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Localismo francés que divierte en todas partes
Pese a los chistes localistas sobre los prejuicios de los franceses hacia sus compatriotas del Norte, la historia es universal y perfectamente entendible en cualquier lugar del mundo.
Kad Merad es un funcionario del correo francés que vive en el Sur, y espera -junto a su ansiosa esposa- obtener una promocion que le dé un mejor puesto en algún lugar ideal, tipo la Costa Azul. La ansiedad provoca que intente un engaño burdo, pedir una solicitud como discapacitado para que aceleren su dilatada solicitud. El asunto sale mal y el protagonista de «Bienvenidos al país de la locura» recibe lo que en principio parecería un castigo ejemplar: dos años como director de correo en una ciudad de les Chtis, sobrenombre con el que los franceses conocen a la región altamente industrializada del Norte, habitada por flamencos que tienen un acento y expresiones inentendibles, empezando porque a todo lo que lleva una «s» lo pronuncian con «sh».
Producida por Claude Berri, uno de los últimos tradicionalistas interesados en que se filmen comedias a la vieja usanza del cine francés, «Bienvenidos al país de la locura» se convirtió en la película más taquillera en la historia de su cinematografía. Más allá de que nunca es fácil explicar los motivos de este tipo de récords, se entiende que en esencia, éste es un film sencillo, bien actuado y filmado, que apela a un sentido del humor con algo para divertir a todo tipo de espectadores. Y pese a sus chistes localistas acerca de los prejuicios de los franceses hacia la región norteña, y los constantes enredos derivados de los juegos de palabras con las pronunciaciones chtis, finalmente su comicidad es absolutamente universal y perfectamente entendible para espectadores de cualquier lugar del mundo, algo que sucede siempre con toda buena historia.
El argumento está fragmentado en partes bien definidas. La primera parte entra por el humor más directo y tiene que ver con el intento fallido del empleado del correo por hacerse pasar por discapacitado para acelerar su promoción. Luego viene la lenta marcha y angustiosa llegada a ese sitio de pesadilla donde le tocan dos años de soledad (su esposa y su hijo no lo acompañan). Pronto viene la sorpresa: el lugar no está tan mal, más bien todo lo contrario. Y finalmente, cuando la esposa decide acompañarlo en su sufrimiento, la trama evoluciona hacia una conspiración de los lugareños para que ella no se decepcione y encuentre algo parecido al infierno esperado.
«Bienvenidos al país de la locura» es el tipo de comedia que se ve de cabo a rabo con una sonrisa constante, pero que también ofrece algunas explosiones de hilaridad, como el recorrido del director del correo con su amigo cartero (el director Danny Boon es el coprotagonista) para que aprenda a negarse a las constantes invitaciones de una ginebrita o dos por parte de cada vecino que recibe una carta.
Más allá de su rango costumbrista, casi todos los actores tienen algún momento para su lucimiento personal, y la cámara de Boon explota al máximo los atractivos de cada locación. En ese sentido, dos de los grandes momentos del film tienen lugar en el interior de un asombroso campanario medieval donde no sólo se escucha la excelente partitura de Philippe Rombi, sino una curiosísima versión a toda campana de un clásico de «Shtevie» Wonder.


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