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Los gobernadores, clave en el armado de poder del último año de Cristina
La presidente Cristina de Kirchner, junto a los gobernadores en la quinta de Olivos. El juego con quienes detentan el poder territorial en el país ha sido siempre crucial en la construcción
de poder del oficialismo.
El primer impulso ante esa necesidad ha sido redoblar el uso de recursos clásicos de todo gobierno en crisis: decir que nada ha cambiado, fomentar encuestas de alta popularidad, comprometer a la Presidente en el maratón de actos públicos, multiplicar el apoyo a la prensa adicta, mostrarla en actos internacionales, también rodeada de gobernadores, sindicalistas y empresarios, exaltada por su personalidad como si todos esos recursos adjetivos de la política sirvieran para construir poder sustantivo. Ninguno de ellos, sin embargo, puede darle lo que le falta a la mandataria en la emergencia de la desaparición de su conductor en una Argentina de instituciones débiles, políticos sin poder y un Estado deslegitimado por la sociedad desde hace muchos años por ser la causa de los fracasos en cadena.
De que la Presidente encuentre una fórmula para construir el poder que murió con su marido depende la salud del último año de mandato, que nadie puede creer en serio que dependa de la publicidad oficial, de las encuestas capciosas, del derrame de subsidios para adormecer demandas o de la retórica de los actos oficiales. Nada eso sirve ni servirá para enfrentar los problemas que acosan a la gestión presidencial, como la recuperación sustentable de la economía, las demandas sectoriales que aparecerán en marzo con las paritarias de gremios que van a buscar tomar posiciones salariales que reflejen la inflación real, un año electoral que es un combate con una oposición que durante todo el año que termina impidió que se votase en el Congreso ninguna de las iniciativas del poder Ejecutivo, y habérsela con un peronismo que ya ha montado la mesa de examen para revisar si una reelección le asegura al partido de Gobierno retener el poder en 2011.
Herencia
Ninguna de estas cuestiones es de fácil trámite y más para una Presidente que hereda un poder vicario de su marido, que la impuso por la relación conyugal en un partido de listas únicas y sin debate que representa un tercio del electorado de la Argentina.
Ya el período abierto en 2003 nacía con un poder enclenque, basado sobre alianzas con el duhaldismo que puso la mayoría de los votos, que intentó en 2007 una nueva alianza que duró apenas horas con el radicalismo disidente de Julio Cobos, y que perdió las elecciones en 2009 en el principal distrito de la Argentina nada menos que con el líder Kirchner a la cabeza de la lista que fue derrotada por el peronismo disidente en Buenos Aires.
Parece injusto que Cristina de Kirchner deba enfrentar tamaño desafío, pero ella eligió este método de captura del poder que dependía exclusivamente de la vigencia política de su marido. Para transitar este año que le queda de mandato debe encontrar alguna fórmula que no la arrastre al fracaso, que sería también el de un país que no encuentra forma de salir de la crisis política que se abrió en 2000.
El primer ademán, hacer anunciar su reelección, cumple las instrucciones del manual básico de procedimientos para mantener el poder: comprar futuro. Si Cristina de Kirchner no consintiera la propuesta de una reelección estaría anunciando su retiro en diciembre de 2011 y con eso produciría una peligrosa corrida política en el peronismo, que le quitaría la frágil base en donde está parada hoy. Prometer futuro es el mandato de todo proyecto colectivo; Néstor Kirchner hizo hablar de su candidatura para 2011 desde 2007. Le preguntaban por qué lo hacía si su popularidad era cuestionada y su intención de voto estaba por debajo de sus adversarios, como lo demostró la derrota ante el peronismo disidente en las elecciones del año pasado. Respondía siempre que si no sostenía su candidatura produciría un efecto nefasto sobre la presidencia de su mujer y le daría la señal al resto del peronismo que se buscase otro jefe.
El buen recurso de adormecer el internismo capturando la candidatura principal sirve por un rato, pero no basta para construir el poder que la presidencia necesita, que no está en las campañas pagas, los amigos alquilados, los aliados subsidiados ni en los periodistas «de régimen» (diría Oriana Falacci) que pueblan las pantallas y las planas de la prensa oficial. Allí no está el poder y esos compromisos duran en política menos que la liviana melodía. En la Argentina el poder radica en quienes administran los territorios en los que vive la gente, que son las provincias. Con un Gobierno en crisis de poder parece una fatalidad que la Presidente termine encontrando en los gobernadores peronistas -y también en los que no lo son, de manera subsidiaria- el poder que no tiene para cerrar el último año de man.
Legitimidad
Los gobernadores son los dueños únicos de su poder, nadie los ha puesto a dedo, no son sucesores conyugales de nadie, no se les discute la legitimidad. Preexisten, en el caso del peronismo, al kirchnerismo mismo. El peronismo ha sido desde la reapertura de la democracia en 1983 en realidad una liga de gobernadores que se ha sentado a discutir el poder en cada momento cuando vieron que podían llegar al poder central o cuando vieron que esa posibilidad peligraba. La renovación de los años 80 fue la construcción de una liga de mandatarios peronistas que llegó a conducir Antonio Cafiero y que le permitió a ese partido llegar al Gobierno nacional en 1989. Esa liga de gobernadores fue la que concluyó en 1993 que Carlos Menem les podía asegurar el poder central con una reelección en 1995, acompañaron la reforma constitucional y le cerraron el camino a otras opciones.
La más importante era en aquellos años la de Domingo Cavallo, que jugó su suerte en la elección de 1993 con Juan Schiaretti como candidato a primer diputado nacional por Córdoba. Su derrota ante la UCR sepultó las chances de -Cavallo estrella entonces por haber impuesto la convertibilidad y haber dominado con gente propia los cargos claves del gabinete- de ser candidato en 1995 apoyado por empresarios y grupos políticos que también perdieron en esa elección.
La decisión de apoyar a Menem para la reelección fue de esa mesa de gobernadores, que en 1999 resolvieron que Eduardo Duhalde no les aseguraba retener el poder central para el peronismo. Por eso decidieron despegar los comicios locales en todas las provincias en donde pudieran para no verse arrastrados a la derrota anunciada desde 1997 (Graciela Fernández Meijide vence a Chiche Duhalde en provincia de Buenos Aires) a manos de la Alianza. En 2001 ese frente de gobernadores impone a Ramón Puerta como presidente provisional del Senado con un Gobierno aliancista; Fernando de la Rúa les duró apenas diez días porque Puerta asumió el 10 de diciembre y el 20 renunció el presidente radical. Fue también la mesa de los gobernadores la que dominó la Asamblea que designó a Adolfo Rodríguez Saá y a Eduardo Duhalde en la presidencia en aquella crisis. El período de Duhalde fue dominado también por los gobernadores que firmaron en 2002 el pacto fiscal más importante en muchos años y que ha marcado las relaciones entre el Gobierno central y las provincias desde entonces.
En 2003 esa liga de gobernadores produjo el triunfo de Menem en la primera vuelta pero, le sacó el banquito para un balotaje ante Néstor Kirchner, quien había sido gobernador más de una década y por eso entendió que debía gobernar en acuerdo con ellos. Es cierto que cultivó la leyenda - fomentada por la oposición que admitió ese relato- de que los dominaba a cambio de fondos. En realidad les dio más dinero que nunca, comparado con otras gestiones nacionales, porque entendió que un gobernador con el morral lleno no hace política. Tampoco ningún gobernador puede decir que esos fondos vinieron a cambio de que modificasen algún proyecto político o alguna convicción, en caso de que éstos hubieran existido.
Liga
Esta relación de la liga de gobernadores peronistas es seguramente lo más sólido que en materia de poder hereda Cristina de Kirchner de su marido muerto y es el seguro de gobernabilidad por la base firme de legitimidad que le puede aportar a la Presidente. Parece fácil dicho así, pero el poder lo han ganado los gobernadores con más esfuerzo que ella y se cobrarán su cuota en un acuerdo: han peleado internas, han debido conceder posiciones en alianzas y compromisos, tienen el dead line de sus mandatos a la vista y tienen que pelear para mantener sus posiciones y en esos forcejeos no van a ceder nada, ni aunque se los pida Cristina de Kirchner. Gobiernan con las demandas enfrente sin intermediarios, eso los endurece y los convierte en los protagonistas más crueles de la política. Tratan de no arriesgar porque un error les puede costar el gobierno, expresan siempre sus apoyos y rechazos al final, recién cuando ya han jugado los demás, y están obligados a no ser testimoniales y apostar siempre al ganador. Quien negocie con ellos -llámese Cristina de Kirchner u otro- debe entender estas necesidades que no son deseos ni opciones decorativas y tiene que estar dispuesto a admitir la única forma de construir poder, que es repartir poder. Desde esa naturaleza compleja, los gobernadores pueden ser la base de esa nueva construcción que necesita la presidencia Kirchner que termina en 2011, que va a tener que pasar también por ese método: ceder poder, lo que además se le hace más difícil porque no es algo que le sobre hoy a Cristina de Kirchner. n


