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Lo que la proeza de Mandela no pudo lograr en Sudáfrica
Una estatua recuerda a Nelson Mandela cerca del penal Goot Drakenstein, próximo al pueblo de Franschhoek, en Sudáfrica. La relación con los blancos no responde a los parámetros ideales que trazó el mítico líder.
Jacob Zuma, el actual presidente, escandaliza en el exterior por sus hábitos -es polígamo y acaba de engendrar una hija extramatrimonial- lo que, entre otras cosas, desluce la campaña de prevención del sida, en un país con 5,5 millones de infectados sobre una población de 50 millones.
No falta la añoranza de un liderazgo como el de Mandela. Sin embargo, no es la poligamia del presidente -legal en Sudáfrica y tradicional en la etnia zulú a la cual pertenece Zuma- el principal contraste entre el legado de Mandela y la Sudáfrica actual.
Un film de reciente estreno, «Invictus», recrea el momento en el cual Mandela toma posesión de sus oficinas y reúne a los empleados blancos para hablarles: «Si están empacando porque temen que su lengua, el color de su piel o para quien trabajaron antes los descalifique para estar aquí, vengo a decirles que no teman. El pasado es el pasado, miramos al futuro ahora. Necesitamos vuestra ayuda. Sólo les pido que hagan su trabajo con habilidad y de corazón. Yo prometo hacer lo mismo. Si lo logramos, nuestro país será una lumbrera en el mundo». Y a sus desconcertados colaboradores negros, les dice: «Debemos sorprender (a los blancos) con compasión y generosidad. Éste no es el momento para una venganza insignificante. Es el momento para crear nuestra Nación, usando cada ladrillo disponible».
Enriquecimiento
Black Economic Empowerment (BEE) es el nombre que se le dio en Sudáfrica a la discriminación positiva, una legislación que buscó favorecer a los negros en el reclutamiento laboral y el ingreso universitario, tras años de segregación. De los trabajos ofertados, el 80% está reservado a la población negra. Pero esta política no fue efectiva a la hora de reducir el desempleo y la pobreza; sólo ha tenido por efecto el enriquecimiento de una pequeñísima elite de negros manteniendo al 60% de la población de color en la miseria.
El desempleo, el crimen y el sida son los principales flagelos. Pero otro dato inquietante es que la violencia delictiva -una de las más altas del mundo, con 50 asesinatos diarios, según cifras oficiales- está agravada por un factor racista, pero al revés.
El South African Institute of Race Relations informó que, entre 1995 y 2005, emigraron 800.000 sudafricanos blancos. En su gran mayoría, por la alta tasa de criminalidad, pero también por la discriminación positiva que ensombrece sus perspectivas laborales. La tendencia a la emigración se ha acentuado desde la asunción de Jacob Zuma, en mayo de 2009.
Esta emigración tiene un alto costo para Sudáfrica ya que representa una fuga de cerebros y una reducción del número de contribuyentes más solventes. El informe citado constató con alarma que los que emigran son blancos de entre 25 a 35 años, profesionalmente formados. Países como el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos se están beneficiando de esta mano de obra calificada.
Sudáfrica es una economía emergente estratégicamente ubicada en una de las puertas de ingreso al continente, con un fuerte crecimiento económico hasta el año pasado que la ha convertido en el gigante de África y, aunque la redistribución del ingreso y de las oportunidades sigue pendiente, goza de estabilidad política y económica.
Durante la transición democrática, a comienzos de los 90, se hablaba de «Nación del Arco Iris», aquella en la cual convivirían en armonía las diferentes razas que componen su población. Pero, tras 15 años de democracia multirracial, la BEE no sólo se ha revelado ineficaz sino contraria al mensaje de conciliación y perdón de Mandela al inicio de su mandato.


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