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La noche en que la Historia se hizo a golpes de martillo
Una de las fotos más emblemáticas de lo que significó para el mundo el «Muro de la infamia»: el 15 de agosto de 1961, un guardia de la Alemania comunista salta hacia la libertad.
Hoy, veinte años después, aún hechizan las imágenes de la multitud eufórica e incontable, desbocada, de los jóvenes subidos al doble muro de concreto, pintando graffiti en un tramo, derribándolo a martillazos en otro, sin sentir el temor que la construcción había inspirado en los 28 años anteriores, cuando intentar pasar de un lado al otro suponía una remota esperanza de libertad y un concreto riesgo de muerte. Un hechizo que sólo provocan los grandes hechos históricos, felices unos, como el que aquí evocamos, trágicos otros, como el colapso de las Torres Gemelas.
La llegada al poder de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética era la antesala de ese cambio de época: el llamado «socialismo real» admitía su derrota como sistema y apostaba a reciclarse en base a la perestroika (reestructuración) y la glasnost (transparencia). El relajamiento del imperio soviético, la debilidad que confesaba, traía a Europa del Este el olor de la libertad como la lluvia trae el de la tierra mojada. La Hungría (por muy poco tiempo más) comunista decidía entonces abrir su frontera con Austria, Checoslovaquia eliminaba el trámite del visado para salir del país y Polonia viraba rápidamente hacia Occidente: un combo fatal para el régimen de la Alemania Democrática (RDA). Delicia freudiana: suele ocurrir que la gente o los regímenes se hagan nombrar justamente por la cualidad de la que más carecen. Otra joya: para los comunistas, la pared infamante se llamaba «Muro de Protección Antifascista».
Decenas de miles de alemanes orientales comenzaron entonces a filtrarse por esas grietas que se habían abierto en la «cortina de hierro» (copyright de ese gran acuñador de frases célebres que fue Winston Churchill), huyendo directamente o asilándose en las embajadas de la República Federal en Budapest, Praga y Varsovia, que no daban abasto con semejante flujo humano. Súbitamente, ese muro de 160 kilómetros de extensión, de doble pared de concreto que delineaba esa tierra de nadie sembrada de minas antipersonales, ese interminable alambre de púas, esas torres de vigilancia y, por si fuera poco, esos francotiradores de élite apostados a lo largo de todo su recorrido perdieron su sentido inicial: encerrar en un pequeño territorio a 17 millones de alemanes y aislar del mundo a la mitad libre de Berlín, que quedaba como una isla en la RDA. La magnitud del puente aéreo que, merced a los dos vuelos diarios de cada uno de los 132 aviones estadounidenses y británicos que la mantuvieron abastecida durante diez interminables meses, da cuenta de la envergadura del encierro.
Todo evento de magnitud que se precie de tal tiene su anécdota, y la caída del Muro de Berlín tiene una muy significativa.
Fuga masiva
El anciano dictador Erich Honecker ya era (mala) historia, y el Gobierno reformista de Egon Krenz se abocó a tratar el acuciante problema de los visados de salida. Como se relató más arriba, la fuga era masiva y, como en toda revolución, los hechos superaron la voluntad de sus protagonistas.
Según se había decidido (con el visto bueno del Kremlin), los visados seguirían en pie, pero ahora se los otorgaría automáticamente.
El vocero del Gobierno oriental, Günter Schabovski, convocó ese 9 de noviembre de 1989 a los periodistas al Centro Internacional de Prensa de Berlín Oriental. Un cronista de la televisión estadounidense le preguntó cuándo comenzaría a regir la nueva política. La orden de Krenz era que lo hiciera al día siguiente pero Schabovski, acaso confundido, acaso decidido a dejar su marca en la historia, respondió: «Inmediatamente». Con el brutal poder de síntesis que suele ostentar el periodismo, un cable de Associated Press tituló sin matices: «Alemania Oriental abre sus fronteras». La marea humana se hizo incontenible y esta vez no se dio orden de disparar. La primera de las 270 personas que murieron en su intento de cruzar al mundo libre (¿o fueron 136, tal la peculiar contabilidad del horror de los jerarcas comunistas?) había sido Günter Liftin, un joven de 24 años abatido a tiros 11 días después de que se hubo levantado el Muro; la última fue Chris Gueffroy, el 5 de febrero de 1989. Si éste sólo hubiese soportado unos meses más...
Pero, anécdotas aparte, las causas del colapso del sistema comunista eran profundas e irreversibles, dado su enanismo económico con respecto al Occidente rico. Y la República Democrática Alemana, y en particular Berlín Oriental, eran los testimonios más irrefutables de esa derrota, justamente por haber sido las vidrieras que, al principio de la carrera, habían sido elegidas por el Kremlin para probar la superioridad de socialismo.
Hacia 1970 sólo tenían televisor el 70% de los alemanes orientales, y heladera el 56%. La deuda del país había saltado de 12.000 millones de marcos en ese año a 123.000 millones en vísperas de la caída del Muro. La promesa de un paraíso en la Tierra se había convertido en una mueca.
El impacto de los alemanes orientales que cruzaron al oeste en esa noche mágica, recogido por innumerables testimonios, fue enorme. Pasaron en minutos de un mundo sin teléfonos en la mayoría de los hogares y de TV en blanco y negro a la deslumbrante tercera economía del mundo.
Lech Walesa fue un hombre clave en el proceso de caída del stalinismo europeo. Juan Pablo II fue otro. Ronald Rea-gan, también. Su apuesta a un sistema antimisiles en el espacio, que amenazaba con hacer inofensivo todo el arsenal balístico y nuclear de la URSS, era simplemente imposible de equiparar por Moscú. La pelea quedaba definida.
Quienes tuvimos el privilegio de vivir con plena conciencia aquella etapa nunca olvidaremos el asombro de la caída de un sistema que parecía vetusto pero inexpugnable en su capacidad de represión. No es que uno fuera demasiado joven o escéptico: Helmut Kohl, el artífice de la reunificación alemana, que llegaría apenas once meses después, contó en varias ocasiones que le sobraban los dedos de una mano para mencionar a los líderes mundiales que creían que esa epopeya sería posible.
Estallaron entonces los nacionalismos largamente reprimidos. Europa volvió a probar la hiel del genocidio en una Yugoslavia que se desmembraba sin remedio. Francis Fukuyama se hizo famoso reciclando burdamente a Hegel y (con ingenio, eso hay que reconocérselo) proclamando el fin de la historia. El mapamundi cambió sin remedio, surgieron como hongos países de nombres imposibles de recordar, la Real Academia debatía si la vecina de la nueva Eslovaquia debía llamarse República Checa o Chequia a secas.
Pero la historia siguió, la profecía de Fukuyama se recicló en la del «choque de civilizaciones» de Samuel Huntington, realizada con gusto por George W. Bush.
La amenaza dejó de llamarse comunismo y pasó a denominarse terrorismo global, cayeron las Torres Gemelas, las películas de Hollywood cambiaron del ruso al árabe el acento de sus villanos y el socialismo siguió rumiando su crisis interminable para desembocar, con dudosa novedad, en un país del Caribe. El capitalismo liberal triunfante se hizo crisis global.
Tuve la ocasión de conocer Berlín en 2002. El Muro ya era un resto casi arqueológico, a mitad de camino entre la atracción turística y el souvenir comercial. Mantenido en pocos tramos para ejercicio de la memoria histórica, era posible seguir su trazado en el centro de la ciudad a través de una línea de adoquines que ornamentaban caprichosamente el suelo.
Berlín Occidental seguía siendo más opulenta pero menos original, más parecida a cualquier capital del Primer Mundo. La oriental, llena de terrenos hasta entonces baldíos que se hacían proyecto urbanístico, era más gris y seguía jalonada con deprimentes monoblocks de estilo soviético, construcciones que se extendían durante varias cuadras como testimonio del fracaso de un mensaje que se había empeñado en convertir la solidaridad en dilusión de las identidades y las diferencias. Pero seguía teniendo un aire más bohemio, más interesante.
No he vuelto a Berlín. Amigos que sí lo hicieron con posterioridad a mi viaje me cuentan que las diferencias tienden a esfumarse aceleradamente. Tanto que los niños, esos inocentes que nada saben de muros, muertes a tiros y dictaduras totalitarias, ya no saben por dónde pasaba la frontera que sólo se quería cruzar en un único sentido.


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