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La tecnología le sienta a Bartók
«Barba Azul» en Miami: el acceso y percepción de la música clásica a las audiencias contemporáneas utiliza los avances tecnológicos sin intervenir el producto original sino realzándolo.
Marcó un encuentro donde la excelencia musical se unió a la visual gracias a las proyecciones de Nick Hillel en las pantallas-velas del teatro, sugerentes, mínimas, enriquecedoras. Dos disciplinas unidas para crear un «castillo multimedia» al servicio de la música. Las puertas se cerraron y la audiencia quedó atrapada en el cosmos bartokiano, en su abrazo estremecedor, letal.
Hechizado por «Pellèas...», hace un siglo Bartók acudió al simbolismo de Maeterlinck («Ariane et Barbe-Bleue») y con su libretista Balázs plasmó una obra absolutamente única, que desorienta, asusta e hipnotiza. Será un sublimado Barba Azul «pasado por Freud» que invita a abrir las siete puertas del laberinto del alma de este Minotauro y la de su última Pandora («Judith», nombre tan significativo como el otro) es su llave y espejo.
Joya musical y fábula del sacrificio, donde los pasos a través de pasadizos y escaleras (reflejados en la repetición ominosa de los cellos) llevan a los archivos de su vida, a secretos inconfesables, encadenado a su pasado, cada acorde denota cómo «la procesión va por dentro». En este buceo por encontrar la única llave que necesita para hallarse, la música navegará por un gélido palacio donde las paredes suspiran, por una miríada de sonidos apagados, de acentos brillantes aplicados en asimétrica, rara progresión. Víctima o victimario, Barba Azul es una alegoría del tiempo - cada una de sus mujeres es un momento del día y Judith la reina de su noche enfundada en un manto de estrellas -y de nosotros mismos. Detrás de cada puerta está su vida (la nuestra), con paisajes a los que no puede (ni podemos) regresar ni cambiar.
La música emergerá de las tinieblas para volver a ellas después de una ascensión sonora hacia la única luz del monumental Do mayor de la quinta puerta y entonces, el teatro pareció estallar con un cegador coup-de-théâtre que combinó toda la luz y sonido posibles y remitió a «El grito» de Munch. Cenit de la partitura, orgásmica válvula de escape liberador y punto de no retorno que inició el descenso por el camino del lago cuyo manantial son las lágrimas, ilustrada por el oleaje de arpas y celestas.
Música densa y vertiginosa, familiarmente incómoda, que sin asideros aparentes tiñe del color sangre de toro todo cuanto toca, resplandeció con una memorable New World Symphony atentamente guiada por Michael Tilson Thomas y rematada por la espléndida actuación de dos estrellas internacionales como la mezzo Michelle De Young y el bajo Eric Halfvarson, dos protagonistas colosales.
Quien se encontró en Barba Azul fue Bartók mismo. Y si Barba Azul fue su única ópera, no será la última en la NWS, sino la prueba fehaciente de una de las metas de Michael Tilson Thomas para «aggiornar» el acceso y percepción de la música clásica a las audiencias contemporáneas utilizando los avances tecnológicos sin intervenir el producto original sino realzándolo. La prueba irrefutable fue el inicial deslumbre y consiguiente fervor del público que apoyó este emprendimiento resultante en «el acontecimiento musical de la temporada». Quien ganó fue Bartók y su ópera «irrepresentable» y eso, es lo que cuenta.


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