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“La memoria no es un deber sagrado”
De paso por Buenos Aires, Rieff dialogó con este diario sobre sus padres, dos reputados intelectuales estadounidenses, y sobre la crisis mundial y las ayudas filantrópicas, entre otros temas.
Rieff. “La pobreza y el hambre son problemas esencialmente políticos, de desigualdad, de desarrollo, de distribución, y en eso no sirve la filantropía sino que es una misión ineludible del Estado”.
Periodista: ¿Ser hijo de la narradora y ensayista Susan Sontag y de Philip Rieff, el sociólogo autor de "Freud, la mente de un moralista", dos de los mayores críticos culturales estadounidenses en el siglo XX, lo llevó a ser analista político y cultural?
David Rieff: Tal vez. Mi padre había ido a dar una conferencia en la Universidad de Chicago, y ahí apareció Susan, que tenía 17 años. Al finalizar se fueron a tomar un café y charlar. A los diez días se casaron. A Philip le decían: te casaste con un indio porque ella tenía el aspecto de un navajo. Era su look. Eran gente de su época. Dos años después nací yo. Y seis años más tarde se separaron. Vivieron juntos ocho años. Mi padre dirigió el Departamento de Sociología de la Universidad de Pensilvania durante 45 años. Más que sociólogo era historiador de las ideas. Reflexionó sobre la centralidad del psicoanálisis, algo que ya no ocupa ese lugar, tal vez aquí sí, sigue el interés por Lacan, pero es una fantasía asistida, el último lugar de resistencia frente a otras formas de entender la psicología, el último bastión. Yo fui un adulto prematuro, viví en un ambiente muy exigente: mi padre crítico de las terapias, de la cultura en danza. Mi madre una escritora comprometida que me facilitó muchas cosas.
P.: ¿Lo marcó ser hijo de una brillante intelectual de izquierda de los Estados Unidos, acompañarla en su muerte y luego editar sus diarios?
D.R.: Fui un privilegiado. Desde chico supe que era "el hijo de". Durante años fue una traba y una facilidad. Estuve rodeado de gente admirable. Cuando empecé como escritor y editor ya conocía el asunto por dentro. Eso me sirvió cuando tuve que publicar los papeles dejados por mi madre, que no eran diarios sino apuntes, versiones iniciales, proyectos, y para publicarlos había que editarlos. Elegí lo que me parece importante. A diferencia de para sus lectores, para ella la ficción era el centro de su imaginación. Lo que nos gusta de nuestro trabajo no es necesariamente lo más importante. Estoy convencido que el ensayo es lo más importante de su obra. Si ella no trabajó en esos papeles como no escribió sobre su muerte fue porque era enemiga de la muerte. No se resignaba. Como no aceptaba su muerte yo no pude despedirla. Por eso escribí "Un mar de muerte" donde busqué despedirme de ella.
P.: ¿Como crítico cultural, cómo ve el siglo XXI?
D.R.: De manera sentimental soy de izquierda, pero cuando pienso desde después de mi muerte soy pesimista. El pesimismo no es pareja de la izquierda. Aunque, como dice John Gray, ha habido una inmigración del utopismo de la izquierda a la derecha. En ese sentido Macri es un utópico. En Francia con Serge Berstein hablamos sobre la "revolución de la alegría" de Macri, y pensamos que como proposición es más utópica que el "hombre nuevo" del Che Guevara. Tengo muchas perspectivas como analista, según situaciones y circunstancias, pero mi única perspectiva política consistente es el antiutopismo. Y el utopismo hoy es mayoritariamente neoliberal. Junto a él hay un utopismo tecno. Esto no significa que estoy de un lado de la grieta que publicitan aquí, como Groucho no quisiera pertenecer a ningún grupo que me acepte como miembro. Siempre me ha interesado el que las concepciones del liberalismo, tanto demócratas como neoliberales, se presenten como antipolíticas, no aceptan estar haciendo política, y en eso se asemejan a los movimientos de Derechos Humanos que dicen: no queremos política sino sólo que la ley sea aplicada. Tonterías, las acciones, las leyes, la economía, las hacen los políticos. Si se piensa en la pobreza, en el hambre, se piensa en la desigualdad y en la justicia, se piensa en cuestiones políticas.
P.: Huntington predijo el "choque de civilizaciones", el Papa dice que se vive la Tercera Guerra Mundial, usted sostiene que la gran crisis será alimentaria en 2050.
D.R.: No creo en la guerra entre civilizaciones sino dentro de una civilización, con consecuencias para las otras civilizaciones. Creo que es hiperbólico Bergoglio, que es muy peronista, cuando habla de Guerra Mundial. Un poco de tiempo nos queda todavía. El capitalismo es nuestro futuro y no sabemos qué modelo, de los que existen, adoptará. Hay problemas que establecen el tipo de futuro: la ecología, la pobreza, el hambre. Si no se frena el cambio climático regresarán las hambrunas. Ecologistas y verdes siembran el debate, pero es poco lo que se logra. En la lucha contra la pobreza y el hambre en el mundo se han puesto al frente sectores privados, bajo la conducción de miembros del capitalismo filantrópico como Bill Gates. Es una alianza del neoliberalismo con filantrocapitalismo. Es el sueño optimista de que la ciencia y la técnica terminarán con esos problemas. Es un misticismo altruista. Y el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Son problemas esencialmente políticos, de desigualdad, de desarrollo, de distribución, y en eso no sirve la filantropía sino que es una misión ineludible del Estado.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
D.R.: Una nueva versión de "Contra la memoria",libro que publiqué hace seis años, un alegato nuestra pasión por el pasado. Sostengo que la memoria del pasado enciende profundos odios étnicos, violencias y guerras. La nueva versión se llama "Elogio del olvido". Cuestiono la frase de Santayana "los que olvidan el pasado estarán condenados a repetirlo", digo que la memoria no es un deber sagrado.


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