La renovación sin cambio de un cantar ancestral

Edición Impresa

Lorena García dejó hace tiempo atrás su trabajo como periodista y vive tranquila en un cerro de las afueras de Tilcara, Jujuy. De allí ha bajado, para presentar desde el próximo domingo en El Camarín de las Musas su segundo registro de copleras del norte, «Esta cajita que toco tiene boca y sabe hablar». El primero, «Tengo una pena que es pena», seguía las andanzas de una viejita pastora de ovejas que decidía ir al psicoanalista por problemas conyugales. Dialogamos con la realizadora:

Periodista: Es curioso cómo usted registra simultáneamente las tradiciones y los cambios.

Lorena García: Eran pueblos olvidados, los declararon Patrimonio de la Humanidad y les cayó un vendaval de turistas que los volvió más comerciantes y les acercó más la globalización. ¡La incidencia del plástico! Ahora toman chicha en vasos de plástico, ponen parches de plástico en vez de cuero. Y en «Esta cajita...», ¡una puestera del cerro Chañi carga una mochila de Barbie! No me gusta hablar de modernidad ni evolución, eso queda en cada uno. Lo interesante es que parecen desorientados ante lo nuevo, pero incorporan los cambios manteniendo la esencia.

P.: Es cierto, lleva mochila de Barbie pero va cantando sus coplas.

L.G.: Surgen coplas nuevas, con palabras nuevas, pero mantienen la cultura viva, se reúnen en las casas y «cajean» en rueda, hacen encuentros de copleros, contrapuntos que duran horas a ver quién aguanta «coplando» sin repetirse, y muchas fiestas típicas, acá creen que en el norte son tristes, pero son muy festivos. Ahora sumaron el Inti Raymi, la fiesta boliviana con que se recibe el solsticio de invierno haciendo una gran fogata en la noche más larga del año, como forma simbólica de calentar la tierra para prepararla en el inicio del año agrícola. Ni hablar del carnaval. Le había mandado mi película a Jorge Prelorán y no le llegaba, porque el correo jujeño estaba «cerrado por carnaval».

P.: Usted dedica «Esta cajita...» a su memoria.

L.G.: Él anduvo tanto por esos lados, entablando amistad con la gente. No era de aparecer, filmar e irse. Hacía una conexión verdadera con la gente, le dedicaba tiempo, por eso su ejemplo y sus etnobiografías son tan importantes. La amistad lleva tiempo. Si quiero visitar a doña Juliana Vilte, de Tilcara hasta Angastaco el viaje me lleva un día, casi como venir a Buenos Aires. Allá es otra cosa. Uno llega con mucho acelere, con omnipotencia, y la naturaleza te baja. Pero es un placer cómo te abre a otras percepciones, sentir el sol fuerte del invierno (en verano se nubla desde la siesta, el invierno es mejor), valorar el agua, escuchar el silencio, ver tantas estrellas. Tampoco lo digo como si fuera la panacea de todos los males. Es una vida dura. Pero se comprende que uno puede prescindir de varias cosas que en Buenos Aires parecen imprescindibles. Basta comparar el tiempo mental que dedica una mujer a acomodar una flor en su caja, con el tiempo mental que lleva seguir los chismes televisivos.

P.: Hablando de prescindir, su película se nos hace corta. ¿Le sacó muchas partes?

L.G.: Con noventa minutos me parecía hermosa, pero decidimos apretarla porque si ponía demasiadas coplas el público iba a salir sin recordar exactamente ninguna. No quería saturar. Tampoco hacerla folklórica, exótica, ni didáctica, solo busqué que cada espectador se sintiera como dentro de una rueda de copleras. Creo que lo logré, porque en varios lados que se proyectó algunos hasta acompañaban desde sus butacas.

P.: No he visto el logo del Incaa en «Esta cajita...».

L.G.: La presenté en su momento a concurso, esperando un crédito, y recibí un solo voto. Igual decidí embarcarme. Ahora allá se mostró un montón, recorrió pueblos aislados, todavía se da una vez por semana en una salita de cine, La Luminosa, la mostré también en festivales de México, España, Colombia, acá mismo, últimamente en la Casa del Bicentenario, donde fueron señoras de Barrio Norte, maravillosas, y en todas partes me pasa lo mismo: al terminar me siento como una novia en el atrio, recibiendo muchísimas felicitaciones.

P.: ¿Qué es lo que más atrae?

L.G.: Creo que la gente disfruta el sentido coral de la obra, ver cómo viven allá las mujeres, cómo preparan la chicha recordando versos, los encuentros de copleras de diversas generaciones, cada una con su estilo y su experiencia de vida, y la variedad de coplas, amorosas, existenciales, pícaras, etc. Cuando tomo a las mujeres cantando cosas risueñas en un ómnibus, es su espacio de libertad. No sé qué tan libres son en sus hogares, pero la música las hace sentir libres.

P.: ¿Cómo conoció usted esa tierra?

L.G.: Cuando niña, viajábamos mucho al norte, hacíamos unas vacaciones muy singulares, subiendo los cerros en un Citroen Ami 8, rogando que no se nos quedara. Papá tenía ese modo, se metía por cualquier camino, «a ver qué hay atrás». De él aprendí a ser sociable, y respetuoso con la gente del lugar. Otros son muy intrusivos, por decir una palabra de uso porteño. Hay que ir muy lento. Ah, la película va con subtítulos en castellano, para que nadie se quede afuera si no entiende bien algunos términos, o la dicción de algunas cantoras.

Entrevista de Paraná Sendrós

Dejá tu comentario