Llanto, pelo y dinero: tres elementos para explorar los 70

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«Con mis nuevos libros busqué recuperar un cierto espesor que pareció haberse desvanecido con El pasado, con la que nada de lo que ocurrió era previsible: ni el premio, ni las 11 ediciones en la Argentina, ni que de inmediato se hiciera una película», comenta Alan Pauls sobre que lo movió a encarar una trilogía de novelas cortas sobre los años 70, que comenzó con «Historia del llanto», la actual «Historia del pelo» y concluirá con «Historia del dinero».

Pauls es Licenciado en Letras de la UBA, donde ha sido profesor. Es traductor, guionista, crítico y comentarista de cine; entre sus libros se cuentan «El pudor del pornógrafo», «El coloquio», «Wasabi», «La vida descalzo» y «El pasado», ganadora del Premio Herralde en 2003, llevada al cine por Héctor Babenco. Dialogamos con él sobre su trilogía.

Periodista: ¿Por qué eligió cada uno de esos elementos, llanto, pelo y dinero, para sus novelas?

Alan Pauls: Para meterme con un momento de la historia argentina que siempre es difícil de abordar, sobre todo porque está muy escrito, muy interpretado.

P.: ¿Con ellos circula una memoria autobiográfica desde una perspectiva distinta de los 70?

A.P.: Es una época que intimida un poco. Sobre todo la que a mí me interesa, la parte revolucionaria; la otra ya está muy aplastada por un cierto consenso, en cambio la primera encierra algunos enigmas. Estos tres fósiles de la época, llanto, pelo y dinero, me permitían entrar irresponsablemente en la época. Lo que hago es un ejercicio obsesivo de leer la época en el llanto, en el pelo y en el dinero, como si fueran restos de una civilización perdida y reconstruida a partir de esas cosas. Entonces esa reconstrucción tiene muy poco de fidelidad histórica, pero no me interesa reconstruir la historia sino una sensibilidad que se formó en esa época. No me perturba el rigor. Prefiero los desvaríos de la memoria subjetiva que los datos fehacientes. En «Historia del llanto» es manifiesta la sensibilidad.

P.: En «Historia del pelo» es un emblema de la época, de la llegada del rock.

A.P.: Con una definición de identidad.

P.: Y al mismo tiempo de encubrimiento, de disfraz, como cuando se refiere a la peluca que utilizó Norma Arrostito.

A.P.: Tiene muchos sentidos. La mecánica de estas novelas es trabajar en varios niveles, de lo más pequeño a lo más grande, de lo más importante a lo más banal. He trabajado creo que todo el espectro del pelo: como fetiche personal, como rasgo de imagen, como obsesión, como delirio, y también como señal de pertenencia social o política. Están las pelucas con un valor muy interesante dado que se trata de algo frívolo en principio, pero es una frivolidad que produce efectos profundos. La peluca de Arrostito es clave de eso.

P.: ¿El asesinato de Aramburu es clave en su trilogía?

A.P.: No sólo es un momento clave de la historia contemporánea argentina sino también en lo personal. Yo tenía 14 años cuando leí el relato de la muerte de Aramburu en «La Causa Peronista», y quedó como uno de los momentos decisivos de mi formación intelectual, política, incluso literaria, porque es un texto muy escrupulosamente escrito, armado con mucho cuidado. Hay atrás alguien de una inteligencia literaria, de ahí las conjeturas de quien lo escribió, cuantas manos intervinieron, si participó Rodolfo Walsh. Sin duda tiene una densidad y un alcance increíble.

P.: Uno de los aspectos con los que juega en estos libros es una crítica, una mirada irónica sobre cierto progresismo.

A.P.: Hay algo insoportable en la identidad en la que uno se reconoce a sí mismo. Por alguna razón, en el siglo XX los únicos que interrogaron su propia insatisfacción con sus propias ideas sobre el mundo fueron los progresistas o la izquierda; la derecha nunca estuvo disconforme con su pensamiento. Parece ser una tradición de la izquierda, y por lo tanto del progresismo, que es una especie de resto lánguido de la izquierda, esa relación de incomodidad con su propia posición, hay algo con lo que nunca se termina de estar cómodo. Eso para mi es algo genial que tiene la izquierda y el síntoma de una pústula en el corazón de esa escuela del pensamiento, de la que uno no logra liberarse.

P.: ¿Usa una mecánica proustiana de evocaciones que lo lleva de los padecimientos de un corte de pelo a un guerrillero que desaparece? ¿Le lleva mucho conseguir que esa diversidad forme un relato envolvente?

A.P.: Es mucho trabajo, pero es todo el trabajo, después no tengo que pensar una trama: eso es la novela. Además es algo que me gusta mucho hacer. Son novelas que me llevaron unos dos años, en un trabajo no continuo. Soy lento para escribir porque corrijo mucho mentalmente antes de escribir. Entonces el tiempo que pierdo antes lo gano después. Para este tipo de libros que son muy musicales porque no tienen una intriga, o una trama argumental que los hace avanzar o que me indica adonde tengo que ir en cada momento, que son muy improvisados en cierto sentido, lo que tengo que lograr es cómo hacer para que el tejido de la novela vaya llevando de un lugar a otro sin que ese flujo se corte, y el lector vaya yendo de lo político a lo íntimo, de lo íntimo a lo familiar, de lo familiar a los histórico, de lo histórico a lo cultural.

P.: ¿Qué libros sintió antecedentes de esa forma narrativa?

A.P.: Pensé en muchas cosas cuando concebí el proyecto, cuando me di cuenta de que tipo de tono iba a tener, que tipo de prosa iba a implicar. Un libro que fue muy importante, sobre todo respecto a como pensar ciertos núcleos de experiencia personal, es «La edad del hombre» de Michel Leiris, porque inventa una forma autobiográfica nueva, alguien que no cuenta su vida sino que analiza ciertos núcleos fantasmáticos de su experiencia como si fuera ajeno a ellos, como si fuera lector de su propio libreto fantasmático.

P.: ¿Qué le pasa a quien lo descubrió con «El pasado» como autor que habla del amor en el siglo XXI y ahora lo encuentra hablando de la política en la segunda mitad del siglo XX?

A.P.: No sé, me encantaría que cada libro funcionara como expansión de un horizonte. Con «El pasado» traté de extenuar una experiencia, sacarle hasta el último jugo a la experiencia amorosa, y lo que tenía ganas ahora era con novelas más cortas recuperar el placer de lo compacto y de, a la vez, agujereado, porque están llenas de elipsis y no se toman el trabajo de pasar por todos los lugares por lo que hay que pasar para contar algo. Son novelas arbitrarias, antojadizas en ese sentido. «El pasado» tuvo una difusión anómala. Los libros que tienen una cierta repercusión lo primero que pasa es que desaparecen como libros, y lo que queda es una experiencia. A mí me consultaban como si fuera un experto en amor. Y en realidad lo que sé del amor es lo que puse en «El pasado», después en eso soy el mismo idiota que cualquiera.

P.: ¿Sobre qué va a tratar «Historia del dinero»?

A.P.: Son los años 70 con el dinero en todas sus derivaciones, la economía de la época, el mercado negro, las mesas de dinero, la inflación, la psicosis monetaria, la clandestinidad y el dinero, qué pasó con la plata de los Born, cómo calculaba la guerrilla cuánto pedir por un secuestrado, y en la novela familiar qué pasaba con el dinero, familias ricas que se arruinaban, padres que hacían dinero con el juego, el trabajo y el dinero,todo buscando la misma música de las anteriores.

P.: ¿No volverá a contar una historia sentimental?

A.P.: Hay una novela que comencé a pensar cuando terminé «El pasado», la historia de una pareja de artistas. Me interesa mucho la conyugalidad de artistas, si hay alguna especificidad en esa unión, donde hay un proyecto artístico que es casi más importante que la experiencia amorosa. Como va a ser larga, antes quiero escribir sobre un perro que enloquece a una familia.

Entrevista de Máximo Soto

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