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Las cenizas de José. La importancia de los ritos

Mientras nos acercábamos a la boya, reconocí algunos de los barcos que esperaban nuestra llegada. Tiramos el fondeo y, lentamente, los barcos se fueron acoderando. Para el gran público, podría ser la despedida de un navegante; para todos los que estábamos ahí, se trató de una ceremonia de mucha profundidad, de reconocimiento de un padre, de un hermano, de un amigo, que sí tuvo toda su vida regida por la ética y la estética del río y de una isla que fue su club, su familia, su terruño, su lugar en el mundo.
Hacía ya cinco años que los médicos, luego de una brutal operación, a la salida del quirófano, nos dieron la sentencia: no hay nada que hacer. El petiso era tozudo, tenía sus propias reglas. Se fue a vivir solo a su barco, flotando. Pero no estaba solo, todos sabían dónde ubicarlo. Todos sabían que en el Boyarín estaba José. De humor ácido, con una característica irlandesa: en la peor de las adversidades náuticas sus chistes ayudaban a tramitar la angustia.
Muerte y sexualidad. Los dos grandes temas del psicoanálisis, descriptos luego de la obra de Freud y su relectura a partir de Lacan, como los significantes no inscriptos en el inconsciente. A través de todas las culturas y religiones, el
hombre ha necesitado explicar y someter a rituales el paso de la vida a la muerte. Sin duda, para Occidente, Antígona, de Sófocles, es la obra rectora que marca el derecho a la sepultura como símbolo de descanso eterno. Fue la descomunal lucha de Antígona por dar entierro a su hermano acusado de traidor el ejemplo de respeto que instaló en la cultura sobre el rito.
Fue uno de esos momentos donde la realidad supera lo imaginado. Salió todo muy bien, todos nos fuimos reconfortados. Sin embargo, esa noche tuve un sueño de angustia, me enterraban vivo. Me desperté sobresaltado y la primera idea que me apareció fue que si hubiese aprendido artes marciales, hubiese tenido la posibilidad de salir. Lo asocié con la genial escena de Uma Thurman en Kill Bill II, de Tarantino, el Rasguña las Piedras, de Sui Generis, y los relatos que, en mi infancia, escuchaba en los velorios de tres días sobre casos de catalepsia. Ese sueño, como manifestación inconsciente, me decía, a las claras, que con el rito no había sido suficiente para entender la despedida de mi amigo. También, que esa escena, con tantos amigos y gente querida, no hubiese sido posible en mi infancia, porque la Iglesia Católica dejó de prohibir la cremación, una vez finalizado el Concilio Vaticano II, que culminara en 1965.
El rito es necesario e indispensable para intentar entender el sentido de la vida en la despedida de los seres queridos. Detrás de ese amable encuentro de tantos barcos en el río para arrojar las cenizas de nuestro amigo, está nuestra historia y cómo construimos el recuerdo.
(*) Abogado, Psicólogo Social (Esc. Pichón Riviere) y Licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como Defensor Oficial en la Ciudad de Buenos Aires.


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