1 de marzo 2010 - 00:00

La versión remixada del estructuralismo

Federico Thomsen
Federico Thomsen
La flamante presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, comenzó un relevamiento para detectar «cuellos de botella» que restrinjan la oferta de bienes y servicios que, según parece creer, generen condiciones para la inflación. En febrero de 2005, Ben Bernanke, actual presidente de la Reserva Federal, pero entonces simplemente un miembro de su Junta de Gobernadores, pronunció un discurso que tituló «La inflación en América Latina: ¿una nueva era?». En él celebraba que, tras un período de altísima inflación en los años ochenta, desde mediados de la década de 1990 las tasas de inflación en casi todos los países de América Latina habían bajado drásticamente, en la mayoría de los casos, a niveles de un solo dígito.

Una de las causas que señalaba era que en Latinoamérica finalmente, tras una larga demora, se había aceptado lo que actualmente, según él, es el consenso entre economistas, «que la expansión monetaria generada por los déficits fiscales es la fuerza impulsora detrás de prácticamente todos los episodios de inflación muy alta».

Antes, según Bernanke, en la región había tenido mucha influencia la llamada teoría «estructuralista» del desarrollo. Entre otras cosas, explicaba Bernanke, el «estructuralismo» da poca importancia a la política monetaria en la explicación de la inflación. Los «estructuralistas» prefieren explicar los aumentos de precios como productos de «cuellos de botella» derivados del desarrollo desigual de distintos sectores de la economía y de la «puja distributiva» entre sindicatos y otros agentes económicos.

Desde esta perspectiva, la política monetaria no tiene otra opción que acomodarse a los aumentos de precios y salarios. Así, los bancos centrales abdican su responsabilidad por la inflación. La inflación, según esta teoría, se combate removiendo los «cuellos de botella» y moderando la «puja distributiva» (los famosos «pactos sociales» que los argentinos hemos visto fracasar tantas veces).

La aplicación de estas teorías, según Bernanke, siempre llevó a problemas inflacionarios. Por ende, celebraba su caída en desgracia en América Latina, lo que había permitido, finalmente, la estabilidad de precios. Bernanke culminó su discurso en un tono optimista, diciendo que los próximos años mostrarían si este cambio intelectual en la región sería duradero.

Mientras Brasil, Colombia, Chile, México, Perú y Uruguay, siguiendo una tendencia creciente en el mundo industrializado, imponen exitosamente objetivos explícitos y flexibles de inflación a sus bancos centrales, el llamado «esquema de metas de inflación» («inflation-targeting»), promediando una inflación del 6% anual, aquí, Marcó del Pont descartó que piense instrumentar un esquema de metas de inflación, porque «fracasó en muchos países».

Es más, en la República Argentina, el Banco Central intentará controlar una inflación que orilla el 20% volviendo a aplicar la teoría estructuralista de los años 60 que Bernanke creía descartada. Nada de «ajuste fiscal» ni «política monetaria restrictiva». Aquí, que somos tan distintos del resto del mundo, nos bastará con que el Gobierno se concentre en eliminar «cuellos de botella» expandiendo el crédito, mientras aplica «acuerdos» de precios. Ben Bernanke debería tomar nota de que hay quienes nunca aprenden. Y nosotros, de que, así, la inflación no va a bajar y, muy probablemente, suba.

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