9 de mayo 2016 - 00:00

Los hispanos, a la conquista de Viena

En la Musikverein el concierto de lujo con la Orquesta Filarmónica de Viena, con Zubin Mehta, y Daniel Barenboim como pianista solista.
En la Musikverein el concierto de lujo con la Orquesta Filarmónica de Viena, con Zubin Mehta, y Daniel Barenboim como pianista solista.
Viena - La fría primavera vienesa amerita un chocolate en Demel o donde sea, todo vale como excusa para que la oferta musical no desespere a quien va por cinco días aprovechando al máximo mientras se lamenta no haber llegado antes o el tener que irse demasiado temprano. Y en esta latitud reconforta la presencia de artistas hispanoamericanos, otro rasgo del crisol inherente a la música.

Como ejemplo, la actuación de Juan Diego Florez "y amigos" en el Musikverein para una "gala latina" con la Orquesta de las Baleares dirigida por Pablo Mielgo. Director y orquesta debutantes brindaron lo mejor de sí ante la responsabilidad de tocar en la venerable sala dorada saliendo airosos. El desfile de luminarias lo encabezó el notable bajo-barítono menorquino Simon Orfila con un soberbio Toreador de Carmen, las ascendentes Nadine Sierra y Maria Katzarava, Silvia Tro Santafé, Elena Maximova y Elisabeth Kulman. Si el uruguayo Erwin Schrott aportó elocuencia para "Et toi Palerme" de "Vísperas Sicilianas", fue Florez quien presidió la noche con "Merce diletti amici" de "Ernani", para cerrar la primera parte con su clásico Almaviva. Más popular, la segunda mitad se benefició con el limeño cantando con cada una de las damas para terminar con un popurrí donde logró que los vieneses corearan "Guantanamera", finalizando con "Granada" junto a sus amigos.

En el escenario del Konzerthaus, la Orquesta Filarmónica de Rotterdam con su titular Yannick Nézet-Séguin y Sol Gabetta para un programa íntegramente ruso, la "Séptima Sinfonía" de Prokofiev, la fantasía "Francesca da Rímini" de Tchaicovsky y el "Segundo Concierto para chelo" de Shostakovich. Nézet-Séguin recorrió una amplia paleta sonora y estilística que puso de manifiesto su absoluto control sobre una orquesta que obviamente le adora, es el caso de un excelente grupo musical que se agiganta con un líder excepcional. En el Tchaicovsky, enfatizó la influencia wagneriana con el descenso al abismo de los amantes, nunca tan literalmente dantesco, consiguiendo que la masa orquestal surgiera como un solo hombre, para descender exquisita al más delicado pianisímo.

Rescatar la bella séptima de Prokofiev de un injusto olvido frente a la popularidad de la primera y quinta fue otro punto a favor de esta velada sólidamente concebida. Asimismo, en el intrincado concierto para chelo, distante y apasionada a la vez, Gabetta se consustanció admirablemente con este repertorio como solista de fuste a la que la partitura desafió pero no presentó escollos aparentes. Como bis "El cant dels ocells" de Casals, que prolongó la atmósfera bucólica con Shostakovich.

En la Wiener Statsoper, la nueva "Turandot" con el esperado debut de Gustavo Dudamel marcó un traspié para el exitoso director venezolano; tampoco colaboró el trio protagónico reunido para semejante ocasión. Lise Lindstrom posee un instrumento incisivo y caudaloso pero descolorido; la Liu de Anita Hartig pasó sin pena ni gloria y el debut del tenor azerbayano Yusif Eyvazov fue decoroso, ambas voces eslavas no contrastaron con la de esta hierática princesa de hielo. Dumitrescu fue un eficaz Timur así como Gabriel Bermudez, Carlos Osuna y Norbert Ernst como los ministros y el veteranísimo Heinz Zednik (76) como el Emperador.

Si algo confusa, atrapó la flamante puesta en escena de Marco Arturo Marelli donde el pueblo de Pekín es la sociedad italiana sentada en una platea presenciando los entretelones conyugales entre el compositor Puccini (el príncipe Calaf), su esposa Elvira (la princesa Turandot) y la criada Doria (la esclava Liú). Planteado como un juego de ajedrez Marelli recurre a la Commedia dell Arte agregando acróbatas, arlequines y saltimbanquis hasta agotar posibilidades sin lograr resolver el final. Quizás porque el enfoque de Dudamel pecó en exceso despojado, quitando la suntuosidad tonal del último Puccini, el público reaccionó tibio o agresivo con aplausos, abucheos y hasta algún destemplado insulto al director que no salió a saludar solo.

En contraste, "Un ballo in maschera" (pese a la vetusta puesta de Gianfranco de Bosio integramente en telones pintados) se benefició con un trio protagonico que brindó un banquete vocal capaz de satisfacer al más exigente. Empezando por el espléndido Riccardo de Piotr Beczala vocalmente supremo. Al mismo nivel, el Renato de Dmitri Hvorostovsky, no sin esfuerzo pero intacta su voz en las circunstancias que atraviesa, "Eri tu" arrancó una ovación a telón abierto. La dama en disputa fue Krassimira Stoyanova, la búlgara es una soprano de raza, línea de canto sin amaneramientos, sin excesos ni espectacularidades pero con una seguridad y estilo que colegas más famosas deberían imitar. Valiosos aportes de Nadia Krasteva como Ulrica y Hila Fahima como Oscar. Un "Ballo" que revalida a un Verdi hoy desacostumbrado a voces que le hagan justicia. Jesús López Cobos balanceó foso y escena con solvencia.

Gran final en la Musikverein del comienzo del breve periplo, con la Filarmónica de Viena bajo Zubin Mehta y Daniel Barenboim como solista de lujo en el "Concierto para Piano" de Schumann. La ocasión fue un fin de semana celebrando el octogésimo cumpleaños del maestro indio ("nací accidentalmente en Bombay pero soy vienés"), allí estudió desde los 18 años y a los 25 debutó con la Filarmónica. Esta marcó su aparición 287 con la orquesta, fue una reunión de amigos en escena.

El clima festivo de esta soleada tarde vienesa que se filtraba por los ventanales del gran hall fue servido por un Barenboim a sus anchas, entregando un Schumann poético y monolítico al mismo tiempo. Siguió una colosal "Séptima" de Bruckner con una orquesta en estado de gracia, de transparencia e intensidad inigualables, de riqueza aterciopelada y caudal atronador potenciado por la acústica de esta gloriosa caja de zapatos. Y si algunos hubiésemos preferido al solista dirigiendo el Bruckner, el agasajado dejó bien documentada una total afinidad con el compositor, una decantada madurez y nobleza que a los "sólo ochenta" se perfiló en el doliente Adagio y triunfal conclusión. De Florez a Gabetta, la presencia hispana dejó huella en una semana en la que también habían actuado juntos Barenboim y Argerich, pero esa es otra historia en el mundo de Wien Wien nur du allein.

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