1 de diciembre 2014 - 00:00

Llegó shock petrolero: es favorable, pero las rosas traen espinas

 La Fed canceló la expansión cuantitativa -el QE3- en octubre, pero hay otra expansión de cantidades que tomó envión -la producción de petróleo- y que a su manera está derramando un estímulo masivo inesperado. La decisión del cartel sectorial -la OPEP- de dar un paso al costado y no responder al exceso de oferta global de crudo con un recorte de su propia producción disparó el viernes una caída vertical del precio del barril. Y consagró una baja que ya alcanza el 38% desde junio. La guerra de precios quedó oficializada así, por simple omisión.

El FMI estima que cada baja de diez dólares del barril (sostenida a lo largo de un año) contribuye a impulsar el andar de la economía mundial en el 0,2%. Todo lo demás constante, la merma de 40 dólares ya registrada debería favorecer un salto en el crecimiento global del 0,8% hacia la segunda mitad del año próximo.

Que el mundo es cambiante, nadie lo dude. De temer, en fecha tan reciente como 2010, el "peak oil" -un techo de la producción mundial y su posterior declive-, se pasó a un aumento de más del 10% de la producción sobre lo que prometía ser el pico. Y se lanzó una inercia de pujante expansión. Se trata de un formidable shock favorable de oferta. Como tal, crea espacio para crecer más y con menores presiones de precios. Y es un fenómeno puro y genuino de oferta. A diferencia de los tres episodios anteriores de reducción sensible de las cotizaciones, la demanda de energía prosigue en alza, aunque se haya desacelerado. Hace no más de cuatro años que fluye con fuerza petróleo nuevo -en el margen, no convencional y por fuera de la OPEP-, aunque recién desde principios de 2014 la ecuación de abastecimiento cambió de signo. A los precios vigentes, la oferta rebasa. Los stocks de la OCDE dan testimonio. Y si la OPEP no se restringe, el ajuste lo harán los precios, lo que despunta como una rotunda sorpresa para los involucrados en el negocio. Planes de inversión, presupuestos públicos y líneas de financiamiento, todos ellos, contemplan un barril de 90/100 dólares como hipótesis conservadora. La realidad cantó 66 el viernes. Y en el medio de una guerra incipiente, con curvas inelásticas de oferta y demanda, el riesgo de "over shooting", de exageración a la baja, es dato central.

Aquí hay ganadores y perdedores. A diferencia de la expansión cuantitativa de la Fed, que podía crear base monetaria de la nada y "fabricar" riqueza líquida sin quitársela a nadie (y, en rigor, previno una destrucción del valor de los activos), la expansión petrolera y el consecuente derrumbe de precios supone una drástica transferencia de ingresos de los productores a los consumidores; de los países exportadores netos a los importadores netos. Es un bonus claro para las economías avanzadas (con excepciones como Canadá y Noruega). Y para las regiones en observación clínica (Europa, Japón y China). La eurozona, por caso, no podía pensar en nada mejor: se trata además de un estímulo que los alemanes no objetarán. En los últimos doce meses, los precios minoristas de la energía cayeron allí el 2,5%. Es "deflación buena", de la que se agradece. Un maná que cae del cielo (en realidad, del Magreb y Medio Oriente) en el momento justo (con un Putin hostil atravesado en Ucrania). En un mundo aquejado por el exceso de ahorros, un traspaso de ingresos al consumidor (desde un puñado concentrado de productores) es una receta, en el cortísimo plazo, de mayor gasto y demanda agregada (y de yapa, compatible con la descompresión inflacionaria).

¿Cuál será el impacto en los mercados? Wall Street lo reflejó a cabalidad. Suba de la Bolsa -con retroceso del sector energía y avance de acciones cíclicas- y marcada baja de las tasas largas, al 2,20%, pese a los números rozagantes de la economía. Si la historia es prólogo, lo que enseña es prometedor. Mermas del 30% en el precio del barril han disparado, en promedio, subas del 11% al cabo de un año. Pero no hay rosa sin espinas. La guerra de precios no es inocua. Alguien soportará los quebrantos. Los riesgos crediticios se multiplican en un amplio espectro, desde Venezuela hasta las compañías de shale. El sector energía responde por una sexta parte del mercado de bonos basura en los Estados Unidos. Y no olvidar: la volatilidad geopolítica -que mezcla a Putin con Maduro, al ISIS con Irán- también se agitará frenética en ese cubilete.