Expresión doméstica, habitual, figura representativa en cuanto a mostrar un impulso que varió de dirección y se clavó súbitamente. Por ejemplo, en un mercado. Y la razón para emplear la vieja expresión es que en el desarrollo de la víspera -en Buenos Aires- no solamente se frenó bruscamente el repunte anterior, sino que lo realizó con una base sumamente ilíquida. Y a tal punto que se reunieron nada más que $ 26 millones de efectivo en acciones. Venía de los $ 40 millones, un cúmulo de por sí modesto, pero aceptable para como venían los negocios en estos tiempos. La caída a pique de los montos delató la clásica intención defensiva, generando cuellos de botella con una oferta que se comprimió todo lo posible ante la escasez notoria de demanda. Y aun así, insuficiente. Lo poco que se fue realizando tuvo que pasar por la «casilla de peaje» hasta tener que asumir el 1,61% de caída en el índice principal. Solamente con 15 especies con aumentos por otras 36 en descenso. Reteniendo la centena superior haciendo precario equilibrio y viniendo de máximo en 2.559 -que lo alejaba- aterrizando en sólo 2.514 puntos. En cuanto a lo malo del día, es indudable que desde el exterior también llegó el «freno en seco». Después de un par de ruedas descontando pérdidas, surgieron nuevamente los temores -nunca disipados- y con el Dow Jones bajando el 1,6%, todos en Europa cuerpo a tierra (la nota de color fue que Atenas dio el toque positivo), arribando así al final de septiembre con renovados saldos adversos en la caravana del mundo bursátil.
Hoy habrá que ver hacia dónde salen disparados los impulsivos operadores del vértigo. La Bolsa, lenta y triste.
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