20 de abril 2010 - 00:00

Las inquietantes parábolas de Miquel Navarro a Shanghai

Las obras del artista valenciano Miquel Navarro, ya sean totems, seres humanos o «ciudades invisibles» como ésta, asumen una parábola inquietante acerca del mundo actual.
Las obras del artista valenciano Miquel Navarro, ya sean totems, seres humanos o «ciudades invisibles» como ésta, asumen una parábola inquietante acerca del mundo actual.
La obra del artista valenciano Miquel Navarro participará en la exposición «Arte español en la colección del IVAM», que el próximo 27 de abril se presentará en el Museo del Urbanismo de Shanghai.

Las obras de Navarro, sus totems, sus seres humanos y sus ciudades asumen una parábola inquietante acerca del mundo de hoy. Desde la década del setenta cuando dejó de pintar sistemáticamente, Navarro (1945) se volcó a la escultura y comenzó la creación de sus «ciudades invisibles».

«Mis ciudades no son maquetas, realidad objetiva de lo proyectado o realizado a escala menor. Mis construcciones y mi urbanismo son para ser habitados por espíritus juguetones e inútiles para los demás. Me ha gustado decir: mis paisajes escultóricos», sostuvo el artista porque él ha mantenido que «sigo siendo siempre escultor».

Su arte es un arte de fragmentos y multiplicidad, y ésta es la primera similitud con la formación de las ciudades. Navarro va hacia un todo, hacia un todo posible y no definido de antemano. Para hacerlo, esculpe fragmentos y los repite; sin embargo, esta labor de reiteración no es mecánica sino conceptual, en la que puede reconocerse que la influencia del constructivismo ruso aparece sistemáticamente.

El artista ha hablado de «mi surrealismo». Es decir, debe entenderse que estamos frente a una versión particular de esta tesitura creativa, de la cual tan sólo ha tomado la idea del «azar gobernado» y, en cierta medida, la del «objeto inventado». En cuanto al «azar gobernado», cabe destacarlo por el hecho de que las ciudades de Navarro están dispuestas por el artista, según ese orden mencionado. En efecto, él diseña sus ciudades, en coincidencia con la arquitectura y el urbanismo: hay una traza para cada ocasión, para cada espacio-suelo en que va a edificar sus ciudades.

El orden al que aludimos es, precisamente, esa inmersión en un azar que guía, produce y plantea al artista. Si recordamos las tres categorías urbanas enunciadas por Italo Calvino: Navarro nos propone esas categorías en una sola. Así, sus ciudades son, a la vez, tenues, continuas y ocultas.

Las urbes del artista valenciano ofrecen el testimonio de esta triple condición de lo tenue, lo continuo y lo oculto. Ante todo, las ciudades que diseña, traza y compone son ciudades propias que poseen sus monumentos, sus edificios, sus calles, pero es obvio que ninguno de estos elementos tiene relación directa con, ni implica representación figurativa de sus equivalentes tradicionales en las ciudades visibles y ordinarias. Más aún, se diría que los monumentos -extrañas formas alusivas a torres, fuentes, esculturas públicas-, los edificios -pequeños volúmenes geométricos de toda clase- y las calles -intersticios que separan, con cambiante disposición según el caso, a los demás elementos-, no existen como tales: lo que existe es su fuerte poder alegórico.

En esto radica la audacia ideológica y la singularidad de Navarro, unidos en un vaivén lúdico que atrae y atrapa. No crea sino para sumir al espectador en una experiencia estética, para que reconozca sus ciudades y habite en ellas, de la manera invisible en que él las constituye. En tal sentido, y utilizando la terminología bélica, podríamos decir que las ciudades de Navarro son «ciudades abiertas»: nada las defiende, ni siquiera el artista, quien las entrega al ataque perceptivo y reflexivo de cada espectador / habitante / forastero / turista.

Es preciso tener en cuenta que estas ciudades yacen sobre el piso, y que entonces es aérea la perspectiva desde la cual se las observa. No debe desecharse el significado de este distanciamiento entre el visitante y la ciudad. Navarro invierte aquí la realidad: en las ciudades visibles, los vecinos son los sometidos a la estructura urbana. En cambio, en sus ciudades invisibles son éstas las que resultan sometidas a sus ocasionales vecinos, que somos nosotros, desde luego. Las ciudades de Navarro son, en todo caso, tan ocasionales como sus visitantes: ciudades transitorias para gente que las recorre y desaparece.

Cuando aborda las congregaciones humanas, éstas no tienen nada de entorno urbano, según puede advertirse en obras suyas como Multitud o Personajes. Navarro va más lejos en el caso de la figura humana, con las estatuillas tan curiosas de las décadas del 80 y el 90, esquemáticas y anónimas, que aducen cuerpos inacabados.

Paralelamente a esta línea de trabajo, otra de sus propuestas son creaciones totémicas, en las que se destaca una sabia amalgama de abstracción y figuración: Guerrero y Cuello de Luna, Abismo y Cabeza solar, Ave con casa, Saltamontes y, sobre todo, Minerva paranoica.

En la obra de Navarro, los materiales se singularizan: el vidrio, el yeso, la madera, la terracota, el cinc, el aluminio, el hierro, el acero, el bronce, el latón, se adaptan y combinan hasta rendir no sólo las formas- suaves o toscas, seguras o sueltas- que el artista pide de ellos sino, además, una presencia propia y que habla de su pensamiento como escultor.

La muestra en Shanghai incluye obras de figuras representativos del arte español como Joan Miró, Antonio Saura, Manolo Millares, Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Miquel Barceló, Julio González , Chema Madoz, Joan Fontcuberta, entre otros artistas destacados de diversas épocas y lenguajes.

La exposición, con curaduría de Francisco Calvo Serraller, fue organizada por la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales y el Institut Valencià dArt Modern (IVAM), y forma parte del amplio programa cultural que desarrollará el Pabellón de España en Expo Shanghai 2010.

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