25 de julio 2018 - 00:00

“La literatura argentina se olvida de los inmigrantes”

Después de casi 30 libros acaba de publicar “Con todas mis fuerzas”, en el que con un estilo más tradicional concreta una novela de iniciación.

Cucurto. De repositor de supermercado a best-seller, con traducciones al francés, inglés, alemán y portugués.
Cucurto. De repositor de supermercado a best-seller, con traducciones al francés, inglés, alemán y portugués.
Comenzó con poemas y cuentos neobarrocos, se volvió el rey del realismo atolondrado, fue prohibido y censurado. Ahora, con "Con todas mis fuerzas" (Emecé), Washington Cucurto (né Santiago Vega) entrega una novela de iniciación actual y tradicional. Cucurto es narrador, poeta y artista plástico. Lleva publicados cerca de 30 libros, entre ellos "Zelarayán", "La máquina de hacer paraguayitos", "Veinte pungas contra un pasajero" y "El rey de la cumbia". Algunos de sus libros fueron traducidos al francés, inglés, alemán y portugués. Estuvo becado en Alemania, Francia y Suiza. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo pasó de repositor en un supermercado a escritor internacional?

Washington Cucurto: Es medio raro, ¿no? En un momento descubrí la literatura y empecé a escribir. Al principio en mis tiempos libres. Después más seguido. Me aparecían los temas: el barrio, los bailes a los que iba, la gente que conocía, tenía un mundo para contar que me acompañó desde los 20 años hasta ahora, los 44.

P.: Usted recuperó del grotesco criollo el mundo de los inmigrantes...

W.C.: Es que tenemos un país de inmigrantes. Durante los 90, con el dólar, llegaron peruanos, dominicanos, africanos, que se sumaron a los paraguayos y bolivianos. Yo cuento ese mundo de modo idealizado, exagerado y maravillado porque está ligado a la juventud, al baile, al sexo, a la diversión, a la violencia, al trabajo, y a un momento histórico-político. Es un registro íntimo del conurbano. Pocos trabajaron esa zona desde la literatura. Arlt, Asís, Kordon, no muchos más. Los inmigrantes están cambiando todo el tiempo. La ciudad se apropia de ellos, se integran. Hoy hay barrios peruanos, bares peruanos, toda una cultura peruana. Y lo que uno escribió hace 20 años de modo realista, ya ha pasado a la ficción.

P.: Eso debieron sentir quienes leyeron sus libros en alemán, inglés o francés.

W.C.: Les gustó lo regional, lo singular, lo ven como un atributo de lo ajeno. La mirada europea de lo pintoresco es muy solemne, y lo que yo escribo nunca fue solemne ni agresivo, sino paródico. Mi "pintoresquismo" a muchos le cuesta digerirlo, cae mal, ofende. No porque haya una intención sino porque no tiene trabas, no es ingenuo, no reprime el lenguaje ni el relato de los hechos. Me han insultado bastante por eso. Ahora menos. Hasta me han hecho juicios. Pero los libros se publicaron, y ya son casi 30.

P.: Pasó de su editorial Eloísa Cartonera a ser publicado por la que editaba a Borges. Y de cuentos desaforados y transgresores a un novela clásica de iniciación...

W.C.: Uno va cambiando. Si se tiene una relación fuerte con lo que se hace esos cambios afectan. Me sorprende que haya autores que escriben del primer al último libro todo muy parejito, tienen un sistema que me asombra. Yo he tenido altibajos, cambié la forma, las ideas. A mi escritura la atraviesa la vida. Pasé de mis libros iniciales a una escritura más relajada, sin abandonar el universo callejero. "Con todas mis fuerzas" es una novela que es un cuaderno, un diario, las memorias de Frank Vega, un chico que pasa a la adolescencia, que vive un proceso de maduración en el que no faltan las aventuras, el sexo, los padres, sobre todo el padre, un padre bohemio, escritor, poeta, que vive en los bares y que le impone ingresar en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

P.: ¿El padre de Frank es autorreferencial, es su alter ego?

W.C.: Yo siempre juego un poco con eso. A veces pongo nombres reales, lugares concretos. Al escribirla, la realidad se transforma. La literatura abre un espacio de libertad siempre que el escritor no se ate a preconceptos. Hay momentos en que el padre de Frank tiene algo autobiográfico, aunque hace muchas cosas que yo no pude hacer. Se da tiempo para hacerlas. Es notable cómo se va adaptando al drama que vive. Está mi viejo también, que era vendedor ambulante y tenía actitudes literarias, en una frase o en una pelea. Y hay otros homenajes. Cuando Frank y su amigo Trapa roban libros en la biblioteca eso remite a un capítulo de "El juguete rabioso". Y así como Frank lee "El barco ebrio" de Rimbaud, se mencionan al pasar a poetas que son poco conocidos y escritores que merecen ser más conocidos.

P.: ¿Qué le pasó cuando fue becado a Stuttgart, Alemania, y a Renne, Francia?

W.C.: Al principio no entendía nada. Había pasado al mundo de los libros. Tenía miedo de dejar lo mío, mis amigos, mis viejos, los compañeros de trabajo, la cumbia, la bailanta, de pronto me reunía con intelectuales. No estaba dispuesto a cambiar. Después me convencí de que tenía algo propio para dar. Cuando me empezaron a invitar de Europa, yo que no sé inglés y menos alemán, me sentía un mono en la Akademie Schloss Solitude. Los alemanes todo bien, pero no me adaptaba, me quería volver, hasta que me hice de amigo de latinoamericanos que estaban allá. En Ginebra, en Zurich y en Rennes ya estuve mejor.

P.: ¿Y ahora en qué está?

W.C.: Escribo la segunda parte de "Con todas mis fuerzas". Me di cuenta de que tenía que seguir, que acaso debía haber algo más de la aventura con los egipcios viajeros en el tiempo, sobre el meteorito, acaso recuperar a Martina que le hizo a Frank el primer "achinchines", y repetir que la literatura se comparte aunque los demás no quieran. Frank supo salir adelante, enfrentar sus miedos "con todas sus fuerzas", por lo tanto no me va a dejar que lo abandone y pase a otra historia.

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