26 de enero 2009 - 00:00

La villa de la que nadie habla, pero duplica a la 31

La Villa 1-11-14 es el mayor asentamiento de Capital Federal. Sus habitantes provienen de Bolivia, Perú y Paraguay en sectores bien determinados. Además, migrantes del interior del país se distribuyen a lo largo de todo el terreno, con más de 35 hectáreas. La zona comercial se ubica sobre la avenida Perito Moreno; se desarrolla una feria de frutas, verduras y carnes los sábados y domingos que se extiende hasta la iglesia. La zona señalada por los vecinos como la más peligrosa es la intersección
La Villa 1-11-14 es el mayor asentamiento de Capital Federal. Sus habitantes provienen de Bolivia, Perú y Paraguay en sectores bien determinados. Además, migrantes del interior del país se distribuyen a lo largo de todo el terreno, con más de 35 hectáreas. La zona comercial se ubica sobre la avenida Perito Moreno; se desarrolla una feria de frutas, verduras y carnes los sábados y domingos que se extiende hasta la iglesia. La zona señalada por los vecinos como la más peligrosa es la intersección
 Todas las miradas parecen situarse sobre la Villa 31 y 31 bis, de Retiro; sus construcciones crecen, la población aumenta desmedidamente y las discusiones parecen no tener fin. Pero de manera silenciosa y en la penumbra, la villa del Bajo Flores vive una situación similar: crece y se edifica incesantemente.
Con el nombre oficial de 1-11-14, el asentamiento más grande de Capital Federal, reú-ne a la mayor comunidad de bolivianos, peruanos y paraguayos en suelo porteño. Villa Bolivia, como también se la conoce, se encuentra entre los barrios de Flores y Villa Soldati, donde desde cualquier terraza se puede apreciar el estadio Nuevo Gasómetro del Club San Lorenzo de Almagro. Son 35 hectáreas en las que conviven y se amontonan más de 36.000 personas.
Hoy, el centro de todas las polémicas está en el asentamiento de Retiro, que creció más de un 20% en sólo un año. Con casi 80 años de historia, desalojos mediante, el Gobierno estima que 30.000 personas se alojan en un terreno de 16 hectáreas, donde edifican sus viviendas de hasta cinco pisos. En situación similar a la que atraviesa la villa más mediática -por su ubicación estratégica-, la Villa 1-11-14 sigue en desarrollo y duplica en su superficie a la de Retiro. Construcciones precarias y familias numerosas invaden la zona comprendida entre la Av. Francisco F. de la Cruz, A. de Vedia, Riestra, Torres y Tenorio, Corea, Av. Castañares, Av. Varela y Av. Perito Moreno.
Muchos de los habitantes trabajan en los talleres clandestinos de la zona, otros son servicio doméstico de las casas de los barrios aledaños, mientras que los más afortunados trabajan en verdulerías y hasta tienen sus propios negocios que funcionan los sábados y domingos en la feria interna de carnes y verduras, en la que se pueden observar heladeras y cajones sobre la Av. Perito Moreno, con gran afluencia de compradores.
Pero muchos también tienen una larga lista de delitos, asaltos y hasta asesinatos en su haber. Narcotraficantes y delincuentes conviven en los lotes tomados.
Fabián Rodríguez Simón, jefe de Gabinete del Ministerio de Espacio Público y
Ambiente, confiesa: «Es la villa más peligrosa de Capital Federal».
Las calles son angostas, se llenan de barro después de cada lluvia, las casas son precarias e inseguras, de material y chapa. Es común ver en el barrio viviendas de hasta tres, cuatro o cinco pisos, producto de la temprana maternidad de las jóvenes, quienes deciden construir habitaciones sobre los techos de las casas de sus padres para vivir con su familia.
Es notable la cantidad de adolescentes embarazadas en el barrio; por eso, el colegio secundario de la villa cuenta con un jardín maternal, algo que resulta absolutamente común para las familias de la zona. «Las nenas de 12 años suelen estar embarazadas, es una historia que se repite generación tras generación», afirma Gabriel, vecino de la zona, quien tiene un comercio de repuestos de autos sobre la Av. Cruz, a sólo dos cuadras de la villa.
Indignados y acostumbrados a convivir con esta realidad, los vecinos próximos a la villa afirman que es lo peor que le pasó al barrio, no sólo lo afea, sino que hace de él un lugar inseguro. Las peleas entre los habitantes -divididos en sectores bien determinados, según su país de origen, en bolivianos, peruanos y en menor medida paraguayos- son moneda corriente. Habitantes de la zona cuentan que «es común escuchar gritos, seguidos de tiros, y muchas veces se lamentan víctimas».
Los barrios vecinos ven al Bajo Flores como el corazón del narcotráfico; son atraídos de distintos puntos de la capital por el mercado de marihuana, paco o cocaína. «Autos de lujo y nenes bien visitan la villa, que vienen a comprar droga y a hacer negocios poco claros», afirma Gabriel, mientras atiende a uno de sus clientes, que vive en la villa y es de nacionalidad boliviana. Es normal ver movimiento de autos de categoría, con vidrios polarizados que se acercan los fines de semana, que los vecinos aseguran, vienen temprano en busca de droga, sobre todo marihuana, para afrontar la salida del fin de semana.
José Luis, comerciante de la zona, definió al barrio como «una ciudad aparte». Acostumbrado al lugar, afirma que «hay que hacerse amigo de sus habitantes para poder convivir en paz y no sufrir robos». José Luis, con cuatro años en el barrio, dice que «los bolivianos y peruanos, que viven en la villa, cada vez compran más casas y locales de la zona». Esto se puede observar sobre la Av. Varela, donde con menos de dos cuadras de distancia hay dos locutorios con enormes carteles que presentan descuentos y precios baratísimos para llamadas internacionales a los países de Bolivia y Perú. Además, supermercados, quioscos y todo tipo de negocios atendidos por extranjeros del país vecino son frecuentes en la zona.
El barrio está superpoblado; una casa con condiciones edilicias para cuatro personas es habitada por siete u ocho. «Viven en condiciones terribles, amontonados», afirman los vecinos. Crecen las edificaciones y las construcciones de casillas constituyen una buena inversión, ya que las habitaciones se alquilan en $ 500 por mes a los recién llegados, donde los inquilinos afirman que ni siquiera tienen baño privado.
Ser vecino del lugar no es nada fácil debido a que las manzanas de villa y alrededores son definidas como «La zona roja» donde parece casi imposible que lleguen las ambulancias y los patrulleros. Así lo afirma Gabriel, quien dice que «si tenés algún problema con el auto por el barrio, podés estar horas esperando que el servicio de remolque venga a socorrerte».
La villa está en pleno crecimiento y desarrollo. Humberto Schiavoni, presidente de la Corporación Buenos Aires Sur, afirma que «los terrenos pertenecen al Instituto de la Vivienda de la Ciudad». La corporación trabaja en 5 proyectos para mejorar las condiciones de los habitantes. Apertura de las calles, tareas de construcción de cloacas, desagües pluviales, redes viales, entre otros proyectos de urbanización. Por su parte, el Gobierno ha tomado distintas medidas a lo largo de estos años para urbanizar la zona. En las afueras, se pueden observar las viviendas populares que el Gobierno construyó para los habitantes del barrio. Son edificios de más de cinco pisos. Los barrios Pte. Rivadavia y Pte. Ilia son carenciados, en las afueras de la villa, que son definidos por los vecinos como una de las zonas más peligrosas, donde se registran más delitos.

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