26 de agosto 2013 - 00:29

Los holdouts y el juego de la bomba

El reciente fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, que sostiene el fallo inicial del juez Griesa, ha generado un primer conjunto de reacciones sobre su significado y sus implicancias para la economía argentina que muestran una dosis bastante alta de cortoplacismo. Eso no es sorprendente para el caso de los mercados de deuda emergente, o bajo estrés como la de la Argentina, que operan con incentivos para no ponderar adecuadamente efectos de mediano o largo plazo. Para caricaturizar esto uno podría imaginarse que si se anunciara el fin del mundo dentro de una semana, los mercados entrarían en pánico. Pero si el anuncio es para el año que viene, las cosas ya no son tan terribles para aquéllos. Lo llamativo es cómo esta forma de ponderar relativamente más el corto plazo se extiende a los analistas que han declarado la casi irrelevancia de esta decisión para el curso de la economía, pero sin calificar las consecuencias que esto puede traer para el mediano plazo, que tiene fecha y se llama 2015. Es cierto que hacer pronósticos sobre efectos a mediano o largo plazo es riesgoso para todo trabajo serio y profesional. La frase ingeniosa de John Kay, escrita en un célebre artículo, que dice que "como es complicado pronosticar el futuro, lo más seguro y común es pronosticar el presente" no podría ser más gráfica en este caso. Es cierto, de aquí a fin de año los efectos del fallo no van a ser importantes.

Existe otro costado diferente, bastante contradictorio con el análisis anterior, y es que muchos de los que creen en el escenario anterior al mismo tiempo han tomado muy seriamente la decisión de la Cámara y del paréntesis que ahora se abre en el eventual tratamiento por parte de la Corte Suprema de los EE.UU. Muchos se han encandilado por la argumentación del fallo que privilegia la lógica jurídica basada en el derecho de las partes afectadas, sobre la que impecablemente se asienta el fallo. Pero esta lógica es un ejemplo del daño que un fallo que se sostiene en un sistema de conocimiento incompleto y acotado puede significar para el tratamiento de un tema global que trasciende el caso de la Argentina. Diferentes señales de SOS que partieron desde partes no interesadas, como organismos internacionales y economistas académicos y exfuncionarios (entre los que se incluye hasta gente poco amiga del Gobierno argentino como Ann Krueger) fueron desestimadas, en los hechos, por la Corte de Apelaciones. Yo me pregunto, ¿quién estará en condiciones de ponderar adecuadamente los problemas de los fondos buitre para el funcionamiento del sistema global? ¿Los organismos que deberían haber sido escuchados o un tribunal con objetivos acotados a proteger los derechos contractuales de especuladores cuyo accionar no ayuda a la estabilidad financiera? Los que le han hecho, en la Argentina y en el exterior, "chapeaux" al fallo de la Cámara están bastante equivocados, independientemente de lo que uno piense del comportamiento, la actitud o la estrategia del Gobierno argentino.

La decisión de la Cámara es llamativamente ambigua. Por una parte endosa los argumentos de Griesa, pero por otra parte no quiere asumir las consecuencias de la orden judicial en primera instancia y la mantiene suspendida.

Es esto último lo que el cortoplacismo festejó. Pero en los hechos, la Cámara no pudo, no supo y no quiso resolver un problema contractual dentro de un contexto financiero global que tiene vacíos institucionales importantes. Es que los mecanismos de mercado para las renegociaciones de deuda soberana no han funcionado y por otra parte todavía no emerge lo que puede llamarse la "solución estatutaria", que consiste en un conjunto de reglas y procedimientos de aceptación supranacional que conduzcan el proceso de renegociación de deudas. Ex post hacer esto era pedirle peras al olmo. La mejor solución hubiera sido ayudar a completar el contrato obligando a la Argentina a asumir un costo al reabrir el canje y cumplir con toda la deuda y obligando a los fondos buitres asumir el costo del fracaso de esperar y litigar para cobrar todo (100% más intereses y punitorios) y terminar entrando al canje como los demás. Esta estrategia hubiera sido lo que los economistas llamamos una mejora de bienestar agregado, tanto para la Argentina y (todos) sus acreedores, así como para el sistema financiero internacional.

Todo esto me lleva al último comentario, que es una parte central de esta nota. ¿Dónde nos deja todo esto, mientras estamos atravesando otra transición política complicada en condiciones de vulnerabilidad macroenonómica? Dado que somos campeones mundiales de la inacción colectiva o que tendemos a suicidarnos como en 2001 ¿Estarán pensando el gobierno y la oposición en el juego de la bomba de tiempo que va a significar que uno u otro enfrente el pago a todos los holdouts y eventualmente otros reclamos? Algún plan B va a tener que emerger si queremos evitar las consecuencias desastrosas de dejar que los acontecimientos evolucionen por su cuenta. Uno de ellos a mi juicio debería ser pensar en otra reestructuración super-amigable con los bonistas actuales (que tal vez incluya una parte de cash) para cambiar el lugar de emisión y de pago a la Argentina o a un país vecino, dejando abierto para siempre el ingreso a este canje para los holdouts. Hacer esto no es técnicamente difícil, si bien va a implicar una decisión colectiva en momentos de tremenda conflictividad política. Lo difícil va a ser como diluir el hecho inevitable que en algún momento vamos a entrar en rebeldía con la ley norteamericana, por más imperfecta o incompleta que la misma sea para considerar problemas globales.

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