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Los 200 años del país mirados con humor, amor y aflicción
El artista presenta una especie de “Sixtina” propia en la que modela formas y colores para representar su concepto y también su sentimiento de Patria.
Síntesis. El recorrido de la exhibición despierta recuerdos del arte argentino de todos los tiempos.
Frente a estos antecedentes López reconoce la imposibilidad de representar conceptos como "identidad" o el "ser nacional". No obstante y, a pesar de todo, montó su propia "Sixtina" en la inmensidad del CCK.
"Es tan ridículo, tan poco inteligente el hecho de querer representar a la Patria, un concepto de algo infinito, que no tiene forma, amontonando de un modo maníaco y compulsivo fotos de Cortázar, la Junta Militar, María Elena Walsh, Borges, Berni, el Mundial 78, la 'Coca' Sarli, los gauchos, la zamba, el malambo, Boca Juniors, las empanadas tucumanas", destaca López. Y si bien agrega, "me da pudor, vergüenza y una sensación cercana a la ignorancia", lo cierto es que acabó modelando formas y colores para representar su concepto y también su sentimiento del "Ser nacional". Para comenzar, pintó un paisaje con un castillo del Loire en la pared del fondo de la sala y, sobre el horizonte, colocó una foto de un colectivo que marcha al cementerio y se transforma en pintura. Allí mismo, el personaje de una pintura genuina de Berni desborda el cuadro y acapara la pared, a su lado hay una réplica de un boxeador de Pablo Suárez. De la Argentina de las vacas y el trigo el artista salta a la década infame y sin pausa a la del 80. Sobre el cielo avanza la iconografía de López: un cartel con el nombre de Luca Prodan y los retratos de Cortázar y Borges. Abajo, rodeadas de flores, están las imágenes de Nicola Costantino como Evita, Menem y Mirta Legrand; adelante, las camitas de Kuitca. Los colchones intervenidos con un puñal y dos jeringas, replican la transfusión de sangre de un cuadro de Frida Kahlo y la propia foto de López de dos hermanos gemelos; al costado, un colchón enrollado ostenta el rostro de Kuitca y, a la izquierda, hay otro con el retrato de San Martín con una espada clavada en el medio. De las heridas emana sangre.
Violencia
El camino de los artistas como el de los héroes está manchado de sangre y, a la vez, se retroalimenta con su propia sangre. La foto de "La carnicera" tiene un crucifijo en el vientre, acaso una alusión al avión de León Ferrari. La violencia está por todos lados y el recorrido, plagado de objetos, fotografías, instalaciones, pinturas, esculturas, despierta recuerdos del arte argentino de todos los tiempos, desde Pueyrredón, pintado en una Pelopincho y rodeado de estatuas en ruinas, hasta Jorge Macchi, con los ojos de su último catálogo perforados y atornillados a la pared.
Más allá está la copia del retrato de Nicolino Locche pintado por Martha Peluffo y un kiosco de revistas con publicaciones de "Gente" y nuestro acontecer político; enfrente, María Julia Alsogaray cubre su desnudez con un tapado de piel; arrinconado, hay un conjunto de matafuegos junto al altar del Gauchito Gil y el retrato de Elba Bairon decorado. En el medio de la sala cuelgan unos colchones del techo con las imágenes de Juan Manuel de Rosas y Domingo Faustino Sarmiento. En una vitrina está el libro "Los aborígenes del Gran Chaco" y algunas fotografías que les dedicó Grete Stern.
El humor de López no sólo escapa del ridículo, exalta nuestra grotesca tragedia de un modo conmovedor y fatalista. El artista renuncia al engaño y, con su semisonrisa, presenta un poderoso discurso político.


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