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Londres consagra gran muestra a Henry Moore
El arte de Henry Moore se produjo en ese momento de ansiedad y crisis que caracterizó la mitad del siglo XX, después de dos guerras mundiales.
Nacido el 30 de julio de 1898 en Castelford, Moore era el séptimo de ocho hijos de un minero del norte de Inglaterra. Creció en los angustiosos tiempos que desembocaron en dos guerras mundiales. Participó de la Primera: se alistó en 1917 y estuvo a punto de morir. En las trincheras de la frontera francesa, fue uno de los sobrevivientes de un ataque con gas mostaza por parte de las tropas alemanas, y estuvo dos meses en el hospital. Aquel retorno a la vida fue fundamento de su creación.
«Su arte se produjo en ese momento de ansiedad y crisis que caracterizó la mitad del siglo XX», explicó Stephens. El tema de la guerra y la muerte está presente en sus dibujos de esqueletos que, ante ataques aéreos, se protegen con máscaras primitivas de piedra. Llegó tarde a la escultura: cuando tenía 21 años y empezó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Leeds. Antes, por imposición materna, fue maestro de escuela. Después siguió los cursos de la Escuela Real de Bellas Artes de Londres (1921-24).
Su conocimiento de la escultura precolombina y africana, sin embargo, fue determinante en sus comienzos de escultor. A Moore debe Inglaterra su arte escultórico contemporáneo, y el mundo una obra que se cuenta entre las más originales y audaces del siglo XX. En el desarrollo de su arte, se distinguen dos etapas por un cambio en la elección de los materiales y las técnicas escultóricas, de un lado, y por las diferencias del abordaje formal, de otro lado.
En las décadas del 20 y el 30, tallaba directamente la piedra y la madera. Tras la Segunda Guerra y hasta su muerte -el 31 de agosto de 1986, en su casa y taller de Perry Green, en Hertfordshire-, produjo piezas modeladas con destino a su vaciamiento en bronce. En las esculturas ejecutadas entre 1922 y 1939, Moore elaboró las características de su estilo y a la vez el repertorio temático al que permaneció fiel en sus obras posteriores.
El tema central fue la figura humana, casi siempre la femenina. Sus tres referentes atañen a la «Madre con niño», la «Figura reclinada» y la «Forma interna/externa», derivada de aquél. Esas tres vertientes, elaboradas con una inventiva prodigiosa, hicieron de la obra de Moore una incesante alegoría sobre la redención humana en un tiempo de horror. «Una escultura debe tener su vida propia. Más que suscitar la impresión de ser un objeto pequeño tallado en otro más grande, debe crear en el observador la sensación de que lo que él ve contiene una energía orgánica propia que crece hacia el exterior. Esculpida o modelada, la obra debe siempre dar una impresión de crecimiento orgánico, creado por la presión interior», decía Moore.
Desde la perspectiva del arte, su época fue la del Modernismo. La explosión de los pintores post-impresionistas (Cézanne, Gauguin, Van Gogh), que, hacia fines del siglo XIX inauguró la etapa moderna, tuvo su correlato escultórico -por llamarlo de algún modo- en la obra de Constantin Brancusi, Pablo Picasso -un pintor que también revolucionó la escultura-, Hans Arp, Alexander Archipenko, Jacob Epstein. A todos ellos, los tomó como referencia Moore.
Como ellos, indagó en el denominado «arte primitivo» (Egipto, Sumeria, Africa, Oceanía, las Cícladas y, en especial, las culturas maya y azteca). A partir de tales afinidades, Moore creó un arte propio y admirable, único. Fue exceptuado en la Segunda Guerra, pero contribuyó con su arte a las luchas contra el fascismo y el nazismo. En 1940 los bombardeos alemanes azotaron sin cesar ciudades inglesas y la capital británica, donde vivía y trabajaba Moore.
Los londinenses se refugiaban en las estaciones del subterráneo para salvar la vida. El artista tomó apuntes y con ellos realizó sus goyescos dibujos de los refugiados y sus visiones de la tragedia. «Vi centenares de figuras reclinadas a lo largo de los andenes», comentó más tarde. Esta serie de dibujos en los túneles ferroviarios de la ciudad transformó la carrera de Moore con un éxito internacional. «Entre la belleza de la expresión y la fuerza de la expresión hay una diferencia de funciones: la primera intenta deleitar a los sentidos, la segunda posee una vitalidad espiritual que me conmueve con más vigor y me toca más hondamente que por intermedio de los sentidos», sos
No hay una sola escultura de Moore que carezca de vida propia, de energía orgánica, ni que busque el mero deleite. La muestra en la Tate Britain enriquece la el conocimiento de la obra de Moore, más conocido por sus grandes figuras femeninas recostadas. Si bien cada sala de la exposición se abre con un trabajo diferente de una madre y un hijo, según Stephens, la ambigüedad de las obras «parecen suscitar interrogantes sobre la naturaleza humana que van más allá de la maternidad».


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