación de tendencias, gustos y artistas, que cualquier operador cultural o crítico". En el presente es posible advertir el amor que despertaron los artistas surgidos del Rojas, coleccionistas como Bruzzone consideran ese fenómeno como una expresión exclusivamente argentina. Por esta razón resulta excesivo el juicio de Valeria González, quien refiriéndose al Rojas de Gumier o Londaibere, concluye: "En nuestro medio la figura misma del curador se ha profesionalizado, o simplemente naturalizado, de modo que ciertos argumentos, que pudieron ser válidos para la figura de un pionero, hoy resultarían de una falsa inocencia inaceptable".

Carlos Basualdo había llegado con sus muestras a rescatar los abstractos del grupo que,compiten en la muestra con el arte ornamental, para comenzar, con la emotiva manta bordada por Feliciano Centurión. El repertorio estético que despliega Esteban Tedesco demuestra el impacto de "lo menos es más" y, más que un cambio de época, revela la fascinación retiniana por la belleza y la perfección. Tedesco reconoce que sus compañeros de viaje son artistas, como Ballesteros, que domina el territorio con el esplendor de un dibujo colmado de nubes azules, y Ana Gallardo, que realizó la impecable selección y el montaje. El arte de Tedesco es pura armonía: los estallidos de color están equilibrados por dibujos de líneas tan imperceptibles que hay que acercarse para verlos. En ese ir y venir por la colección, se divisan: una radiante pintura de Graciela Hasper, los trazos en blanco y negro de Matías Duville, el conceptualismo sensible de Jorge Macchi y las ciudades abstractas de Pablo Siquier. El interés por las nuevas generaciones está presente en la audacia de los jóvenes como Adrián Villar Rojas, Fernando Brizuela y Leo Estol, mientras las obras de Pablo Accinelli, Eduardo Basualdo, Sofía Bohtlingk y Eduardo Navarro se pliegan amables al conjunto.

La colección de Ikonicoff remite al presente, con producciones de los últimos años seleccionadas por Cecilia Szalkowicz y Gastón Pérsico, artistas que lograron un efecto escenográfico. El montaje de un paisaje lunar que se divisa en medio de la oscuridad exacerba la teatralidad. Luego, gran parte de los artistas se reiteran.

Vale la pena recordar que en el año 2000, el público porteño conoció en la Fundación Proa algunas estrellas como Fernanda Laguna o Marina De Caro, cuando se exhibió Panoramix. En 2003, también en Proa, Rodrigo Alonso presentó "Ansia y devoción", una colectiva con contenido político que propiciaba «la acción eficaz del arte sobre su entorno» y confrontaba el lema de Gumier: «La indiferencia del arte por la realidad». Entretanto, en el Malba debatían los partidarios del arte Rosa Light (sin contenido) y el arte Rosa Luxemburgo (político y comprometido). Desde la retrospectiva, la batalla trae el recuerdo de los «locos años veinte», cuando con la misma y confusa rivalidad, los del grupo Boedo promovían el compromiso social y en Florida se inclinaban hacia el arte puro.

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