29 de julio 2009 - 00:00

“Lo que cuento está muy cerca de la ficción o se le parece”

Balmaceda: «Si definiera mi libro como un anecdotario del siglo XXI sería por complicidad con el lector, por la capacidad de reírnos de situaciones que a nuestros bisabuelos o tratarabuelos no les hubieran causado ninguna gracia».
Balmaceda: «Si definiera mi libro como un anecdotario del siglo XXI sería por complicidad con el lector, por la capacidad de reírnos de situaciones que a nuestros bisabuelos o tratarabuelos no les hubieran causado ninguna gracia».
 Avellaneda salió al balcón antes que Perón para ser ovacionado por la muchedumbre, el día que le dijeron a Victoria Ocampo andá a lavar los platos, el chiste sobre Répondez s'il vous plait que se convirtió en realidad, las curiosas coincidencias de un crimen de 1903 y el de María Marta García Belsunce, los cazafantasmas de Villa Urquiza, Daniel Balmaceda ofrece en «Historias inesperadas de la Historia Argentina», 74 atrapantes relatos breves que vuelven a mostrar que la realidad muchas veces supera a la ficción. Balmaceda, periodista e historiador, publicó, entre otras obras «Pequeñas delicias de héroes y villanos de la historia argentina» y «Romances turbulentos de la Historia argentina». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo se le ocurrió reunir historias inesperadas de nuestra historia?

Daniel Balmaceda: Busqué un denominador común a historias cuyo desarrollo o sus finales son inesperados. Son situaciones que están muy cerca de la ficción, y muchas veces lo parecen.

P.: Sus breves relatos tienen mucho de chismes, anécdotas, curiosidades. Remiten a los libros de misceláneas, a los antiguos almanaques, los libros azules de la sociedad.

D.B.: Que venían con pastillitas, con microrrelatos. Era el tiempo en que era normal la aparición de anecdotarios, que quedaron en desuso porque repetían las anécdotas. Esos anecdotarios de comienzos del siglo XX cuyos chistes y comentarios ya no nos causan gracia. Si definiera a mi libro como un anecdotario del siglo XXI sería por una abierta complicidad con el lector, por la capacidad de reírnos de situaciones que a nuestros bisabuelos y tatarabuelos no les hubieran causado ninguna gracia, ni siquiera por los devaneos de la intriga que propone, por caso, un crimen pasional.

P.: ¿A qué crimen se refiere?

D.B.: El que ocurrió en Tigre en agosto de 1913, donde matan en un chalet a la dueña de casa, la joven y bella Corina Reynal O'Connor de Elliot, que tiene similitudes con el caso de María Marta García Belsunce. El marido era señalado como uno de los posibles autores del hecho. Después se le encontró un amante y terminó siendo un suicidio pasional. Para la sociedad pacata de aquella época debe haber resultado algo muy escandaloso.

P.: La historia se repite pero como drama. Es uno de esos juegos de reiteraciones que tanto gustaban a Borges.

D.B.: Borges y Bioy nos han enseñado a tener una mirada irónica sobre algunos hechos. Es algo que pareciera ser un rasgo de muchos de los participantes de la revista «Sur». Un día Victoria Ocampo, una de las primeras mujeres que se puso al volante de un auto, iba manejando, muy mal por cierto, y un hombre, un automovilista, la mando a lavar los platos, cosa que a ella le causó mucha gracia. Le pareció muy divertido que la mandaran a sacarle trabajo a una de las empleadas de su casa. Ese grupo tenía eso de ponerse por encima de la realidad, y mirar las cosas con una lupa amplísima.

P.: Como la que usted utiliza para mostrar que Avellaneda fue el antecedente de Perón en el uso del balcón.

D.B.: Avellaneda fue el primer presidente que se asomó al balcón a hablarle a la multitud, y fue ovacionado. Antes Saavedra se había dirigido a la gente pero desde el balcón del Cabildo. Y Sarmiento dio discursos pero desde una tarima en la Plaza de Mayo. En el balcón de la casa de gobierno, el primero fue Nicolás Avellaneda, uno de los presidentes más bajitos que hemos tenido, que usaba zapatos con tacos para parecer más alto, y por eso lo llamaban Taquito Avellaneda, o Chingolo, por la forma del chingolo de caminar como en puntas de pie. Eran los motes de una persona, a la vez querida y muy respetada.

P.: Descubre no sólo de dónde surgieron ciertos sobrenombres sino también de dónde provienen palabras como «abatatarse».

D.B.: Esa expresión la inventó Floro Madero, sobrino del creador del puerto. En un picnic en el Tigre, en casa de Daniel Cazón, se comió una fuente de batatas fritas y cuando le tocó decir un discurso, farfulló: «no puedo hablar porque estoy abatatado». No le salían las palabras por haberse empachado con las batatitas. Y la expresión quedó. Hay casos que sorprenden porque sin quererlo entrevieron el futuro. Por caso, la primera vez que se utilizó la fórmula francesa RSVP en la Argentina. La puso Diego de Alvear en la invitación a la fiesta que hacía en su casa. La noche de gala, un invitado le pregunto a Manuel Láinez qué significaban esas siglas, y el director de «El diario» respondió con un chiste, dijo que quería decir «Roca Será Vuestro Presidente». Aludiendo a que los Alvear, en especial Diego, tenían muy buena relación con Roca. Lo notable es que Láinez dijo eso antes de que a alguien se le ocurriera que Roca iba a ser presidente, y un par de veces.

P.: ¿Cómo aparecieron los cazafantasmas de Villa Urquiza»?

D.B.: El cementerio del barrio de Belgrano dio paso al barrio de Villa Urquiza. Y algo pasaba allí. Se veían fantasmas. Los fantasmas de 1903 eran altos y de mortuorias sábanas blancas. Molestos los vecinos crearon una brigada cazafantasmas para atacarlos y que se dejaran de embromar. Los fantasmas eran unos muchachos que, con zancos para parecer muy altos, se divertían asustando a la gente. El combate dio la victoria a los cazafantasmas, y los chicos no aparecieron más por donde había estado el cementerio. Esos muertos no volvieron a la vida.

P.: El que volvió a la vida según usted cuenta fue San Martín.

D.B.: Eusebio Soto, el mayordomo de San Martín, anunció en 1845, en un hotel en Roma, la muerte del General, cuatro años antes de que sucediera realmente. Se lo dijo a un sobrino de Posadas, que corrió al dormitorio y encontró a San Martín tieso. le dio los remedios que el General le había indicado, y lo volvió a la vida. Había tenido un ataque de epilepsia. Uno se queda pensando cosas como que San Martín padecía la misma enfermedad que Julio César, o que el General iba a todas partes con su mayordomo. Que todo su exilio europeo lo hizo con Eusebio Soto a su lado.

P.: ¿Cuál fue el hallazgo que le llamó más la atención?

D.B.: Un episodio del hundimiento del vapor América en 1871, donde iban un montón de personalidades muy conocidas, y donde Luis Viale salva la vida a Carmen Pinedo, embarazada de Carmen Marcó del Pont, que se casa con Rodríguez Larreta y tienen a Carmen Rodríguez Larreta, que se casa con Gándara y tienen a Carmen Gándara, la escritora que termina suicidándose en Barrio Parque, lanzandose de un balcón de la calle Juez Tedín, de un departamento que estaba viendo para alquilar. Cien años después de que Viale le diera a su bisabuela el salvavidas y la empujara al agua para salvarla, la ensayista y poeta termina con la dinastía de las Cármenes en esa familia.

P.: ¿Por qué en sus relatos no se acerca a la actualidad?

D.B.: Me fijé como límite la década del cuarenta. No conozco mucho anecdotario a partir del peronismo. En «Historias inesperadas» llego hasta «el hombre que inventó la máquina de hacer llover», el ingeniero Juan Baigorri, que es de los cuarenta, pero supera ese límite porque llegó a ser entrevistado por Pipo Mancera.

P.: ¿Prefiere casos como el del mago de Mariquita Sánchez?

D.B.: Ocurrió en 1866 y es fabuloso porque el mago alemán Carl Herrmann, era el más importante de Occidente en ese tiempo y llegó a ir a entretener a las tropas de la Guerra de la Triple Alianza. En casa de Mariquita hizo desaparecer el reloj del obispo Monseñor Escalada, reloj que terminó apareciendo en la torre del Cabildo. Herrmann inventó el atuendo de los magos, la galera y el traje negro. También tuvimos al Gran Blondin, un equilibrista extraordinario que dio nombre a los tránsfugas políticos y el ayunador Alberto Magno. Todos querían pasar por la Argentina en esa época. Nijinsky vino con su compañía a inaugurar el ballet en la Argentina, y tuvo la osadía para la sociedad pacata de casarse acá con una chica compañera de viaje que estaba enamoradísima de él. Un día Victoria Ocampo convida a Stravinsky con dulce de leche, creyendo que lo deslumbrará, y él dice: «ah, kaimak, en Rusia lo comemos siempre»; echó por tierra que el dulce de leche es un invento argentino.

P.: ¿Por qué busca historias cortas y entretenidas?

D.B.: Me importa la esencia, el ritmo, la forma, porque vivimos en una época donde reina el zapping, donde se quiere ir a lo central desde el comienzo como lo impuso el periodismo o interesar por lo provocativo como en televisión. Eso me impone un ejercicio de estilo. Si mi relato no me llama la atención es porque algo está fallando.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

D.B.: Trabajo sobre Mayo con vista al Bicentenario, año que ya traté en mi primer libro, «Espadas y corazones», y que retomo con mucha alegría porque es una época muy romántica, muy interesante, donde hay muchas pequeñas historias humanizantes que vale la pena sacar a la luz. Hombres muy conocidas con historias muy poco conocidas, en esos rescates estoy.

Entrevista de Máximo Soto

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