26 de agosto 2011 - 00:00

La ilusión en el voto

La ilusión, como el sueño, es una manera de desear. En estos tiempos electorales abundan las variables e hipótesis que intentan entender, explicar y predecir la conducta del electorado. No hay duda de que en la expectativa de cualquier persona, en cualquier lugar, que ejerza su derecho al voto democrático, tiene en esa acción una carga de ilusión.

Para el psicoanálisis, a partir del «El malestar en la cultura», de Sigmund Freud, todos pertenecemos a un mundo social donde la renuncia a ciertos placeres vinculados a las pulsiones originarias provocarán una inevitable insatisfacción. Por más paradójico que parezca, es esa insatisfacción la que denominamos el motor del aparato psíquico, que nos distingue del resto de las especies animales. Los adultos no dejamos de sorprendernos cuán poco dura, en los niños, el vínculo con algo muy deseado que, una vez obtenido, deja de serlo, para interesarse en algo nuevo. El poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe decía que el hombre podía soportar cualquier tipo de experiencias, por más difíciles y desagradables que fuesen, pero seguro que lo que no podría soportar sería una semana de plena felicidad.

Escritores, poetas, dramaturgos y filósofos han coincidido, a través de la historia, en que la felicidad no es un estado permanente sino apenas un instante que intentamos asir y se desvanece. Podemos decir que la felicidad tiene una estructura de ficción porque es necesaria como motor, creemos en ella, pero, al mismo tiempo, nos revela nuestra insatisfacción ya que nada es suficiente para colmar nuestros ideales.

La ilusión es una de las formas mediante la cual nos defendemos de nuestras propias frustraciones. Es un puente entre el sujeto que desea y aquello que idealiza. Lo que queremos señalar es lo inevitable de esta operación psíquica. Motor de la cultura del hombre, motor de las grandes creaciones, de todas las religiones, de todos esos lugares que, a través del tiempo, serenan la angustia existencial frente a nuestra finitud. No existe vínculo social alguno que no esté atravesado por este ordenamiento.

Ilusión

En la relación entre un candidato y los electores está presente el juego de la ilusión-desilusión. Lo notable es que ante la más absoluta frustración, el sujeto, el ciudadano, el hombre de la democracia, inevitablemente, vuelve a la ilusión sin que ello signifique una ingenuidad o inmadurez. Cambian las épocas, los estilos, los personajes y los modos, pero la lógica permanece intacta, en el sentido de que se vota con una expectativa que también varía pero no es más que una forma distinta de ilusión. No existe declaración más completa y acabada de la defensa de los valores democráticos que la que hizo Pericles luego del primer año de la Guerra del Peloponeso cuando frente a los deudos defiende la libertad, la igualdad y la democracia; advierte a sus enemigos que en la defensa de esos valores, le va la vida al pueblo ateniense y culmina diciendo: «Ahora vayan a su casa y lloren a sus muertos». No ha habido en Occidente estadista que se precie de tal que no haya tenido en cuenta el discurso de Pericles. De ahí proviene el «sangre, sudor y lágrimas», de Winston Churchill y el conocido discurso de la defensa de la democracia de John F. Kennedy.

Asistimos a un comienzo de siglo donde la palabra y el discurso no son la regla. El vértigo de la posmodernidad impone la imagen y los flashes publicitarios. La palabra ha perdido su sentido y su eficacia, eficacia polí-

tica en el vínculo entre candidatos y electores. En su lugar, la imagen cautiva y reemplaza en destellos la construcción de la ilusión que se pone en juego en ese vínculo.

Podríamos definir a un período de campaña electoral como una contienda de ilusiones, donde de lo que se trata, entonces, es de capturar la mayor cantidad de sujetos en la búsqueda de un proyecto, de una continuidad, de un cambio como sostén de esa ilusión necesaria.

El deseo insatisfecho y la necesidad de una ilusión, de mantener algo por lo que ir, es tan profundo que sólo la enfermedad y la muerte logran detenerlo. Enfermedad, en el sentido amplio, como imposibilidad de aprehender y apropiarse de la realidad. La muerte como lo real.

Nadie escapa a la ilusión. El candidato encarna al Otro, al proveedor, al que sostiene, al que se ama. Variará en las culturas y épocas los modos de liderazgo que lo encarnen, pero siempre será un vínculo de deseo, de recibir aquello que cree necesitar. Hace poco un candidato refirió haber hecho una buena elección por no haber prometido nada. Sería un error no advertir que sólo se trató de una nueva máscara ilusoria: la promesa es la no promesa de la vieja política.

Axioma

El escritor y jurista español Gaspar Melchor de Jovellanos acuñó el axioma «Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen». Síntesis que indica la necesidad de li-

derazgo y el singular vínculo de identificación que se genera con ese líder y la comunidad en su conjunto. Los liderazgos latinoamericanos se han caracterizado por su carisma paternalista sostenido en la persona del líder, sin ser necesario un acompañamiento concreto de programas de gobierno. La excepción, en nuestro país, fue el Plan Quinquenal de 1946.

En esta composición de líderes personalistas aparece, para el electorado, como única opción, sostener al líder instalado o cambiarlo por otro, sin perjuicio de que los líderes digan representar modelos diferentes de gobierno.

No hay desilusión ni frustración capaz de obturar la necesidad de renovar la ilusión. El recuerdo permite la posibilidad de renovar en lugar de repetir. De eso se trata, de poner el deseo en movimiento para que, en la elección de ese voto, el sujeto pueda lograr un acto de compromiso entre su ilusión y la respuesta que espera en quien la deposita.



(*) Abogado, defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires y licenciado en psicología, UBA.

(**) Licenciada en Psicología, UBA

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