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La lección que brinda el Barcelona
Pero el éxito del Barcelona no es consecuencia de una causa exclusiva. Como en todo proceso exitoso se han sumado condiciones necesarias y suficientes para lograrlo.
En efecto, confluyen distintos elementos. El primero, el azar, el destino, el Dios, o los dioses, dependiendo de las creencias individuales. Que haya surgido un Messi en este tiempo, como en su momento fueran Maradona o Pelé, no es obra de planificación alguna, ni de «trabajo constante». Que en la misma generación convivan Messi, Iniesta y Xavi Hernández, menos aún. Sumada al azar y a las coincidencias cuasi milagrosas existe una «política dirigencial» particular. Messi surgió en la Argentina, pero emigró a España captado para las divisiones inferiores del Barcelona. Un club que prioriza el desarrollo de su «cantera» como estrategia, en lugar de la alternativa de buscar jugadores ya formados y consagrados para conformar su plantel. Es decir, al azar se le suma una política deliberada de «criar» jugadores bajo un sistema e incorporar luego, específicamente, valores consagrados en otros clubes, para complementar los puestos en los que la «cantera» no produce lo suficiente o al ritmo adecuado.
Pero estas dos condiciones no podrían ser suficientes sin dinero. Mucho dinero. Criar a Messi puede resultar relativamente barato. Retenerlo en su plenitud y conservar a la vez a sus compañeros de juego e incorporar, como se dijo, a los que faltan, requiere una fortuna.
Allí surge la presencia de un cambio estructural y de un arreglo institucional. El cambio estructural fue la transformación del fútbol «pasión de multitudes» en fútbol «espectáculo de multitudes». En efecto, la televisión y los medios de comunicación globales han permitido «monetizar», abrirle un gran «mercado» a una emoción inexplicable. Se ha logrado convertir al fútbol, como a otros deportes, en un espectáculo visto por miles de millones de personas en el mundo, en donde las empresas han encontrado la forma de canalizar negocios, auspicios, merchandising, etc.
Clave
Esta transformación del fútbol en un espectáculo de masas brillantemente presentado por los medios de comunicación modernos, este cambio estructural, es el que aporta el dinero necesario para montar el show, tanto desde el punto de vista de la infraestructura, estadios, logística, etc., como desde el ángulo de la remuneración de sus actores principales, los buenos y talentosos jugadores de fútbol. La clave de este negocio son los «derechos de televisión» y lo que los rodea. Y allí aparece otro arreglo institucional particular.
El patrimonio central de los clubes de fútbol no son sus jugadores, son sus «hinchas», sus «clientes». Y el Barcelona y el Real Madrid son los equipos que más clientes tienen en España. Por lo tanto negociaron y presionaron para hacer valer su «patrimonio». Ellos encaran individualmente la relación con la televisión, sin la intervención «socializante» de la Asociación Española de Fútbol (o como se llame). Dicho de otra manera, Barcelona maneja por su cuenta los contratos de televisación de sus partidos de liga. Como tiene muchos más clientes que otros clubes, tiene más «rating» que aportar. Se da así un círculo virtuoso.
Como tiene más rating que aportar, tiene más dinero para retener a sus estrellas y contratar a otras. Como posee los mejores jugadores, en un entorno dirigencial adecuado, tiene grandes equipos que dan espectáculo. Como dan espectáculo, captan cada vez más «clientes»: «rating». Como tiene cada vez más rating, que en la globalización excede las fronteras de Cataluña, consigue cada vez mejores contratos de todo tipo y por lo tanto más dinero para captar talentos en su cantera, criarlos, y retenerlos. Claro, el «costo» de este sistema es que el campeonato español «aburre», dado que los campeones son, salvo alguna excepción, siempre los mismos: el Barcelona o el Real (que desarrolla la estrategia alternativa de contratar jugadores ya formados, pero que también ha sido exitoso).
A este conjunto de factores hay que agregarle el no menor de los «pasaportes comunitarios» para abrir la «importación» de jugadores extranjeros a Europa, junto con las leyes laborales comunitarias que permiten la «libre contratación» de jugadores pagando lo que establece la cláusula de rescisión de un contrato. Para que el espectáculo sea completo también hubo que alejar del fútbol a los «barrabravas» y «violentos», de manera que la fiesta de las tribunas, las familias en los estadios, el abrazo emocionado con los fanáticos de la primera fila, fueran parte del «show». En otros países europeos el arreglo institucional incluyó la transformación de los clubes en sociedades anónimas, con «dueños», que aportan el capital inicial para armar el negocio.
Como puede apreciarse, todo proceso exitoso es la suma del azar, cambios estructurales de fondo, arreglos institucionales y capacidad de management para llevarlos a cabo. Pueden darse excepciones transitorias, pero resultan sólo estrellas fugaces.
Papel modesto
El fútbol argentino, por su parte, ha asumido su modesto y cada vez más limitado papel de «exportador primario» de jugadores de todas las divisiones. Y, encima, esa exportación es un «negocio» individual, con intermediarios, comisionistas, representantes, etc. que le dejan muy poco a los clubes.
El fútbol «espectáculo» quedó relegado hace rato y es sólo «pasión televisada», y mucho más ahora que está estatizado. Los clubes con más clientes no pueden hacer valer sus derechos y «socializan» malamente sus supuestas ventajas. Son contratistas del Estado, con todo lo que ello implica. Todo se ha emparejado hacia abajo y en ese entorno abundan los negociados, los barrabravas, la política barata.
La chatura y la mediocridad (hay honrosas excepciones, sin duda), que sólo es «salvada» de cuando en cuando por un golpe de azar, de destino, de Dios o de los dioses que, cada tanto, generan algún gran jugador de fútbol al que vemos un ratito antes de ser exportado.
Afortunadamente todas estas distorsiones locales suceden exclusivamente en el fútbol. En el resto de las actividades de nuestro país todo es maravilloso.


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